Artículos de Goles son amores
Para conversar de fútbol y algo más…
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La primera sorpresa del mundial llega al minuto 35 del Alemania-México y no tiene que ver, precisamente, con el gol, aunque como es lógico, sí: Ozil termina enfrentando a Lozano, en una contra, en el área de Neuer. La jugada es la del 1-0. La jugada sirve para deconstruir un dibujo táctico donde los regresos son perturbaciones del orden.
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Después de nueve títulos y tres Champions consecutivas en dos años y medio, el discurso es el de la huida: marcharse antes del desplome. “Quiero terminar cuando todo va bien. Ya lo hice como jugador. No veo tan claro seguir ganando y hay que hacer un cambio”, comentó el francés en la conferencia de prensa donde anunció su dimisión.
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Llego tarde al Levante-Barcelona. Quizás el mejor de la temporada. Quizás el peor. Quizás ni una cosa, ni la otra. Lo había descartado de antemano. Se acabó el invicto del campeón de liga. La noticia de la jornada. De los últimos días, probablemente. El pequeño vence al grande. Es, por antonomasia, el lugar común de los lugares comunes.
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Comienza Kafka uno de sus textos menos kafkianos: “existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación”. El Barcelona menos Barcelona de los últimos tiempos, quizás también el menos imperfecto, llega a la salvación a partir de procedimientos aparentemente insustanciales.
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El Inter de Mauro Icardi no es, necesariamente, el Inter de Spalletti. El fútbol italiano vive de las identidades austeras donde casi todos parecen desfilar por un interés común, por un proyecto universalista: el triunfo como causa del propio triunfo. Ese círculo vicioso trae consigo un fundamento pragmático: la victoria es tan imperfecta como las formas de lograrla.
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Dijo una vez Joaquín que al regateador era mejor no decirle nada. El regateador es un tipo díscolo que concibe el juego como un espacio público para ensayar diversas formas de vida. Algunas más profanas. Otras menos desquiciadas. De eso se dieron cuenta primero los laterales: cerca de las líneas de banda, avanza quien tenga mayor confianza en las formalidades de la anarquía.
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La chilena es una nomenclatura presuntuosa. Nadie sabe cuándo acaba realmente una chilena. Nadie sabe tampoco, por lo general, dónde empieza. Vista de una manera plástica, es una performance incierta. Todas las performances son, por naturaleza, inciertas, hasta que otros las legitiman en algún santuario. Comienzan, en ocasiones, desde cierta compilación de excentricidad infantil.
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