Aparecidos y fantasmas en La Habana

Antiguo Convento de Santa Clara. Foto: Unesco.
La Habana, como toda ciudad que se respeta, tiene sus misterios y sus aparecidos, pero ninguno resulta tan simpático y delirante como el fantasma de la cara platinada.
Don Jaime Partagás empezó como pudo en los negocios, en 1827, con un chinchalito donde expedía tabacos, y en 1845 llegó a participar en lo que sería el emporio que llevó su nombre. No disfrutó sin embargo de todo su esplendor porque un día lo asesinaron en sus vegas de tabaco, en Pinar del Río. Nunca se han precisado los móviles del crimen. Unos aseguran que le pasaron la cuenta por la trampa que hizo en un negocio, y otros afirman que su muerte fue obra de un campesino que descubrió que el viejo se “fumaba” a su esposa. Pero eso no viene al caso ahora, sí que el ánima de don Jaime no ha encontrado reposo y muchos de los trabajadores de lo que fuera su fábrica lo han visto o presentido su presencia.
También se pasea, de madrugada, por el Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio, el fantasma de Clemente Vázquez Bello. Este hábil político liberal ocupó la presidencia del Senado y su nombre “sonó” como posible sustituto de Gerardo Machado. Es más, fue el artífice de que Machado alcanzara el poder en 1925 cuando se impuso sobre Orestes Ferrara, dominó la asamblea del partido y consiguió que esta postulara a Machado en las presidenciales, lo que dio al traste con las aspiraciones de Carlos Mendieta a quien se daba como candidato. A Vázquez Bello le hicieron dos atentados en La Habana de 1932. Del primero, salió ileso; del segundo no se libró.
Sobre el Conde de Barreto corren mil y una historias. Se dice que cuando lo llevaban a enterrar, sus deudos se sorprendieron por el peso desmedido del ataúd. Lo abrieron y comprobaron que el cadáver había sido sustituido por una piedra enorme. Otros afirman, en cambio, que, en la noche del velorio, un feroz temporal de viento y agua se desató sobre La Habana, y que el ataúd del Conde de Barreto con el Conde de Barreto dentro, desapareció para siempre por lo que resultó imposible darle sepultura. Vaga desde entonces.
El Campanero
Abatido, destrozado por la negativa de la familia de la muchacha de que llevara relaciones con su amada que, no obstante, le correspondía, un joven tomó los hábitos en el convento de San Francisco de Asís. Se cuenta que en consecuencia la bella joven enfermó de amor —lo que se llamaba pasión de ánimo— y el fraile, que hacía las veces de campanero en la elevada torre de la basílica, que con sus 44 varas era la mayor altura en toda la Isla, recibió el aviso de tocar a agonía. Pronto supo que las campanas que hacía doblar llamaban a duelo, precisamente por la muchacha que acababa de fallecer.
La tradición oral no dice con certeza si fue el viento que echó sobre su rostro la capucha franciscana, dejándole a ciegas en lo alto del campanario o sí, desconsolado, se lanzó por su voluntad al vacío.
Algunos habaneros repiten la leyenda de que, a veces, se deja ver en lo alto de la torre la silueta del desconsolado amante y parece escucharse, como lejano, el tañer de las viejas campanas.
El cuarto de los muertos
¿Qué me cuenta, amigo lector, de la dama que deambula por los salones de la casa que ocupó, en el siglo XIX, el Monte de la Piedad? ¿O del misterio de la habitación cerrada de la casa de la calle Tacón número 8? ¿O del cuarto de los muertos en la Casa de la Obrapía?
Porque en esa edificación no solo se oculta un tesoro cuantioso en sus paredes de un metro de espesor, sino que aún se escuchan los gemidos de las plañideras. Salen de una habitación que se encuentra en la primera planta y que era el lugar donde la familia original velaba a sus muertos. Por otra parte, hay en la azotea una habitación con una decoración mural sorprendente, del piso al techo. Muestra escenas campestres, cosa rara en la Cuba colonial, y otros detalles no explicados. En la pared de otro de los dormitorios de ese piso apareció una inscripción desconcertante. Decía: “Aquí murió Manuel, Conde de Jaruco”. Estaba escrita con letras negras y con excelente caligrafía. Llevaba al pie una fecha muy borrosa y las inquietantes huellas rojas y verdes de una mano.
La casa de Tacón 8 data de 1744, pero las enigmáticas pinturas de la habitación cerrada son de unos años más tarde. Cubren totalmente sus cuatro paredes y representan escenas de una sociedad idílica e imposible para la época: las de una sociedad en la que negros, pardos y blancos alternan como iguales.
Pocas edificaciones habaneras dieron pie a tantos comentarios como el convento de Santa Clara. Fue destino de una congregación de monjas de clausura durante más de tres siglos. Cuando en los años 20 del siglo pasado lo adquirió el Estado cubano y las monjas se trasladaron a un nuevo convento, en Lawton, la gente quiso encontrar allí cementerios ocultos, celdas de castigo, tesoros escondidos. Nada de eso apareció, pero sí el pelo de muchísimas mujeres rapadas al tomar los hábitos y que permaneció escondido en el interior de los tubos que sirvieron para trancar el encofrado de las viejas paredes.
A pedrada limpia
El fantasma de la cara platinada es mucho más reciente. A comienzos de la década de 1940 un hombre vestido de negro y que cubría su rostro con la máscara de la que tomó su nombre, empezó a merodear por la barriada de Lawton y localidades cercanas, siempre por parajes solitarios y oscuros que le propiciaban aparecer y desaparecer como por arte de magia y asustar así a algún transeúnte desprevenido, a mujeres sin compañía, a parejas que buscaban la soledad o a alguna anciana que en la alta noche fisgoneaba a través de las persianas.
La fama se le acabó cuando se le ocurrió incursionar en los alrededores del arroyo Pastrana, en Lawton. Una noche, un grupo de muchachos, entre los que se encontraba el padre de este cronista, lo cazó y a pedradas pusieron fin a las excursiones nocturnas del fantasma de la cara platinada.
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Da gusto leer a Ciro Bianchi, pues un gran periodista y sus cronicas son magnificas.
Lo felicito y que dure muchos anos en su trabajo, para deleite de los lectores.
Interesante , salud para usted
Gracias profesor Ciro, historias fascinantes por mucho que pasen los tiempos.