Goles son amores  »

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Existe una edad en la que no se es ni una promesa, ni un ícono. Son tiempos que parecerán no haber existido nunca. Digámoslo de otra manera: existe una edad donde lo único que importa a otros es la edad. Kevin de Bruyne sería, desde un punto de vista atemporal, un tipo sin años.

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Hay, en cada período, una cuestión primigenia y definitiva a la vez: la caducidad de los gestos. Toda etapa acaba con un movimiento que confirma la fatiga, la decepción o la novedad. En cualquier caso, la expresión sería, a duras penas, testimonial: la historia a través de gestos es una historia, a priori, necia.

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El Zidane obsesivo, que decide colocar a Isco para tener más centrocampistas y situarlo alrededor de Lo Celso, es, a fin de cuentas, un histérico feliz. El hedonismo depende, entre otras cosas, de la ansiedad por seguir pareciendo hedonista.

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A Harry Kane, el salto probablemente le importe de un modo casi ridículo: para parecer remoto. Un tipo remoto, bien podría ser un ermitaño o un dios. La diferencia entre uno y otro es, por lo general, mínima. Está relacionada, de forma casi exclusiva, con la trascendencia que el resto le otorgue al despegue.

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Cuando uno ve los ojos de Martínez en la presentación con el club vizcaíno no lo nota orgulloso, ni feliz, ni traidor. Íñigo solo habla de orgullo. Del orgullo que implica ser el fichaje más caro en la historia del Athletic. Un orgullo, por lógica, esporádico, precario. En los ojos del central solo hay indicios parcos, que son, como sabemos, los más determinantes.

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El 'enganche' es, por definición, un nómada modal. No pertenece a ningún lugar específico y eso los vuelve cuestionables. No se complace, generalmente, con el sacrificio y transforma al nomadismo, de una forma de vida a un capricho táctico. En eso confían los errantes: en administrar el sedentarismo para convertirse en extraños temporales, casi efímeros.

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Cuando anunciaron el retiro de Ronaldinho acabó una etapa que había acabado hacía muchos años. Aún no sabemos por qué y, lo peor, es que tal vez no nos interese. Posiblemente tenga que ver con la apatía de la precepción selectiva.

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Cuando James Rodríguez no fue más lo que Louis-Ferdinand Céline llamaba un individuo (“muchacho sin importancia colectiva”), el Bayern dejó de ser hosco y comenzó, sin darse cuenta, a “complacerse” a través de espasmos delirantes. Delirante mientras durase lo frenético, lo impulsivo, lo impetuoso.

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El Madrid de la temporada anterior jugaba a pensar que el fútbol era una cuestión de controlar zonas para, a partir de ello, controlar tiempos; ahora intenta volverse fluido sin reconocer el terreno, volverse volátil sin asentarse en las áreas desde donde comienza a todo.

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El Barcelona de Valverde, ante el Madrid de Zidane, acabó por confirmar que la conciencia colectiva conduce al estrago recóndito de los otros. Sus rivales intentaron propiciar la catástrofe en términos de forcejeo específico: salieron a presionar a ídolos que aspiraban a no serlo.

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Cuando Cristiano Ronaldo dice que es el mejor jugador de la historia, quizás en realidad esté hablando, aunque no lo parezca, de conformidad. Asumamos la conformidad como la aceptación de un conjunto de posibles verdades a medias, o verdades sin forma, o posverdades.

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Hay tramos en que los movimientos de Asensio parecen ramplones, ordinarios. Es, también, en esos propios tramos donde comienza a disentir contra la moderación. No tiene que ver con el abuso de confianza. No tiene que ver con algún atrevimiento.

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