Artículos de Al Contragolpe

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La Peña del Chelsea en Cuba ya puede ufanarse de ser uno de los pocos clubs de fans del país reconocidos oficialmente por la entidad a la que siguen. Pero estampar su nacimiento a la fecha en la que legalizaron su sentimiento por el equipo blue, sería una injusticia tremenda con aquellos que han seguido invariablemente a los suyos en las “duras y en las maduras”.

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El portero llora. La pelota, estrella fugaz que apenas ve, golpea las redes, iracunda, y provoca un delirio sin parangón. Todos celebran embriagados por el gol, mientras él, con la impotencia opacando sus ideas, seca sus lágrimas con pudor. No quiere que nadie lo vea. Nadie lo ve, de hecho.

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Controlar el impulso de correr al banderín de córner y festejar allí, fundido a sus compañeros el momento de euforia, exige casi más sacrificio que la decena de kilómetros que el jugador de fútbol devora sobre el césped durante un partido. Un gol sin abrazos es como un buen potaje de frijones negros sin sal, o acaso como ir a la playa en pleno invierno.

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| 14

La imagen de José Mourinho en el pensamiento popular es la de un señor soberbio que se encara con la grada rival (Camp Nou) y le restriega su éxito con saña, la de aquel que va y le mete el dedo en el ojo al entrenador rival (Tito Vilanova), o la del conflictivo que termina a empujones con un colega (Arsene Wenger) en la banda del Bridge.

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Va con los puños apretados y paso presuroso, casi endiablado, rumbo al portal que funge esta tarde de marzo como camerino improvisado en la cancha Nancy Uranga, de Pinar del Río. Sale del césped de primero y ni mira atrás, ni habla con nadie —por suerte, piensa quien lo ve, visiblemente molesto y hundido en su impotencia tras sufrir 45 minutos funestos—.

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| 21

No era difícil imaginar, en tiempos sin pandemias, ni confinamientos, ni cuarentenas forzosas, que el fútbol, más allá de su quintaesencia lúdica y pasional, estaría siempre amarrado a su ya inobjetable responsabilidad económica. Necesitábamos una prueba, de todas formas, para abrir los ojos y palpar la evidencia.

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| 24

Tengo un amigo futbolista profesional que lo define con sorna y precisión a la vez: pachangas de barrio. Y lo son, en efecto, porque lo que jugamos mis amigos y yo los sábados por la tarde en el ¿césped? de la cancha aledaña a la Universidad de Pinar del Río es, cuanto menos, una burla al deporte que amamos, una parodia del fútbol y la oda más macabra al talento balompédico que recuerde la historia de la humanidad.

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| 8

Cuando pasen los años y todavía sea el fútbol el opio de los pueblos, muchos nombres perderán su brillo entre el grosor de una larga lista de imprescindibles. Y quedarán condenados al olvido decenas de aquellos que un día pujaron por ver al resto desde un altar e hicieron de la presunción el pan suyo de cada jornada.

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Turquía y su “fútbol sudamericano”

Dicen los que saben que el fútbol turco desprende una fragancia contagiosa. Lejos de los principales focos mediáticos, de la asfixiante liturgia televisiva y el clamor popular, en suelo otomano todavía quedan atisbos del balompié de antes, de esa conjunción indispensable entre hinchas y jugadores, de la vehemencia sudamericana extrapolada a los estadios de la vieja Constantinopla.

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| 25

Yo vi, en sus últimos chispazos de magia, a Ronaldinho jugar como niño malcriado en los templos sagrados del fútbol. A él, que todavía regala cintillos a la prensa por sus dislates fuera de las canchas, le debo mis primeros atisbos de pasión por este deporte. Con el balón, el millonario irreverente no era más que un tipo feliz.

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| 18

En puntillas van los hinchas, bufandas en mano, musitando cánticos e improperios. Rezan por un gol, mientras retumba el eco de la cancha vacía donde imaginan a sus héroes otra vez, dibujando de verde los domingos, rellenando el vacío de los palcos. No hay nada tan triste como las gradas sin gente.

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| 12

Late a 4516 millas de distancia con un bombeo tan ardiente como los intestinos del viejo Anfield, ese templo sagrado donde el fútbol se encuentra con algunos miles de sus más fieles devotos. El corazón de Cuban Reds es rojo intenso, calco del color de su camiseta y enorme, casi tan grande como La Habana, ciudad que les vio nacer y hoy les acoge.

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