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Goles son amores  »

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Aynel Martínez Hernández

Cuando Iniesta sale del Wanda Metropolitano y entrega el brazalete de capitán a Messi, aparece el llanto como deserción, como saudade[1] perfecta. El llanto de Iniesta es tan prudencial que parece demasiado justo para ser un llanto pedestre. Son lágrimas casi predecibles.

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Aynel Martínez Hernández

Dijo una vez Joaquín que al regateador era mejor no decirle nada. El regateador es un tipo díscolo que concibe el juego como un espacio público para ensayar diversas formas de vida. Algunas más profanas. Otras menos desquiciadas. De eso se dieron cuenta primero los laterales: cerca de las líneas de banda, avanza quien tenga mayor confianza en las formalidades de la anarquía.

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Aynel Martínez Hernández

La chilena es una nomenclatura presuntuosa. Nadie sabe cuándo acaba realmente una chilena. Nadie sabe tampoco, por lo general, dónde empieza. Vista de una manera plástica, es una performance incierta. Todas las performances son, por naturaleza, inciertas, hasta que otros las legitiman en algún santuario. Comienzan, en ocasiones, desde cierta compilación de excentricidad infantil.

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Aynel Martínez Hernández

El Bayern, cuando parece perfecto, concibe los avisos a partir de transfiguraciones pacíficas: James juega libre en la mediapunta y quizás conmueva menos; un disparo de Lewandowski es, en cambio, casi siempre dramático. En el fútbol importa más lo que no termina en algarabía.

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Aynel Martínez Hernández

Desde el Barça y la selección española se entiende a la táctica como la representación modélica para fijar el tiempo. Los elementos deben disponerse de acuerdo a sistemas de secuencias donde la posición es siempre una justificación ordinaria.

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Aynel Martínez Hernández

Los equipos de 'Mou' se definen a partir de una relación causal entre vicios propios y racionalidades, a priori, obstinadas. Eso no debería estar mal del todo. El fútbol también obedece, en ocasiones, a esas cuestiones casi extravagantes a partir de las que, por ejemplo, Pogba no puede jugar.

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Aynel Martínez Hernández

En los últimos tiempos, la estampa de Nainggolan probablemente sea la compilación menos desnaturalizada. Cada uno de sus tatuajes tiene una justificación argumental. Cada tatuaje es, dentro de lo figurativo, una referencia existencial. Del existencialismo como repaso. Del existencialismo como sistema de anécdotas. Del existencialismo como verificación.

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Aynel Martínez Hernández

Existe una edad en la que no se es ni una promesa, ni un ícono. Son tiempos que parecerán no haber existido nunca. Digámoslo de otra manera: existe una edad donde lo único que importa a otros es la edad. Kevin de Bruyne sería, desde un punto de vista atemporal, un tipo sin años.

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Aynel Martínez Hernández

Hay, en cada período, una cuestión primigenia y definitiva a la vez: la caducidad de los gestos. Toda etapa acaba con un movimiento que confirma la fatiga, la decepción o la novedad. En cualquier caso, la expresión sería, a duras penas, testimonial: la historia a través de gestos es una historia, a priori, necia.

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Aynel Martínez Hernández

El Zidane obsesivo, que decide colocar a Isco para tener más centrocampistas y situarlo alrededor de Lo Celso, es, a fin de cuentas, un histérico feliz. El hedonismo depende, entre otras cosas, de la ansiedad por seguir pareciendo hedonista.

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Aynel Martínez Hernández

A Harry Kane, el salto probablemente le importe de un modo casi ridículo: para parecer remoto. Un tipo remoto, bien podría ser un ermitaño o un dios. La diferencia entre uno y otro es, por lo general, mínima. Está relacionada, de forma casi exclusiva, con la trascendencia que el resto le otorgue al despegue.

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Aynel Martínez Hernández

Cuando uno ve los ojos de Martínez en la presentación con el club vizcaíno no lo nota orgulloso, ni feliz, ni traidor. Íñigo solo habla de orgullo. Del orgullo que implica ser el fichaje más caro en la historia del Athletic. Un orgullo, por lógica, esporádico, precario. En los ojos del central solo hay indicios parcos, que son, como sabemos, los más determinantes.

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