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Delante de esos centros nocturnos, en la propia acera se alzaba todo un tinglado de puestos de fritas. Uno al lado del otro. Lo que hizo que la zona fuera conocida como Las fritas de Marianao. Detrás, disimulados por los ficus, había un número impreciso de posadas y prostíbulos. Uno de ellos, muy famoso, a la altura de la calle 112 se llamaba La Finquita.

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Tras esos franceses llegó a Baracoa el doctor Enrique Faber. Bien parecido, simpático, buen médico, el tipo no cejaba de jactarse de su condición de cirujano de los ejércitos napoleónicos. Sin embargo, parecía escaso de apetitos. No gesticulaba ni alzaba la voz; no bebía aguardiente ni frecuentaba los lupanares. Su bondad era casi franciscana.

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Pese a su alejamiento aparente de la vida púbica, Máximo Gómez sigue siendo un ídolo, y la plácida estancia en Santiago de Cuba le reafirma, como su acaso lo necesitara, que su arraigo y ascendencia están intactos y siguen siendo enormes. La gente le cierra el paso en la calle. Todos quieren verlo y saludarlo. Escuchar su palabra.

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El 2 de diciembre de 1918, María Teresa García Montes de Giberga reúne a un grupo de amigas en su residencia de 15 y D, en El Vedado. Quiere hacerlas partícipes de una idea: crear una sociedad que promueva y patrocine acciones artísticas. Dio la lectura al reglamento de la proyectada sociedad  y se constituyó la junta directiva. Nacía así Pro Arte Musical.

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No era extraño en la Cuba de ayer que una figura honesta y aun con fama de incorruptible se volviera un bandido en cuanto accedía a un cargo público, elegible o no. Tampoco resultaba extraño que alguien con fama ya de malversador y ladrón llegara a la Cámara o al Senado e incluso a la más alta magistratura de la nación.

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Son incontables los night club que surgieron en El Vedado en los años 50 del pasado siglo. La mayoría hace años que no existe y no es raro que aun buscándolos no podamos identificar ya el sitio donde estuvieron. Algunos nombres llegan del pasado: El Escondite de Hernando, Le Mans, Rocco, Yobana.

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En Cuba, cuando se hablaba de la segunda posición de la República se aludía a la Alcaldía de La Habana  y no a la Vicepresidencia de la nación. El mayor capitalino, por estar donde estaba, sus influencias y poder de decisiones y, sobre todo, por el presupuesto que manejaba, era más importante que el Vicepresidente.

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Recuentos sobre náufragos y piratas y leyendas acerca de tesoros escondidos e inútilmente buscados jalonan en buena medida la historia y el imaginario de este territorio. Se dice que Robert Louis Stevenson situó allí el escenario de La Isla del tesoro, y no es menos cierto que las descripciones que hace ese escritor en su novela coinciden en mucho con la ubicación.

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Este periodista se precia de conocer bien la geografía cubana, sin embargo no había visitado nunca Santa María del Rosario. Desconocimiento imperdonable porque esa maravilla de la Cuba profunda se encuentra solo a unos 25 kilómetros al este del centro de La Habana. Fue fundada en 1732 por el primer  Conde de Casa Bayona.

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La Ciudad Deportiva es una de las obras de mayor relevancia de la ingeniería civil cubana, y, sin duda, una de las edificaciones que distinguen a la capital del país. Se extiende sobre unas 26 hectáreas -dos caballerías-.

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Los primeros judíos llegaron a Cuba con Colón. En sus viajes a América navegaron con el Almirante unos 160 judíos. Aun así, fue tarea ardua la de los judíos en su afán de echar raíces en la Isla pues cuando se autorizó la venida de los hijos de los quemados por la Inquisición, se les impuso la restricción de que no ocupasen cargos públicos.

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El andarín Carvajal sigue vivo en el imaginario de los habaneros, que suelen recordarlo con una frase: “Caminó (o caminé) más que el andarín Carvajal”. Incluso ya viejo y enfermo recorría largas distancias. No podía dejar de hacerlo. Corría y “pasaba el cepillo”. Vivía de eso y de los modestos empleos de portero.

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