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Amargura no fue nunca meca del comercio ni de la moda. Tampoco era de las calles que la gente escogía para el paseo matinal o vespertino ni el sitio ideal para ver y dejarse ver. No hubo en ella cafés ni bares dignos de memoria, y sus dos hoteles —Nueva Luz, en el 303 de la calle, y La Unión, en la esquina con Cuba— a la larga se descomercializaron.

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Allá por el año de 1880, don Luis de Prendergart y Gordon, gobernador general de la Isla de Cuba, no encontró forma mejor para acabar con el bandidismo, que asolaba entonces a la colonia, que parlamentar con los bandidos. El jefe de banda dispuesto a deponer su actitud recibía como compensación el indulto, un pasaporte para viajar al exterior y 2 000 pesos oro.

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La construcción del castillo de Atarés, en la loma de Soto, al fondo de la bahía habanera, fue motivada por la toma de La Habana por los ingleses (1762) que evidenció la necesidad de resguardar y defender los caminos que comunicaban a la ciudad con los campos vecinos.

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En 1763 se le dio el nombre de Ricla en honor al primer gobernador español que asumió el mando de la Isla tras la salida de los ingleses que un año antes se apoderaron de La Habana. Ese fue su nombre oficial, pero por más que se empeñó el municipio, Muralla siguió siendo Muralla, nombre que fue pasando de padres a hijos y que subsiste y subsistirá.

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La referencia más remota de lo que es la Plaza Roja de La Víbora, la explanada que se abre frente al edificio del instituto preuniversitario, corresponde al 19 de abril de 1905, cuando Josefa de Armas, viuda de Tarafa, y Ángel Justo Párraga, solicitaron al Ayuntamiento habanero la autorización pertinente para abrir una calle que podía ser Carmen o Vista Alegre.

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¿Sabía usted que el nombre que más se reitera entre las calles habaneras es el de San Francisco? Nueve calles llevan ese nombre. Otras cinco llevan el de San Martín, y San José y San Carlos aparecen cuatro veces cada uno. San Cristóbal, pese a ser el patrón de la villa, aparece solo dos veces.

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Se hablaba del barrio de Lawton. En realidad no lo era, sino un reparto perteneciente al barrio de Arroyo Apolo, una de las 43 barriadas en que se dividía la capital, que fue un solo municipio. La referencia más antigua acera de esa localidad se remonta a 1859 cuando don Lázaro Ferrer y Herrera proyectó dividir en solares la finca San Pedro Apóstol, en Jesús del Monte.

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Era muy recurrido, en la barriada habanera de Lawton, el parque de diversiones de la 12 Estación de la Policía Nacional, en la Avenida de Acosta, a dos o tres cuadras de la Calzada del 10 de Octubre. Disponía, entre otros artilugios, de una canal de caracol que hacía las delicias de los chicos y de los que ya empezaban a dejar de serlo.  »

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Santa Catalina era un regalo para los ojos, una de las calles más espléndidas del municipio Diez de Octubre, con sus mansiones de portales y jardines y multitud de flamboyanes sembrados a ambos lados de la vía que, florecidos, vestían de rojo la calle. Por eso esta vía, eminentemente residencial, era la avenida de los flamboyanes.

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El Malecón es la primera avenida que merece tal nombre en La Habana. Su construcción no obedeció a la intención de mejorar el tránsito, sino a razones de salubridad y ornato.

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El barrio de Cayo Hueso es el mayor emporio barrial de la habanidad. En la barriada nacieron Mario Bauzá, creador del afrocuban jazz en Estados Unidos, el trompetista Félix Chapottín, el compositor Néstor Milí Bustillo, la cantante Merceditas Valdés, y el archifamoso Juan Formell. Allí surgió el filin y adquirió carta de ciudadanía el cuarteto Los Zafiros.

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Nacidos en Estados Unidos, en 1933, demoraron más de 20 años en llegar a Cuba, en particular a su capital. Dicen María Victoria Zardoya y Marisol Marrero en su libro Los cines de La Habana (2018) que “el auge del automóvil en los años 50 favoreció que se pusiera de moda un nuevo tipo de espectáculo al aire libre: ver películas desde los flamantes autos”.

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