En el Sur Global, el desarrollo no puede lograrse imitando al Occidente capitalista: exige romper la dependencia imperialista mediante la defensa de la soberanía, la planificación socialista y la transformación de las relaciones sociales.
Brasil es el primero de los tres eslabones que le quedan a Donald Trump para establecer un dominio prácticamente total sobre América Latina. Y ahí ha puesto toda la carne en el asador.
No sería descaminado pensar que los artífices del ocultamiento o el escamoteo de la lucha de clases han sido solo o principalmente los opresores, quienes han capitalizado el apaciguamiento forzoso o inducido de la sociedad, pero la historia es más compleja.
Las recientes sanciones del gobierno estadounidense demuestran cuál es el objetivo supremo de dicho gobierno (representante actual de los intereses hegemónicos de la burguesía en ese país): prefieren sacrificar la economía por la política (planteándolo en términos esquemáticos). De ello extraigo 5 conclusiones (muy de prisa).
André Breton pertenece a esa estirpe excepcional de hombres para quienes la revolución nunca fue solamente un cambio de gobierno, una redistribución de la propiedad o una modificación de las instituciones, es una conmoción mucho más profunda.
La tecnología es asombrosa. Bastan unas rápidas digitalizaciones para saber si va a llover la próxima semana, cuál es la distancia entre París y Londres, cómo se prepara una deliciosa sopa cordobesa llamada salmorejo. Ahora la evolución de la tecnología ha avanzado tanto que, según algunos entendidos, puede predecirse el fin del mundo.
El tono sobregirado de los discursos en la Asamblea General de la ONU fue una fotografía de la tensión extrema en un planeta sacudido por los reacomodos en la circulación del poder, las guerras y el surgimiento de una súperherramienta como la inteligencia artificial “que se desarrolla sin comprender sus consecuencias” como afirmó Javier Milei. Por su parte el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó a América Latina con intervenir militarmente en cualquier país de la región.
El recinto de la Asamblea General de la ONU ha escenificado momentos que la hacen cuestionable y hasta repudiable por lo que allí se permite. Ejemplos hay muchos, y el último de ellos, es que el premier del gobierno sionista de Israel, Benjamín Netanyahu, usara de la palabra esta semana, cuando es el máximo responsable del genocidio que se comete en Gaza contra la población palestina.