Goles son amores  »

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La imagen es la siguiente: Julian Draxler deja en el suelo a Vidal y, detrás, corren Paulo Díaz y Pablo Hernández. Draxler ha llegado a esta Copa Confederaciones para deambular y asociarse indefinidamente y para, en última instancia, tirar algunos penaltis. El del PSG entiende que, a ese nivel, deshacerse de todos los contrarios es un protocolo absurdo.

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Sobre la cancha, el camerunés Bassogog es distinto al resto. Tiene veintiún años, juega en China y pisa demasiado la pelota. Parece que va a sentar a cuanto chileno se le sitúe en frente. El Gonzalo Jara del primer tiempo, por ejemplo, casi nunca logra entenderlo. Lo de Jara tiene más que ver con las instrucciones y los dedos. Sobre todo los dedos en lugares sensibles.

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En 1994 a Roberto Baggio - un visitante que había llegado desde el futuro directamente al Rose Bowl de Pasadena- lo desahuciaron para siempre. Baggio, en el fútbol italiano de los noventa, era un vagabundo anómalo. Tipos como él, con poco sacrificio táctico y demasiado libertinaje, eran abatidos por los técnicos y adorados por los tifosi.

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Las últimas imágenes del Real Madrid sobre el Millenium Stadium de Cardiff se definen a partir de una ambivalencia estética: tipos gansteriles proclives a la idolatría general, depredadores cordiales, pendencieros agazapados, matones simpáticos. Todo comenzó a gestarse en el vestuario, al terminar la primera mitad.

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Las imágenes acabarán deteniéndose en un momento específico, un momento donde el héroe solitario que lucha contra el sistema termina convirtiéndose, únicamente, en un póster perpetuo, en un objeto de colección, en un video recopilatorio o, en el peor de los casos, en un directivo devorado por las minucias de las oficinas, los autógrafos, los viajes y la beneficencia.

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Hay una imagen que resume el título del Madrid: Bale y Pepe, cerca del túnel de vestuario, en La Rosaleda, a la altura del minuto noventa y uno. Bale, hierático; Pepe, efusivo: el vedetismo imposible y la rigidez ficticia. Todo se reduce a esas nimiedades y a las representaciones sociales »

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Benzema siempre ha sido un bárbaro de los que deambulan en tres cuartos de cancha haciendo señas con las manos; un vasallo de otros delanteros con títulos nobiliarios y de entrenadores oligárquicos; un sujeto agazapado sobre la hierba que necesita demasiada tierra baldía para realizar el metabolismo.

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En el espacio que separa a Gonzalo Higuaín de los arqueros tiene lugar, a veces, una especie de manifestación popular. Se congregan hinchas inconformes, periodistas, extremistas coyunturales. El argentino ha visto ese espectáculo de fenómenos en demasiadas oportunidades.

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Probablemente la principal virtud del Ferguson de mediados de los noventa haya sido decirle al “10” que jugaría como “7”, a un costado de la cancha (el derecho), para que centrase balones, con el cuerpo a medio arquear, y buscase a delanteros que no sobrepasaban los 1,80 de estatura.

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La estética de los empates se resume a partir de combinaciones imperfectas de ridiculez, heroicidad y tentación. Todo, quizás, debería subordinarse a ello. Cualquier mecanismo fuera de esa terna debería ser, como mínimo, sospechoso. Zidane lo sabe, incluido el Zidane de los tiempos de Mourinho, que pasó del césped corriente al césped de los partidos benéficos.

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Con el balón cerca de los pies y poco asedio, Isco, al que pocos advierten, llega desde segunda línea. Le pega con su pierna más hábil (flashback #3: “entonces escuchas este sonido”) La puso abajo, cerca del poste derecho de Mariño (flashback #4: “y vemos a este hombre”). Tres puntos para el Madrid.

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Lo mejor del derbi: las atajadas de Kameni a Suárez y a Sergi Roberto; el mal partido de Gil Manzano; las indicaciones, cerca del banquillo, del segundo entrenador del Barça, Unzué, y las “gentiles” líneas que le dedica la Wikipedia (“Unzué fue, ante todo, completo, ya que no tuvo ninguna característica que sobresaliera especialmente sobre las demás”) »

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