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Adolfo Guzmán, tan grande, tan querido

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Adolfo Guzmán y Esther Borja en el programa "Album de Cuba"

Adolfo Guzmán y Esther Borja en el programa "Álbum de Cuba"

Nació un 13 de mayo, en 1920. Esos 90 años los estamos conmemorando con el desconsuelo infinito de la falta que nos ha hecho desde que se fue de este mundo. Siempre hizo falta en vida -mejor dicho- para hacer música, ya fuera desde el piano o bien  al frente de cualquier formato instrumental. Al parecer, desde los comienzos de su ejercicio profesional como músico, su papel fue siempre el de organizar, aunar, orquestar, hacerse seguir desde que elevaba los brazos, bajaba la vista hacia la partitura o dirigía su mirada, tan especial,  sobre un músico o una sección del conjunto. Su visión de la música abarcó lo que se hacía sonido palpable y lo que se volvía sentimiento punzante desde una manera esencialmente directa de argumentar la letra y de sustentarla, en sus composiciones, sobre una armazón musical irrepetible por lo que tenía de hermosa y -literalmente hablando- inaudita (palabra esta última que, según todo parece indicar, tiene que ver con lo que nunca-antes-fue-oído).

Yo comencé a escuchar su nombre desde los años cuarenta del siglo pasado. Posiblemente desde comienzos de esa década, cuando figuró entre los directores musicales y orquestadores de la histórica emisora radial Mil Diez (vale la pena recalcar que por aquella época no rebasaba los 22 o 23 años). Tratando de seguirle el rastro aquí y allá, me ha sorprendido el dato que lo sitúa orquestando tangos para los más relevantes intérpretes nacionales e internacionales de entonces. Me he puesto a pensar muchas veces cuál no sería el atractivo que esta expresión de la música latinoamericana ejercía sobre unos contemporáneos suyos lamentablemente olvidados hoy por hoy, que en aquellos momentos  conformaban el trío de guitarras conocido como Landa, Llerena y Tabrane, dedicado al tango y marcado con un sabor especialmente moderno por las armonías que empleaba. Dos de sus integrantes -Fabio Landa y Orlando Llerena-figuraron, con el tiempo, entre los más finos orquestadores cubanos y pueden ubicarse, definidamente, en una estética afín a la de Guzmán e influida por la maestría de Félix Guerrero y Enrique González Mántici, francamente impresionista. Estos músicos contribuyeron, a través de los medios que tuvieron a su alcance en época tan temprana (principalmente la radio y el cabaret) a realzar los valores formales de la creación musical cubana de todos los tiempos y enmarcadas en las más variadas manifestaciones así como a abrir espacio a brotes novedosos surgidos entre los jóvenes como el llamado “feeling”. La historia de la radio cubana tiene en el desempeño de este músico la razón de ser de incontables episodios. Igualmente, los históricos conciertos que se ofrecían en los principales cines de La Habana, deben a su batuta y a su inspiración como arreglista buena parte del brillo que alcanzaron como respaldo a grandes intérpretes vocales cubanos y extranjeros. Su labor como director de la orquesta del Teatro Warner (hoy cine Yara) merece una acuciosa atención, teniendo en cuenta el relieve de los intérpretes que le confiaron sus repertorios así como  el prestigio que se desprendió de aquel empeño musical.

Fundador de la televisión, saluda la década de los cincuenta alternando sus responsabilidades como director musical en ese medio, con la atención al trabajo en directo, que tiene uno de sus puntos más relevantes  en la dirección de la orquesta del cabaret Montmartre, otro escenario de altísimo nivel en aquellos tiempos. Es a partir de esos años cuando los oídos atentos a cualquier acontecimiento que pudiera alumbrar el panorama de la canción asistieron a ese punto de giro que representó la irrupción, en el ambiente, de composiciones suyas como No puedo ser feliz, Profecía, Libre de pecado, No es posible querer tanto, Al fin amor, Te espero en la eternidad.

No se trataba, exactamente, de que aquellas canciones hubieran aflorado a la vez sino que, por esas cosas que tiene la vida, varios factores coincidieron a favor de la llegada, al mundo de nuestra música, de intérpretes capaces de asumirlas haciendo aflorar todos sus valores -letra y música–. No por gusto Bola de Nieve y el Cuarteto D’Aida -por citar sólo dos casos entre los cubanos, quedaron marcados para siempre, respectivamente, por No puedo ser feliz y Profecía. Algo similar ocurrió con la versión de Libre de pecado que Elena Burke incluyera en su primer disco. Las canciones de Guzmán aportaron un nuevo matiz en el repertorio de Esther Borja; la musicalización de algunos poemas de José Ángel Buesa por este compositor, produjo verdaderos ejemplos de correlación perfecta entre el texto y la música. Recordemos la versión a dúo de Así, verte de lejos, que las chilenas Sonia y Miriam dejaran registrada en uno de sus discos.

La década de los sesenta le vio desplegar, en una entrega sin límites, sus mayores esfuerzos a favor del desarrollo de los talentos musicales que afloran por dondequiera en nuestra tierra; por eso, solidario, se sumó a la labor de Cuca Rivero por generalizar el disfrute de este arte a través de la música coral. Inolvidable será aquel trío de colosos que luego integraran ambos junto con Esther Borja -sin dejar a un lado la labor del director Ernesto Casas-para regalarnos durante años, semana tras semana, un modelo de programa musical televisivo aún no superado: el Álbum de Cuba.

Una singular historia acerca de numerosos aspectos de la música cubana entre 1920 y 1970, podría desprenderse de un trabajo de investigación que tomara como brújula, en todos sus pormenores, la trayectoria de este gran músico nacido, no  de la nada sino del esfuerzo como virtud suprema, verdadera  e inseparable compañera.  Dulce y callado pero también enérgico. Ocurrente, más bien pensativo y amante del silencio aunque capaz de entregarse a un diálogo inefable sin límite de tiempo, una de esas personas que, dado el caso, saben poner el dedo en la llaga o hacer que todo el mundo rompa a reír. Famosas son las anécdotas que otros músicos como Guillermo Barreto, Sergio Vitier o el inmenso Maestro Félix Guerrero, sacaran a relucir en algún momento o, incluso, como ocurre con la entrevista que este músico concediera a Josefa Bracero y que aparece en el libro Rostros que se escuchan, dejaran grabadas en algún testimonio, acerca de ese don que Guzmán había traído al mundo y que comúnmente se conoce como “oído absoluto”. Reinaldo Henríquez, Doris de la Torre, Marta Justiniani o Lourdes Torres; toda persona que haya sentido su música o que haya gozado del privilegio de haberlo conocido, el suyo entre esos recuerdos que no van a borrarse nunca.

Almendares, 16  de mayo de 2010

Esther Borja interpreta “Siboney” con Adolfo Guzmán al piano en el programa Álbum de Cuba

Bola de Nieve intrepreta “No puedo ser feliz”, de Adolfo Guzmán

Se han publicado 2 comentarios



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  • Raúl dijo:

    Marta, ni pensar que no lei tu “Palabras” de este domingo dedicado a ese inmenso de la musica Cubana, Adolfo Guzman, que leccion de historia mas interesante.Atte Raúl del Sol.

  • Roberto Garcia "Musicuba" dijo:

    Su composicion No puedo ser feliz es muy conocida en Mexico.

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Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción “Palabras”. La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo “feeling”. Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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