Artículos de Apuntes del cartulario
Una columna de Ciro Bianchi Ross sobre La Habana y su historia.
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Más que como el estoqueador formidable que fue, a Luis Mazzantini se le evoca en Cuba por sus tórridos amores con la actriz francesa Sarah Bernhardt, que tuvieron lugar en La Habana. Su excentricidad y valentía, y su suerte como donjuán, dieron pie a una frase que se emplea ante un propósito que entraña dificultades enormes.
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No pocas personas se me han acercado para sugerirme que vuelva sobre los tranvías. Así me lo pide, esta semana, en un mensaje electrónico, el lector Ernesto Pérez. Muchos quieren saber cómo se operaban esos equipos movidos por electricidad y por qué desaparecieron. Una lenta agonía precedió a su desaparición.
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Un día, el barón de Kessel se enteró que en Arroyo Apolo, más allá de Jesús del Monte, había tierras en venta. Allí se instalaría con su esposa Carlota y Julio César, el esclavo de confianza. Glosaré ahora la historia de esta familia tal como la recreó el narrador y periodista Leonardo Padura en su libro “El viaje más largo”.
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Emilio Roig de Leuchsenring, el autor de los tres volúmenes de La Habana. Apuntes históricos y otros muchos títulos medulares, nació en La Habana el 23 de agosto de 1889. Obra suya es la Oficina del Historiador de la Cuidad. Como predecesor y maestro lo reconoció Eusebio Leal. Un maestro sin cuya vida y obra, aseveró Leal, las suyas habrían sido imposibles.
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Los parques conservan para siempre el encanto de la niñez. La primera y más remota expresión de propiedad social que pueda recordarse. Donde nos sentíamos dueños de algo sin que nadie nos lo adjudicara y nos creíamos libres pese a que todo se hacía bajo la mirada de los mayores. Los que luego serían ideales para los encuentros de la adolescencia y a los que acudimos, ya en la adultez, a ver pasar la vida.
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El Montmartre fue el más francés de los cabarets cubanos, y no era raro que los cronistas lo llamaran el París de América. Por su suntuoso escenario desfiló lo mejor de lo mejor de las décadas de 1940 y 1950, y sus bares gozaron de la preferencia de las llamadas clases vivas y también de gente de la farándula, en tanto que su casino de juego, adquirido en 1953 por Meyer Lansky, demostraba que un establecimiento de ese tipo, bien llevado, era un negocio rentable y no tenía necesidad de recurrir a la trampa para conseguir ventaja.
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Esta es la historia de uno de los más sonados escándalos del devenir de los juegos de azar en La Habana. La denuncia de un abogado norteamericano, asesor del futuro presidente Richard Nixon, que se supo estafado en el casino del cabaret Sans Souci e hizo que el dictador Fulgencio Batista instara a Meyer Lansky a “adecentar” el juego en la capital cubana. Sucedió así.
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