Artículos de Apuntes del cartulario

Una columna de Ciro Bianchi Ross sobre La Habana y su historia.

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Después de la muerte de Salas, Batista pidió al recién ascendido brigadier general Hernando Hernández, nuevo jefe de la Policía, que le investigara la operación del juego que controlaba el extinto. Llegaban los contratistas al despacho presidencial con una maleta llena de dinero y salían con la maleta vacía y hasta sin maleta. Batista era un ladrón desorejado.

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El presidente Tomás Estrada Palma se negó a que le entregaran el cadáver a la viuda y cuidó muy bien de que no se le rindieran honores. Lo trasladaron al cementerio en el carro de la lechuza, que se destinaba a los pobres de solemnidad, y sobre su tumba, no se pudo colocar su nombre: José Quintino Bandera Betancourt.

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No hay cubano que desconozca que a Lola la mataron a las tres de la tarde. Hay preguntas a las que puede responder cualquier cubano. Pero no se pregunte más acerca del asunto. Porque a la hora de su muerte se constriñe todo lo que conocemos sobre el personaje. Aunque sepamos la supuesta hora de su muerte, no llegaremos jamás a precisar la fecha en que la mataron.

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La edificación que se alza majestuosa a la salida del barrio habanero de Mantilla, según se avanza con destino a Managua, identificada por el imaginario popular como el castillo de Averhoff, durante años ha sido origen de historias y leyendas, desde un orangután capaz de estrangular a prisioneros hasta túneles que debían unir la antigua finca de recreo con el castillo de Atarés.

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En los días de la ley seca en Estados Unidos (1920-1935) el coctel cubano vivió su época de oro. Entonces, decía Alejo Carpentier, La Habana era de las pocas ciudades del mundo capaz de satisfacer el paladar curioso del viajero. Pero desde entonces muchas mezclas de bebidas quedaron en el camino y no son hoy más que meras referencias. Y a veces ni eso.

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Hoy hablaremos acerca de Alfredo Hornedo y Suárez. “El muy ilustre senador Hornedo”, como le llamaba siempre su periódico El País, tuvo una infancia muy humilde. Carretilló naranjas por las calles habaneras y fue cochero de la familia Maruri. Por esas cosas de la vida, Blanquita, la muchacha de la casa, se enamoró del empleado pobre y mulato por añadidura.

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Alfonso XIII, rey de España, mandó de regalo un caballo a Menocal. El obsequio provocó la repulsa de sus contrarios. Mendieta, que fue un pelele de Batista, tenía fama de atabaludo, y físicamente era un hombre de una fortaleza descomunal. Tal fue su pasión por los gallos finos, que existe una raza lograda por él y que lleva su apellido. El famoso gallo Mendieta.

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En La Habana del siglo XIX, siempre que se detectaba en una casa una enfermedad contagiosa, se colocaba en la puerta una banderita roja, pero esa bandera era amarilla si lo que se diagnosticaba era una viruela. En esa época, las epidemias eran casi permanentes en esta capital, y el cólera mataba a uno de cada dos enfermos.

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En la noche del 8 de septiembre de 1933 Batista pasó, en virtud del Decreto 1538, de sargento de primera (taquígrafo) a coronel, y con ese grado se mantuvo al frente de la jefatura del Ejército hasta que salió de filas para postularse a la Presidencia de la República. En 1942, sin embargo, asciende a general. ¿Cómo alcanza ese grado si se hallaba, en lo militar, en situación pasiva? »

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El primer médico y boticario ejerció en La Habana en 1569. En 1776 abrió sus puertas el primer teatro habanero. El primer baile público de máscaras se celebró en 1831. En 1807 se introdujo en Cuba el buque de vapor. Treinta años más tarde, en 1837, se inaugura el primer servicio de ferrocarril y en 1840 circularon los primeros ómnibus de tracción animal.

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Hacia 1770 la ciudad de La Habana vivía preocupada por aumentar sus defensas. Alarmada por las guerras continuas y las expediciones y los saqueos enemigos, solo se habían construido en la ciudad los castillos, las murallas y un número respetable de iglesias y conventos. Como plazas, existían las de Armas y la de San Francisco, la del Cristo y la llamada Vieja.

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Y venga ahora una anécdota deliciosa. Ya se dijo que la Quinta de los Molinos debía servir también de residencia a los Gobernadores que cesaban en el cargo y esperaban su retorno a la Península. Cuando Federico Roncali, conde de Alcoy, se hizo cargo del gobierno (1848) para suceder a Leopoldo O’Donnell, el Conde de Lucena le jugó una mala pasada.

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