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Hablemos de fútbol… y pelota (I)

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messi“Injértese en nuestras Repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas”. José Martí

No pocos aficionados a la pelota montan en cólera por la preferencia televisiva del fútbol, un deporte que nos fue ajeno durante muchísimos años, y otros desconocen los orígenes de sus diferentes modalidades. Mas debemos reconocer el esfuerzo para transmitir casi todos los deportes, una política que amplía la cultura deportiva del cubano.

En los últimos tiempos, a cualquier hora usted busca Tele Rebelde y ahí están los Messi, Cristiano y compañía, con sus virtudes y excentricidades; no jugadores del patio. Si un día nos levantáramos sin el prodigio de la imagen (ojalá nunca suceda) y se convocara a la misma hora desafíos de fútbol y pelota en La Habana, digamos Industriales vs Pinar del Río y los mismos conjuntos de balompié, prevalecerían las bolas y los strikes sobre los goles, pues la inmensa mayoría se iría (nos iríamos) al estadio. Algunos, a la cancha. ¿Un fenómeno mediático?

En mi niñez de Minas de Matahambre, que también la tuve, no se jugaba fútbol. Para practicar deportes estaba el estadio de pelota y una cancha de tennis en el Casino Americano, donde los estadounidenses arrendatarios y miembros del staff administrativo pasaban los ratos de ocio; un remedo de clubes aristocráticos. Los demás entretenimiento eran la valla de gallos y los prostíbulos.

Una vez convertido el Casino en Círculo Social, algunos muchachos fundamos el primer terreno para jugar baloncesto, el segundo deporte de conjunto en la preferencia del cubano; también se introdujo el voleibol. Los antiguos decían que tiempos atrás habían practicado balompié los rusos, españoles, checos, chinos, polacos, italianos, búlgaros, alemanes y demás nacionalidades llegadas al coto minero.

En una especie de inversión histórica, supe primero del fútbol americano, en la Saint Thomas Military Academy de 1959-1960. Después al que llamábamos soccer o simplemente balompié y, por último, el rugby, una variedad que muchos confunden con el americano, aunque este último tenga la influencia de aquel. Entre los tres tipos de fútbol hay diferencias sustanciales.

Es impreciso el origen del balompié, algunas fuentes lo adjudican, en formas rudimentarias, a los antiguos asiáticos, donde por entonces se destacaban China, la India y Egipto; también en el legendario Japón.

Más acá en el tiempo, parecen predecesores los romanos, con un juego al que llamaron harpastum, antecedente del rugby, que se desarrollaba en una cancha a la que denominaron aferesterium, con una pelota dura de cuero, y se permitía el uso de las manos. El calcio florentino, también de formas violentas, se considera otra de sus fuentes.

En el colegio de Rugby, localidad cercana a Londres, se puede leer una lápida junto al terre­no:

Esta piedra conmemora la acción de William Webb Ellis, quien infringiendo las reglas de juego de aquel tiempo, fue el primero que tomó el balón con las manos y corrió con él, originando el rasgo característico del juego de rugby. Año 1823.

La innovación radicaba en la regla esencial del juego tradicional, donde se podía parar el balón con la mano, pero no avanzar por el campo contrario si no se empujaba con el pie, por lo que se pateaba con fortaleza y se precipitaban los jugadores tras el balón, para provocar fuertes refriegas.

La versión anterior se acepta, casi universalmente, ya que tiene sus detractores en textos como Los deportes, publicado por la Librería Editorial Argos, S.A., Barcelona-1967. Allí se discrepa con la etapa de Webb Ellis en el cole­gio. De ser así, ya no sería alumno, o sencillamente existe una tergiversación cronológica.

Pero es incuestionable su origen en dicha institución y el papel que el clérigo-profesor Thomas Arnold (Inglaterra, 1795-1842), director del colegio de Rugby, debió asignarle a sus enseñanzas para alcanzar una escuela modelo a través de la organización de actividades deportivas. De la obra de Arnold bebió directamente Pierre de Freddy, barón de Coubertin, para fundar el Olimpismo Moderno. Arnold, en su colegio, había organizado y reglamentado las primeras doce disciplinas que se disputaron en los juegos fundadores de Atenas 1896.

No obstante sus virtudes de caballeros (gentleman), el rugby (que ha regresado a los Juegos de las Olimpiadas) no logró predominar sobre el soccer en los colegios y universidades, aunque conserva el estandarte de orgullo nacional, junto al cricket y otro juego británico llamado rounders, que servirían de fuente al béisbol en la costa este de los Estados Unidos. Hubo una fértil batalla rugby-soccer, donde se impuso este último, con atractiva base en el dribling. En aquel país surgirían las primeras federaciones deportivas.

Nace el fútbol actual, se estructuran las primeras federaciones de deportes específicos. Este entendimiento asociativo y de aglutinamiento sociológico del deporte, se extiende a otros países merced al poderoso influjo económico-espiritual y social de Inglaterra.[1]

La primera potencia económica, política y social de la época, debió jugar un papel importante para que el soccer se convirtiera en el más universal de los deportes. Se practicó en todos los colegios y universidades, con Cambridge a la cabeza, principal rival de Rugby.

