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Ronda todavía por los pasillos del Giuzzeppe Meazza el tufo de las epopeyas, esa arenilla de grandeza que solo respiran los hinchas en aquellos templos sagrados del fútbol. Impostada está en sus columnas la nostalgia por tiempos pretéritos. Ya no es antes, dicen siempre los sensatos analistas. Y puede que tengan razón.

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Es evidente que Mourinho echaba de menos las luces y el sonido de los obturadores arañándole el rostro. Ha confesado alguna vez, cuando el discurso directo y huraño ha sido resquebrajado por algún sentimiento inquieto, que el fútbol es su vida. Y la gente también lo necesitaba. Viene bien un señor con la cordura agujereada.

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Picardía de niño y talante de hombre. Hizo cuanto le vino en gana y cuando le vino en gana. Es, de hecho, uno de esos prodigios cuyas piernas tienen la habilidad ingénita de domar la pelota como si fuera una marioneta. Tan significativa fue su huella que, entre miles de guajes nacidos allí, para el mundo entero El Guaje responde al nombre de David Villa.