Goles son amores  »

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Todo, hasta cierto punto, tuvo que ver con el cuerpo y las manos de Jan Oblak. El regate de Correa a Ricca, que acabó luego en el gol de Griezmann, fue una maniobra vulgar; algo que, si se mira desde alguna perspectiva menos matemática, no debería importarle a casi nadie.

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Klopp parece ser el personaje que rehúye de los elogios a los rivales pero colecciona fotos de todos y luego les manda notas con amigos en común para quedar en algún sitio y conversar acerca de la presión tras pérdida, la defensa a balón parado o los raros significados de la devoción íntima.

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Desde hace algún tiempo, podría decirse que las selecciones de Francia y Brasil terminan siendo lo mismo: conglomerados de piernas armonizadas, melódicas; dispositivos diseñados en laboratorios para conseguir el entretenimiento masivo: después de un estribillo, una pared entre Griezmman y Giroud; antes del interludio, cuatro recortes de Neymar.

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Contra el Saint-Etienne -si quitamos un caño a Hamouma que luego se viralizó en las redes- Neymar regresó para presumir de una misericordia incontestable o, en última instancia, para que los defensores rivales sostuvieran, al cruzar el túnel de vestuario, un fragmento mínimo de orgullo propio.

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Todo en el Bayern conduce, quizás voluntariamente, a una secuencia metódica que no debería acabar nunca: los pases largos de Hummels, por ejemplo, son la consecuencia de un sistema único, de una idea que se repite de forma renovable (resumen: el Hummels del último partido fue el Lúcio que se exhibió ante cada estadio de la Bundesliga) »

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Puede que el Madrid de la celebración de Cristiano se parezca poco al Madrid del pase de Isco hacia el espacio. El primero es pretencioso, el segundo es fraternal; el primero es arrogante, el segundo es moderado; el primero es fornido, el segundo es voluble.

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Al Mónaco le falta fluidez. Algunos, a la fluidez, le llaman volumen de juego. Pese a ello, el dibujo táctico (generalmente 4-4-2) se convierte en un 2-4-4 o 3-5-2 con demasiada facilidad. La única ventaja de Jardim es que, por suerte, no juega en la Premier League.

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Zidane sufre demasiado y observa, casi siempre, hacia el mismo lugar que advierte Valverde. El centro del campo es un espacio lúgubre. Es, probablemente, el escenario que aparece a los doce segundos del video. Una zona luego del desastre. Un área, al parecer, donde el Madrid vive únicamente del recuerdo cercano.

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Hace cuatro meses, Neymar había decidido hacer pública una depresión severa. Llamémosle melancolía. “Cuando uno sale a hablar alguna cosa, la pueden interpretar por el lado equivocado, no de la manera en que uno quiere o piensa. Eso te acaba poniendo triste”.

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A veces mira demasiado al césped, como si le fuera a ocurrir algo debajo de los pies; como si todo lo hecho hasta ahora fuera a desmembrarse debajo de los botines. Mbappé quizás sea de esos futbolistas que lloran por las noches y se sientan, con los pies cruzados encima de la cama, a conversar con las persianas, las lámparas, las sábanas o los afiches.

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En 1992 su padre sale un día cualquiera por Río de Janeiro. Hay un altercado, disparos. Uno alcanza la frente de Almir. Queda en coma durante unos meses. No le sacan la bala. Quizás no pudieron. Quizás no quiso, pero sobrevive. Le dice al hijo que se haga futbolista, que ahí está la abuela Wanda para llevarlo a los partidos.

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A veces uno no sabe cuándo termina realmente el himno de Chile. La música acaba. Los jugadores siguen cantando. Alguna parte del público los secunda. No comienza el de Alemania. Se escucha un grito de Vidal. Finaliza el cántico. El himno de Chile debería terminar siempre, dondequiera que se entone, con un aullido de Arturo Vidal.

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