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Cuando Cristiano Ronaldo dice que es el mejor jugador de la historia, quizás en realidad esté hablando, aunque no lo parezca, de conformidad. Asumamos la conformidad como la aceptación de un conjunto de posibles verdades a medias, o verdades sin forma, o posverdades.

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Hay tramos en que los movimientos de Asensio parecen ramplones, ordinarios. Es, también, en esos propios tramos donde comienza a disentir contra la moderación. No tiene que ver con el abuso de confianza. No tiene que ver con algún atrevimiento.

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En mayo pasado, Dybala compuso algunas rimas desquiciadas que aparecieron en el diario italiano La Repubblica. Las frases de Dybala provenían del dictado ambiguo que son las entrevistas: “me gusta todo lo que representa lo opuesto a mí (…) Los killers no me disgustan; los que actúan con resolución, los que no sudan, los que matan sin ser barrocos”.

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Lo del Valencia podría volverse insustancial en el momento exacto en que decidan creer lo contrario. Debe existir, en ese tiempo posible, un regodeo casi ingenuo, similar al de los últimos minutos ante el Barcelona: demasiada fe puede asumirse, en ciertas circunstancias, como una certidumbre irracional.

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Lo ordinario de los penaltis, digámoslo así, es la decadencia temporal de alguien. Lo ridículo es, por antonomasia, cualquier ademán de absolución pública. El derechazo del delantero de la Lazio, por otro lado, debe formar parte del halo residual que dejó el empate ante Suecia.

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Contra Italia, Forsberg parece perfecto. Sabe apartarse de la pelota. Hay momentos en que Candreva no lo advierte. Candreva casi siempre está lejos. Nunca sabremos por qué un volante por derecha, con el seis en la espalda, siempre está lejos. Cerca de la izquierda, Forsberg encuentra el sosiego total.

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Hay momentos, en algún trance del último partido entre Dortmund y Bayern, donde Sven Ulreich parece un tipo sentimental. Cuando el Bayern juega con la línea de defensores cerca del círculo central, Ulreich, por ejemplo, baja la cabeza, se vira de espaldas y mira a la tribuna, como si recordase algo.

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La principal desgracia del mediocampista box to box consiste en que siempre tras las espaldas todo importa menos. Cuando el hombre que pisa las dos áreas de la cancha se da la vuelta, lo que fue imagen acaba formando parte de la memoria episódica, algo que si se volviese alusivo quizás sirva de relleno para las autobiografías.

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Hay alguna repetición en la que parece no entrará el tiro libre de Paolo Guerrero: desde detrás del arco, cuando aún no se completa la comba, segundos después de que Christian Cueva le dijera que se fuera al área a cabecear, que él se la iba a poner. -Déjame tranquilo, que le voy a pegar al arco.

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Aunque la tablilla del cuarto árbitro anuncie el cambio, Perú le debe demasiado a Tapia. Le debe tanto, que se vuelve insufrible ver cómo Gareca decide sacarlo quince minutos antes del final. Gareca busca, sobre la cancha, el reemplazo constante, el intercambio necesario a fin de conservar algún estado de heroicidad probable.

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El pasado jueves fue despedido Ancelotti. Rummenigge se refirió entonces al mal inicio del campeonato. Al equipo le costó demasiado cada triunfo. Descendió en la tabla liguera. A pesar de ello, en todas las competiciones anotó 24 goles en 10 partidos. Solo perdió dos.

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Las lógicas de Bosz permiten ese tipo de falacias: mientras alguien decide leer que el entrenador holandés del Dortmund solo quiere tener control arriba; a sus jugadores, en realidad, solo les importa moverse sin la pelota, lo cual es, de alguna manera, una variante menos patrimonial de la posesión.

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