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Cuando el 24 de octubre de 1945 fue finalmente ratificada la Carta de las Naciones Unidas, una considerable parte de la humanidad que había sufrido o sido testigo de los horrores de la más devastadora contienda bélica desde que el hombre habitara la tierra, que costó la vida a decenas de millones de seres humanos, cifró fervientes esperanzas en que la voluntad manifiesta de las naciones sería cumplida y que ciertamente el luminoso porvenir de paz y prosperidad deseado para sus descendientes estaría garantizado.
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El 4 de septiembre, seis días después que el huracán Katrina llegara a las costas, comencé a percibir un halo de esperanza. “El pueblo de Nueva Orleáns se niega a retirarse pacíficamente para ser dispersados por todo el país y vivir como desamparados en las innumerables ciudades de este país, mientras que los fondos federales son destinados a la reconstrucción de casinos, hoteles y plantas de procesamiento químico… »
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Las guerras dicen que ocurren por nobles razones: la seguridad internacional, la dignidad nacional, la democracia, la libertad, el orden, el mandato de la civilización o la voluntad de Dios. Ninguna tiene la honestidad de confesar: “Yo mato para robar”. No menos de tres millones de civiles murieron en el Congo a lo largo de la guerra de cuatro años que está en suspenso desde fines de 2002.
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Doron Almog no es un militar cualquiera. A más de sus estrellas de general, llevó sobre sus hombros por largos años, al frente de la Región Militar Sur del Ejército, la jefatura del comando de ocupación israelí en la Franja de Gaza. La propaganda oficial sionista lo presenta como un pundonoroso oficial que supo cumplir la encomienda de mantener el orden en el territorio usurpado que hoy ha sido devuelto a los palestinos.
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Dos mil quinientos cincuenta y cinco días privados de todo derecho es tanto tiempo en la vida de un ser humano. Seiscientos días y seiscientas noches en huecos de máximo aislamiento, es tanto tiempo en un hombre.
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La solidaridad y el humanismo no son solo valores y sentimientos. Son mecanismo humanos de supervivencia. Pero en una sociedad rica como lo es Estados unidos, modelada sobre la base de la propiedad privada y el dinero, el valor de la solidaridad y del humanismo, no se pone de manifiesto hasta que no tienen lugar tragedias como las del Katrina. Es decir, cuando ya es demasiado tarde para evitar la desgracia.
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Ahora resulta que el responsable de la catástrofe humanitaria en Iraq y Afganistán, no sabe a quién culpar de la catástrofe en su propio país. El obvio que la investigación de las monstruosas negligencias cometidas por su gobierno, no puede encabezarlas el principal culpable. ¿Cómo poner de juez al criminal? »
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Después vino otra matanza por el abandono. Nadie acudió en ayuda de nadie. En Nueva Orleans, en los estados destrozados por el viento y barridos por el agua, los seres humanos esperaron muriendo. Lo sagrado antes que lo profano. Ninguna autoridad organizó ni autorizó la apertura de grandes superficies, supermercados y tiendas, para abastecer a millares de seres humanos que se morían de sed y de hambre (*). La organización local, estatal y federal desapareció por completo.
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"Han pasado 48 horas y no hemos recibido respuesta alguna a la reiteración de nuestra oferta. Esperaremos pacientemente los días que sean necesarios. Mientras tanto, emplearán su tiempo en cursos intensivos de epidemiología y perfeccionando el idioma inglés. Si finalmente no llega respuesta alguna o no fuera necesaria su cooperación, no por ello habría desaliento en nuestras filas. Muy por el contrario, nos sentiríamos satisfechos de haber cumplido nuestro deber y sumamente felices de saber que ningún otro ciudadano norteamericano de los que sufrieron el golpe doloroso y traicionero del huracán Katrina muera sin asistencia médica, si esa fuera la »
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La transgresión y el delito tienen distintas calificaciones en función de quién las realiza. Las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron actos de guerra y no crímenes contra la humanidad, sólo porque quien pilotaba el Enola Gay y apretó el botón era un piloto de los Estados Unidos de Norteamérica.
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Cuando todos hablan de esa zona del sur de los Estados Unidos devastada por Katrina, yo no hago otra cosa que mirar tras el filtro de Yoknapatawpha –el pueblito inventado por Faulkner- cada imagen que la televisión transmite de Louisiana y Mississippi. Mientras más se adentran las noticias en las lóbregas estancias del sur y de los seres humanos que han sobrevivido al diluvio, al fuego, a los saqueos y al desprecio de la Casa Blanca, más me convenzo de que toda esta tragedia ya está escrupulosamente descrita en aquellas páginas que leí temblando hace un montón de años.