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Tres obispos murieron de pegueta en La Habana y los tres en circunstancias extrañas, sin que pudiera establecerse la causa de la muerte. Solo se decía, a modo de explicación, que el deceso había sido motivado “por repentina enfermedad”, pero se hacía difícil acallar en la ciudad el rumor del envenenamiento.   »

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Resalta la imagen la extrema delgadez del artista que luce corbata y chaqueta. Su mano izquierda descansa en el brazo derecho mientras la diestra se alza a la altura de la cara para insinuar la presencia del cigarrillo que se llevará a la boca. Y es que el autor de Farolito y Noche de ronda, fumador incesante en vida, fuma ahora en la eternidad.

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En la esquina de Luz y Damas vivió el hacendado Joaquín Garro, víctima de un hecho de sangre famoso en La Habana colonial. Salió Garro en un atardecer de su ingenio azucarero y llegó muerto a su casa. Había sido apuñalado en el camino. Un joven negro, que viajó de incógnito en la sopanda de la volanta y que fue sorprendido al descender del vehículo, fue acusado de crimen y ahorcado pese a sus protestas de inocencia.

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Corría el mes de mayo de 1951 e informaciones aparecidas en la prensa y la voz de la calle aludían a contactos entre distintos grupos de acción, “los caballeros del gatillo alegre”, como les llamó Fidel, en las que se daban a conocer detalles sobre sus negociaciones para un acuerdo que, se decía, enterraría los viejos odios en una vendetta interminable.

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El urbanista Pedro Martínez Inclán lo consideraba como el mejor edificio que nos legó la Colonia, un inmueble que será siempre el que represente a la ciudad “por razones de antigüedad e historia”, en tanto que para Joaquín Weis constituía, junto al Palacio del Segundo Cabo, el exponente más sustancial de nuestra arquitectura barroca.

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Recuerda el cronista con claridad el tren de lavado establecido en la esquina de San Francisco y Lawton, en la barriada habanera de ese nombre.  Así era como se les llamaba a las lavanderías de chinos, tan numerosas en La Habana con anterioridad a 1959. Todavía a comienzos de los años 80 un tren de chinos abría sus puertas en la Calzada del 10 del Octubre.

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En 1929 La Habana contaba con 43 902 casas, y de ellas, había 4 500 vacías. Se educaban en las escuelas púbicas 55 401 alumnos repartidos en 775 aulas atendidas por 832 maestros. La población habanera era de 580 950 habitantes. Contaba la ciudad con 1 028 calles, incluyendo diez grandes avenidas. Rodaban por ellas 26 650 vehículos.

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Cuatro grandes figuras del deporte cubano —el esgrimista Ramón Fonts, el ajedrecista José Raúl Capablanca, el maratonista Félix Carvajal y el beisbolista José de la Caridad Méndez— protagonizaron anécdotas de valor, ingenio y resistencia, grabados en la historia que hoy rescata los Apuntes del Cartulario.

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El habanero de extramuros vivía prácticamente en la calle. En la noche, después de la cena, tomaba el fresco y hacía tertulia en los portales de su vivienda y discutía allí las cuestiones del día. Otra de sus distracciones importantes eran el juego, las peleas de gallo y el teatro… Pero la pasión dominante del habanero era el baile; todo el mundo bailaba en La Habana.

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La vida teatral habanera fue muy intensa durante las tres primaras décadas del siglo XX. Se daba el caso de que noche a noche ocho teatros abrían sus puertas para presentar distintos géneros teatrales. No era raro entonces el empeño de compañías europeas de venir a Cuba a “hacer la América”. Si triunfaban aquí, tenían garantizado el éxito en otras latitudes latinoamericanas.

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El bacteriólogo inglés Alexander Fleming, descubridor de la penicilina, pasó su luna de miel en La Habana. Su visita tuvo dos propósitos. Uno, científico y otro personal. Dictó en la Universidad habanera importantes conferencias, sobre el uso de los antibióticos y sobre la herida aséptica, mientras que, huésped del Hotel Nacional, disfrutada de su luna de miel.

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Esta es una historia que, de no ser cierta, merece serlo. La protagonizaron el maestro Gonzalo Roig, el autor de la zarzuela “Cecilia Valdés”, y la actriz Blanca Becerra, entonces en el apogeo de su celebridad, una mujer bellísima que inspiró al compositor su memorable “Quiéreme mucho”.

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