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Cuando el club atravesó momentos duros, incluso ajenos a las principales competiciones europeas y con el overol manchado por el esfuerzo destinado a consolidar un proyecto ganador, quienes nunca fallaron fueron los aficionados. En su templo, antes de cada partido, lo demostraron a gritos. Nunca caminarás solo fue, más que un eslogan.

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No sé si seré el único —cosa que desearía con todas mis fuerzas por una simple cuestión de solidaridad humana—, pero basta con que pierda mi equipo para presenciar como el golpe asestado por la derrota arruina totalmente mis días. Sin quererlo, el fútbol ejerce como decisor tiránico en mi estado de ánimo.

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Talló su incipiente capacidad goleadora en los campos de Lezama, a la sombra de la única y verdadera catedral que tenía —y ya no tiene— el fútbol español en el viejo estadio de San Mamés. Allí perfeccionó, en intensas jornadas de entrenamiento físico y mental, la única concepción que le reportaría éxitos durante más de dos décadas dentro de los terrenos.

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Prestos a justificar posibles derrotas anticipadas, en España algunos han comenzado a esgrimir factores que les perjudican en torno al regreso a la actividad futbolística el venidero jueves. En las canchas de la Península, ante gradas secas como asfalto bajo el sol, se decidirá el futuro de la liga y, aunque el futuro es, lógicamente, un enigma ilegible.

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La Peña del Chelsea en Cuba ya puede ufanarse de ser uno de los pocos clubs de fans del país reconocidos oficialmente por la entidad a la que siguen. Pero estampar su nacimiento a la fecha en la que legalizaron su sentimiento por el equipo blue, sería una injusticia tremenda con aquellos que han seguido invariablemente a los suyos en las “duras y en las maduras”.

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El portero llora. La pelota, estrella fugaz que apenas ve, golpea las redes, iracunda, y provoca un delirio sin parangón. Todos celebran embriagados por el gol, mientras él, con la impotencia opacando sus ideas, seca sus lágrimas con pudor. No quiere que nadie lo vea. Nadie lo ve, de hecho.

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Controlar el impulso de correr al banderín de córner y festejar allí, fundido a sus compañeros el momento de euforia, exige casi más sacrificio que la decena de kilómetros que el jugador de fútbol devora sobre el césped durante un partido. Un gol sin abrazos es como un buen potaje de frijones negros sin sal, o acaso como ir a la playa en pleno invierno.

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| 18

¿Y si Uruguay no fuera un equipo de fútbol? ¿Lo has pensado? ¿Acaso no has creído, en alguna cavilación entre el minuto 1 y el 90, que todo es mentira, que la garra charrúa es inverosímil, que los jugadores son solo eso, jugadores y no guerreros enfundados en camisetas de futbolistas? ¿Y si todo fuera un hechizo del maestro Oscar Washington Tabares, ese señor mayor con cara de buena persona que anda en muletas por la banda? »

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La imagen de José Mourinho en el pensamiento popular es la de un señor soberbio que se encara con la grada rival (Camp Nou) y le restriega su éxito con saña, la de aquel que va y le mete el dedo en el ojo al entrenador rival (Tito Vilanova), o la del conflictivo que termina a empujones con un colega (Arsene Wenger) en la banda del Bridge.

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Va con los puños apretados y paso presuroso, casi endiablado, rumbo al portal que funge esta tarde de marzo como camerino improvisado en la cancha Nancy Uranga, de Pinar del Río. Sale del césped de primero y ni mira atrás, ni habla con nadie —por suerte, piensa quien lo ve, visiblemente molesto y hundido en su impotencia tras sufrir 45 minutos funestos—.

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| 21

No era difícil imaginar, en tiempos sin pandemias, ni confinamientos, ni cuarentenas forzosas, que el fútbol, más allá de su quintaesencia lúdica y pasional, estaría siempre amarrado a su ya inobjetable responsabilidad económica. Necesitábamos una prueba, de todas formas, para abrir los ojos y palpar la evidencia.

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| 25

Tengo un amigo futbolista profesional que lo define con sorna y precisión a la vez: pachangas de barrio. Y lo son, en efecto, porque lo que jugamos mis amigos y yo los sábados por la tarde en el ¿césped? de la cancha aledaña a la Universidad de Pinar del Río es, cuanto menos, una burla al deporte que amamos, una parodia del fútbol y la oda más macabra al talento balompédico que recuerde la historia de la humanidad.

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