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La historia de Bale en el Madrid es la historia de John Cazale en Dog Day Afternoon, justo en el momento en que, después de asaltar el banco, le pregunta a Al Pacino si iba en serio la idea de tirar los cadáveres a la calle.

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Busco en Twitter el gol de Vecino. Empieza en un córner. La jugada es idéntica a la de Manolas contra el Barcelona. En el mismo estadio. En la misma zona del campo. Hacia el mismo ángulo. El fútbol tiene esas afinidades menores: nadie se ocupa de Vecino como nadie se ocupó de Manolas.

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Llego tarde al Levante-Barcelona. Quizás el mejor de la temporada. Quizás el peor. Quizás ni una cosa, ni la otra. Lo había descartado de antemano. Se acabó el invicto del campeón de liga. La noticia de la jornada. De los últimos días, probablemente. El pequeño vence al grande. Es, por antonomasia, el lugar común de los lugares comunes.

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Comienza Kafka uno de sus textos menos kafkianos: “existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación”. El Barcelona menos Barcelona de los últimos tiempos, quizás también el menos imperfecto, llega a la salvación a partir de procedimientos aparentemente insustanciales.

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El Inter de Mauro Icardi no es, necesariamente, el Inter de Spalletti. El fútbol italiano vive de las identidades austeras donde casi todos parecen desfilar por un interés común, por un proyecto universalista: el triunfo como causa del propio triunfo. Ese círculo vicioso trae consigo un fundamento pragmático: la victoria es tan imperfecta como las formas de lograrla.

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Cuando Iniesta sale del Wanda Metropolitano y entrega el brazalete de capitán a Messi, aparece el llanto como deserción, como saudade[1] perfecta. El llanto de Iniesta es tan prudencial que parece demasiado justo para ser un llanto pedestre. Son lágrimas casi predecibles.

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Dijo una vez Joaquín que al regateador era mejor no decirle nada. El regateador es un tipo díscolo que concibe el juego como un espacio público para ensayar diversas formas de vida. Algunas más profanas. Otras menos desquiciadas. De eso se dieron cuenta primero los laterales: cerca de las líneas de banda, avanza quien tenga mayor confianza en las formalidades de la anarquía.

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La chilena es una nomenclatura presuntuosa. Nadie sabe cuándo acaba realmente una chilena. Nadie sabe tampoco, por lo general, dónde empieza. Vista de una manera plástica, es una performance incierta. Todas las performances son, por naturaleza, inciertas, hasta que otros las legitiman en algún santuario. Comienzan, en ocasiones, desde cierta compilación de excentricidad infantil.

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El Bayern, cuando parece perfecto, concibe los avisos a partir de transfiguraciones pacíficas: James juega libre en la mediapunta y quizás conmueva menos; un disparo de Lewandowski es, en cambio, casi siempre dramático. En el fútbol importa más lo que no termina en algarabía.

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Desde el Barça y la selección española se entiende a la táctica como la representación modélica para fijar el tiempo. Los elementos deben disponerse de acuerdo a sistemas de secuencias donde la posición es siempre una justificación ordinaria.

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Los equipos de 'Mou' se definen a partir de una relación causal entre vicios propios y racionalidades, a priori, obstinadas. Eso no debería estar mal del todo. El fútbol también obedece, en ocasiones, a esas cuestiones casi extravagantes a partir de las que, por ejemplo, Pogba no puede jugar.

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En los últimos tiempos, la estampa de Nainggolan probablemente sea la compilación menos desnaturalizada. Cada uno de sus tatuajes tiene una justificación argumental. Cada tatuaje es, dentro de lo figurativo, una referencia existencial. Del existencialismo como repaso. Del existencialismo como sistema de anécdotas. Del existencialismo como verificación.

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