Al inaugurar la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, retrotrajo el presente a la era del comunismo hirsuto, el macartismo y la guerra fría. Con una retórica plagada de falsedades, basada en hechos descontextualizados y cifras sin verificar, convirtió a lo que llamó “izquierda radical” en un “enemigo” esencialmente violento y ajeno a la “civilización occidental”.
“Cree el ladrón que todos son de su condición”. Nada más acertado para caracterizar el informe del Departamento de Estado contra Cuba, promovido por uno de los funcionarios más corruptos de la actual administración, de probados nexos con narcotraficantes y terroristas de la Florida.
Sigo intentando salvarme con la cultura, que si no sana, al menos anestesia, y nos permite escapar por momentos de la desbordante angustia que rodea a los cubanos que residimos en Cuba. La Sala Teatro Hubert de Blanck sigue presentando obras conocidas por los de mi generación y que los jóvenes de hoy no han disfrutado.
Teherán ya ha ganado la cuestión central de la guerra: el estrecho de Ormuz. Eso nunca tuvo que ver con el expediente nuclear. Washington tendrá que aceptar esta realidad. Bueno, eso será casi imposible. Los escenarios que se avecinan parecen sombríos. “Desescalada controlada” parece ahora un espejismo en el desierto.
Esta época impone una exigencia histórica que rebasa cualquier cálculo administrativo, cualquier protocolo diplomático y toda retórica complaciente. La defensa de la vida reclama una articulación consciente de las fuerzas sociales capaces de enfrentar un orden que ha convertido la devastación en condición ordinaria de su reproducción.
Celebramos el aniversario 63 de la creación de nuestra UPEC cuando pareciera que ya en Cuba no hubiera nada que celebrar, pero los tercos de esta Isla -los necios, diría Silvio- contamos aún con tres tesoros que ni siquiera la gran industria de la mentira, con sus “portaviones” de intimidación mediática, ha podido arrebatarnos: cabeza para pensar la verdad, boca para decirla y corazón para defenderla.
En las últimas décadas, el mundo asiste a un fenómeno económico paradójico: la producción global de riquezas aumenta significativamente mientras que su distribución es cada vez más desigual. La acumulación en manos de una minoría privilegiada despierta inquietudes. Baste decir que 1% de la población global (80 millones de personas) acapara 2/3 de la riqueza de todo el planeta.
Pienso en una persona que envía medicamentos a Cuba. Los busca, los compra, los empaqueta, paga por un envío que no debería ser necesario, para hacerlo recorre su ciudad asturiana no sin esfuerzo. No lo hace sólo para parientes y amigos. Ni lo hace una vez, dos, diez, sino más. Y aunque se cansa, no se cansa. Si pudiera, enviaría también garrafas de gasolina. Por supuesto, no es la única. De ella, de cada una de ellas, depende que se sostengan las verdades no trucadas del mundo.