Con un estricto sentido militar de ataque-defensa, su universalidad también podemos buscarla en la economía de recursos y las reglas de fácil acceso.

En el béisbol hay algo de ajedrez y en el fútbol hay mucho de guerra (estilo legión romana). Por otra parte, si las leyes del fútbol son sencillas (hay quien afirma que por eso es el deporte más comprendido en el mundo), las del béisbol obedecen a códigos y posibilidades que remiten a jurisprudencia.[2]

Aquel movimiento culminaría en la fundación de la Football Association, caracterizada por profundas contradicciones entre las reglas del dribling y el rugby, hasta que la mayoría aprobó las de Cambridge, el 26 de octubre de 1863, con la representación de algunos clubes de varias ciudades, reunidos en la mítica Freemason’s Ta­vern, de Londres.

Según algunos entendidos, el fútbol americano, una variante mucho más violenta del rugby, se jugó en la Isla de Cuba antes que el soccer, pero no prendió en la población, como lo hicieron el baloncesto y el voleibol a inicios del siglo XX, bajo la égida de la estadounidense Young Men’s Christian Association (Asociación de Jóvenes Cristianos).

Sobre el fútbol americano, José Martí dejó una dramática huella literaria:

Debajo de mis ventanas pasa ahora, en una ambulancia, en trozos unidos apenas por un resto de ánima, el capitán de uno de los bandos de jugadores de pelota de pies. Dicen que el juego ha sido cosa horrible. Era una pierna abierta, como en Roma. Luchaban, como Oxford y Cambridge en la Inglaterra, los dos colegios afamados: Yale y Princeton.[3]

Para esa época, la pelota había tomado fuerza en los Estados Unidos y un año después de creada la Federación de Fútbol Inglesa, llegarían a Cuba los primeros implementos beisboleros (1864), en las manos de los estudiantes Nemesio y Ernesto Guilló, así como Enrique Porto del Castillo, del Springhill College, cercano a Mobile, Estado de Alabama.

Este último, al parecer no se dedicó a la pelota como los hermanos Guilló, pero tampoco le fue ajena. Aparece registrado que el 22 de octubre de 1924, Porto lanzó la primera bola y dejó inaugurado el torneo de 1924-1925, de la Liga Profesional Cubana, en el Almendares Park II, cuando ejercía como Secretario de Sanidad; lo hizo en sustitución del presidente Alfredo Zayas, quien no pudo asistir por enfermedad.

Los mejores momentos del fútbol cubano (si así puede llamársele) se remontan a finales de la década del veinte y la del treinta del siglo XX. Por problemas internos y la crisis económica que estremeció al mundo, llegó a alcanzar una mayor audiencia que el béisbol y por un tiempo se jugó en horarios estelares del Estadio La Tropical, con algunos juegos de pelota profesional en horas de la mañana; no se competía con luminarias. Fue así como en la capital surgieron estadios para ese deporte.

La presencia de inmigrantes en La Habana, esencialmente españoles, determinó una diversificación del deporte al aire libre. Por eso, no fue casual que en 1928 se fundara el primer estadio para jugar fútbol con dimensiones modernas: el Campo Armada.[4]

En 1929 se había inaugurado La Tropical, y en 1930 el Campo Polar. Estos estadios no se circunscribirían a la pelota o el fútbol, pues en ellos se celebraron actividades competitivas, acrobáticas y sociales, como sucedió años después (1946), en el Gran Stadium de La Habana, hoy Latinoamericano y en otras tantas instalaciones del país.

La preferencia futbolística en la población poco abarcó extrafronteras; se había asimilado un deporte llegado (según documentos) cuarenta y tres años después que la pelota (1911). La gente iba al estadio para ver jugar fútbol a sus coterráneos junto a inmigrados, algunos de los cuales se convirtieron en figuras de raigambre popular, como sucedió con la pelota vasca.

Es bueno recordar que en la campaña de 1907, cuando algunos (con pobreza de documentos) afirman que llegó el fútbol por marinos ingleses, ese mismo año habían arribado diez peloteros norteamericanos a la Isla: 8 negros y 2 blancos, para jugar en la Liga Profesional Cubana; siete años antes se había proclamado una clarinada democrática con la entrada de jugadores criollos de color a esos torneos. Ambos hechos coincidieron con ocupaciones militares a la Isla por parte de los Estados Unidos, basadas en la Enmienda Platt.

El tema no está agotado; continuará.

 


[1] José María Cagigal: El deporte en la sociedad actual. Editorial Prensa Española. Madrid, 1975, p. 26.

[2] Iván de la Nuez: ¿Fútbol o béisbol? La Gaceta de Cuba. Unión de Escritores y Artistas de Cuba, No. 3, mayo-junio, 2015. La Habana, p.64.

[3] José Martí: Obras completas. Tomo 10, pp. 132-134. La Nación, Buenos Aires, 11 de enero de 1885.

[4] Santiago Prado Pérez de Peñamil: ¿Patrimonio cultural los antiguos estadios? Trabajadores, lunes 12 de mayo de 2014, p. 12.

Fútbol americano.

Fútbol americano.

Fútbol rugby.

Fútbol rugby.

 

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Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

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