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No puedo precisar ahora cuándo comenzó a utilizarse en Cuba el término de Primera Dama para designar a la esposa del Presidente de la República. Supongo que fue durante el gobierno del mayor general Mario García Menocal (1913—1921) pues ni Genoveva Guardiola, esposa de Tomás Estrada Palma, ni América Arias, merecieron tal título.

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¿Barrio? ¿Espacio? ¿Territorio? Apenas se sabe ya cómo definir a Santiago de las Vegas. Lo cierto es que esa localidad situada a unos 16 kilómetros al sur de La Habana tuvo ayuntamiento en 1745, se le concedió el título de villa treinta años después y ostenta la condición de ciudad desde1824.

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Pese a ser de los más recientes, Félix Soloni es de nuestros costumbristas menos recordados. Los libros de Eduardo Robreño se publicaron, como quien dice ayer, por no hablar de los de Núñez Rodriguez. Las crónicas de Emilio Roig se recogieron en libro, y hace menos de cinco años que apareció una colección de las Estampas, de Eladio Secades.

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Ir al cine de barrio era todo un paseo. Un verdadero acontecimiento. Una puerta a la aventura. Era como cuando a uno lo “tocan” hoy como un viaje al exterior. El lugar más cosmopolita de la comunidad, aunque estaba a la vuelta de la esquina. Aparte de la película, uno iba a ver y a que lo vieran.

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Cuando La Habana halló su asiento definitivo a la orilla del puerto de Carenas, la población se abastecía del agua de una cisterna que los historiadores ubican en la desembocadura del río Luyanó. Otra fuente de abastecimiento parece haber sido un pozo cuya localización corresponde a la actual Plaza de la Fraternidad.

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Delante de esos centros nocturnos, en la propia acera se alzaba todo un tinglado de puestos de fritas. Uno al lado del otro. Lo que hizo que la zona fuera conocida como Las fritas de Marianao. Detrás, disimulados por los ficus, había un número impreciso de posadas y prostíbulos. Uno de ellos, muy famoso, a la altura de la calle 112 se llamaba La Finquita.

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Tras esos franceses llegó a Baracoa el doctor Enrique Faber. Bien parecido, simpático, buen médico, el tipo no cejaba de jactarse de su condición de cirujano de los ejércitos napoleónicos. Sin embargo, parecía escaso de apetitos. No gesticulaba ni alzaba la voz; no bebía aguardiente ni frecuentaba los lupanares. Su bondad era casi franciscana.

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Pese a su alejamiento aparente de la vida púbica, Máximo Gómez sigue siendo un ídolo, y la plácida estancia en Santiago de Cuba le reafirma, como su acaso lo necesitara, que su arraigo y ascendencia están intactos y siguen siendo enormes. La gente le cierra el paso en la calle. Todos quieren verlo y saludarlo. Escuchar su palabra.

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El 2 de diciembre de 1918, María Teresa García Montes de Giberga reúne a un grupo de amigas en su residencia de 15 y D, en El Vedado. Quiere hacerlas partícipes de una idea: crear una sociedad que promueva y patrocine acciones artísticas. Dio la lectura al reglamento de la proyectada sociedad  y se constituyó la junta directiva. Nacía así Pro Arte Musical.

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No era extraño en la Cuba de ayer que una figura honesta y aun con fama de incorruptible se volviera un bandido en cuanto accedía a un cargo público, elegible o no. Tampoco resultaba extraño que alguien con fama ya de malversador y ladrón llegara a la Cámara o al Senado e incluso a la más alta magistratura de la nación.

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Son incontables los night club que surgieron en El Vedado en los años 50 del pasado siglo. La mayoría hace años que no existe y no es raro que aun buscándolos no podamos identificar ya el sitio donde estuvieron. Algunos nombres llegan del pasado: El Escondite de Hernando, Le Mans, Rocco, Yobana.

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En Cuba, cuando se hablaba de la segunda posición de la República se aludía a la Alcaldía de La Habana  y no a la Vicepresidencia de la nación. El mayor capitalino, por estar donde estaba, sus influencias y poder de decisiones y, sobre todo, por el presupuesto que manejaba, era más importante que el Vicepresidente.

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