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Es muy poco lo que se sabe con certeza sobre La Macorina. No puede precisarse siquiera que su nombre verdadero fuera María Calvo Nodarse, pues no faltan los que la identifican como María Constanza Caraza Valdés. Se dice que nació en Guanajay, en 1892, y que, a espaldas de su familia o raptada por su novio de entonces, llegó a La Habana con 15 años de edad.

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¿Quién no ha tarareado siquiera alguna que otra vez ese bolero, más que bolero, un bolerón, que lleva el título de Mujer perjura? ¿Quién no memoriza una de sus estrofas? Su autor, el destacado trovador espirituano Miguel Companioni es autor de unas doscientas piezas muchas de ellas instaladas por derecho propio en las páginas de la trova tradicional cubana.

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Muchos barrios que le crecieron a La Habana fuera de su recinto amurallado tuvieron su origen en los pequeños núcleos poblaciones que se asentaron en los alrededores de fondas y cantinas establecidas en los caminos y que servían de lugar de parada y de refrigerio a los viajeros. Así sucedió con El Lucero que fue, en sus comienzos, en 1848, una taberna.

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Con más de 80 años, su edad cuando se realizó esta entrevista, la gran vedette atribuía el secreto de su éxito al hecho de haber sabido ir con el tiempo. Lo importante es no dejarse aplastar ni abatir, dijo y aseguró haber tenido más alegrías que penas en su larga carrera. Se le consideró en su tiempo la gran vedette de América. Fue la mujer más deseada de Cuba.

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Las bondades del tabaco cubano hicieron que se le reconociese como el mejor del mundo y ese reconocimiento situó a nuestro impar producto en la meta de todo buen fumador. En 1840 existían en La Habana varias fábricas de cigarrillos, anexas en su mayoría a fábricas de tabaco. Un siglo después funcionaban 26 fábricas, que daban empleo a casi 2 500 obreros.

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Después de la muerte de Salas, Batista pidió al recién ascendido brigadier general Hernando Hernández, nuevo jefe de la Policía, que le investigara la operación del juego que controlaba el extinto. Llegaban los contratistas al despacho presidencial con una maleta llena de dinero y salían con la maleta vacía y hasta sin maleta. Batista era un ladrón desorejado.

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El presidente Tomás Estrada Palma se negó a que le entregaran el cadáver a la viuda y cuidó muy bien de que no se le rindieran honores. Lo trasladaron al cementerio en el carro de la lechuza, que se destinaba a los pobres de solemnidad, y sobre su tumba, no se pudo colocar su nombre: José Quintino Bandera Betancourt.

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No hay cubano que desconozca que a Lola la mataron a las tres de la tarde. Hay preguntas a las que puede responder cualquier cubano. Pero no se pregunte más acerca del asunto. Porque a la hora de su muerte se constriñe todo lo que conocemos sobre el personaje. Aunque sepamos la supuesta hora de su muerte, no llegaremos jamás a precisar la fecha en que la mataron.

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La edificación que se alza majestuosa a la salida del barrio habanero de Mantilla, según se avanza con destino a Managua, identificada por el imaginario popular como el castillo de Averhoff, durante años ha sido origen de historias y leyendas, desde un orangután capaz de estrangular a prisioneros hasta túneles que debían unir la antigua finca de recreo con el castillo de Atarés.

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En los días de la ley seca en Estados Unidos (1920-1935) el coctel cubano vivió su época de oro. Entonces, decía Alejo Carpentier, La Habana era de las pocas ciudades del mundo capaz de satisfacer el paladar curioso del viajero. Pero desde entonces muchas mezclas de bebidas quedaron en el camino y no son hoy más que meras referencias. Y a veces ni eso.

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Hoy hablaremos acerca de Alfredo Hornedo y Suárez. “El muy ilustre senador Hornedo”, como le llamaba siempre su periódico El País, tuvo una infancia muy humilde. Carretilló naranjas por las calles habaneras y fue cochero de la familia Maruri. Por esas cosas de la vida, Blanquita, la muchacha de la casa, se enamoró del empleado pobre y mulato por añadidura.

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Alfonso XIII, rey de España, mandó de regalo un caballo a Menocal. El obsequio provocó la repulsa de sus contrarios. Mendieta, que fue un pelele de Batista, tenía fama de atabaludo, y físicamente era un hombre de una fortaleza descomunal. Tal fue su pasión por los gallos finos, que existe una raza lograda por él y que lleva su apellido. El famoso gallo Mendieta.

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