En Cuba, como es conocido, encaramos una agresión multidimensional del gobierno de Estados Unidos, una hostilidad permanente, abusiva y despiadada que dura ya casi siete décadas. Desde enero de 2026, se ha intensificado y vuelto más cruel y peligrosa con el establecimiento de un bloqueo energético que prohíbe a todos los países la exportación de combustibles a Cuba.
Si se permitiera al gobierno de Estados Unidos destruir a una pequeña nación con el propósito de cambiar su sistema político, o con cualquier otro, el mundo se tornaría aún más peligroso de lo que ya es. ¿Qué vendría después, quién sería el próximo? Podemos preguntarnos.
No fue una huida ni un arrebato: fue un gesto político. Trump había calificado a Cuba como “Estado absolutamente fallido” y había anunciado presión y negociaciones desde Washington. Ese gesto de hoy de la delegación cubana (mi delegación) me recordó la frase del canciller cubano Raúl Roa en la OEA: “Me voy con mi pueblo y con mi pueblo se van también los pueblos de nuestra América”.
Hoy amanecimos en Sevilla, España. A las 11 de la mañana estaba solo y aproveché para tocar un poco la guitarra (mañana tenemos el primer concierto, de dos que haremos en esta antigua y hermosa ciudad). A las 11:44, hora local, me entró un mensaje que me paralizó: en Cuba, en San Antonio de los Baños, nuestro pueblo natal, había muerto Giraldo Alayón García, mi amigo más antiguo.
El futuro de la Inteligencia Artificial (IA) está condicionado por dos orientaciones antagónicas. Una de ellas es la que sostiene Donald Trump. La otra es la postulada por China. En la versión MAGA, esta tecnología deberá constituirse en el soporte básico para recuperar la hegemonía económica arrebatada por Beijing.
La globalización del desarrollo tecnológico y el poder económico están cada vez más bajo la presión de Estados Unidos. Y esta es una nueva característica que hace que las presiones de Estados Unidos aumenten su eficiencia frente a Cuba y otras naciones que no responden a sus intereses geopolíticos.
En los últimos tiempos el imperio ya robó cuatro elecciones en Latinoamérica, una bajo la administración Biden y tres con Trump. Pero esto no es algo insólito en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y nuestros países.
Raúl Castro encarna así una temporalidad poco frecuente. Una permanencia que es fuerza simbólica. Raúl Castro ha sido convicción en la disciplina, en la memoria, en el método, en la experiencia y en la responsabilidad. Esa es, acaso, la forma más sobria de integridad revolucionaria: no necesitar que la historia sea sencilla para continuar actuando dentro de ella con conciencia, serenidad y sentido de responsabilidad colectiva. Y luchar sólo con el ritmo de los relojes revolucionarios.