Artículos de Al Contragolpe
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Dicen los que saben que el fútbol turco desprende una fragancia contagiosa. Lejos de los principales focos mediáticos, de la asfixiante liturgia televisiva y el clamor popular, en suelo otomano todavía quedan atisbos del balompié de antes, de esa conjunción indispensable entre hinchas y jugadores, de la vehemencia sudamericana extrapolada a los estadios de la vieja Constantinopla.
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Yo vi, en sus últimos chispazos de magia, a Ronaldinho jugar como niño malcriado en los templos sagrados del fútbol. A él, que todavía regala cintillos a la prensa por sus dislates fuera de las canchas, le debo mis primeros atisbos de pasión por este deporte. Con el balón, el millonario irreverente no era más que un tipo feliz.
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Late a 4516 millas de distancia con un bombeo tan ardiente como los intestinos del viejo Anfield, ese templo sagrado donde el fútbol se encuentra con algunos miles de sus más fieles devotos. El corazón de Cuban Reds es rojo intenso, calco del color de su camiseta y enorme, casi tan grande como La Habana, ciudad que les vio nacer y hoy les acoge.
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Real Madrid y Barcelona. Ambos frentes arden: el de los tirios, blanco y pulcro, escudado por miles de gargantas; el de los troyanos, blaugrana y furioso, siempre con la daga lista. El Clásico es un invento fenomenal. Lo esperas intenso y te devuelve una música instrumental. Recuerden la primera vuelta y aquel 0-0.
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No existirá la perfección mientras exista la subjetividad humana. Así de claro. Ni en el Var, esa tecnología tan cara y vilipendiada, ni en la vida misma, veleidosa como las propias decisiones arbitrales. Por este motivo sorprende muy poco el ruido mediático en torno al empleo de los monitores, con las repeticiones de jugadas desde muchísimos ángulos.
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Al inicio, cuando hilvanaron los primeros triunfos, los escépticos atribuyeron el resultado a la clásica fortuna. Lo suyo era una artimaña de la ruleta rusa, un desplante del destino a los clubes grandes y ricos, o quizás un guiño a ellos, últimamente desahuciados en las zonas medias de la tabla y esta vez amenazantes, orondos de su paso firme.
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Anda puntas de pies, como quien intenta ir sin levantar suspicacias, huyendo del ruido y el eco estrafalario del éxito. Va lento y a la vez entierra con fuerza la suela de sus tacos. Deja huellas en el césped. Si un equipo provoca vértigo en las gradas visitantes, amenaza y casi siempre termina provocando la frustración del contrario, ese es el Getafe de José Bordalás.
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La posesión como obligatoriedad estética es la gran mentira del fútbol. El asidero estadístico como recurso para ensalzar el “buen juego” y la necesidad casi impuesta de llegar al arco luego de una sarta infinita de toques constituye, además, un cáncer que condiciona de forma nefasta el gusto de hinchas y entrenadores actualmente.
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Un niño rubio camina sobre el césped y mira cohibido a su alrededor. Las pupilas crecen. El niño tiembla. Alucina. Ríe. Respira el aire que será luego su oxígeno por años. Exhala el elíxir de la lealtad y guarda en sus glándulas cientos de miles de gotas de este valor tan necesario: acumula cuanto puede y sustenta su criterio en el amor incipiente por un escudo.
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Le hostigaron cuanto quisieron. Por inexperto, por buena gente, por suertudo, ¡por no saber de fútbol! Dijeron que lo suyo era flor, fortuna pasajera o aura de tipo chévere, apaciguador de egos y simpático a los ojos de la prensa. Le adjudicaron incluso un calificativo casi burlesco: el alineador. Nunca cayó bien en el seno de una parte de los seguidores del fútbol.
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