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Los ruidos de la noche

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La línea Habana Santiago. Foto: Javier Montenegro

La línea Habana Santiago. Foto: Javier Montenegro

Viajar en tren es como hacer un poema, pero más emocionante. Como cometer un homicidio, pero menos morboso. E igual de atrevido que bailar una pieza desconocida, en un salón desconocido, con una pareja desconocida.

El tren arranca y uno ni siquiera se percata. De repente piensas que el mundo se está moviendo (aunque en verdad el mundo siempre se está moviendo), que alrededor las cosas se desplazan, que las casas de puntales altos y los edificios y el alumbrado público empiezan, levemente, a correrse de lugar. Quizás sea esto lo que siempre sucede, pero solo en un tren, en un tipo específico de tren, se develan los múltiples revestimientos de las fachadas, los ardides siniestros de las ciudades.

Son cerca de las nueve de la noche y el país, sigilosamente, se escurre bajo la línea ferroviaria del Habana-Santiago. Atravesar Cuba de una punta a otra, en los vagones del retroceso y la añoranza, toma poco menos de veinticuatro horas. Casi un día. Subes con un sol, o preferentemente con una luna, y bajas con otra. Nada de lo que durante ese tiempo ha ocurrido en el mundo te ha ocurrido a ti, porque tu viaje no es un viaje lineal, ni un viaje progresivo, ni un viaje, siquiera, con destino seguro. Tu viaje es, desde cualquier sentido, una anomalía, un no-viaje, el olvido inconsciente e instantáneo de los últimos sucesos. Algo que no se intuye desde el andén, aun cuando el andén de la vetusta terminal La Coubre sea mucho más concluyente y sombrío que el andén de Penélope o que el andén de una de las lejanas películas del oeste, esas en las que un vaquero sabio o justiciero toca para nadie su reluciente filarmónica.

Si en la vida moderna el avión es el transporte del deslumbramiento, y el auto el de la costumbre, el tren es, sin dudas, el transporte de la nostalgia. Pero no los metros que surcan las noches presurosas y frías del Primer Mundo, no, sino los trenes cubanos, que avanzan como si les costara, como si no quisieran, acompasadamente lentos, como si la fatalidad o los siglos o la pesantez de la madrugada insular detuvieran su marcha.

Cada país, pudiéramos decir, por más que se adelante o por más que le plantee duelo al maligno, tiene el transporte que la Historia le permite. De ahí que el Habana-Santiago haga minutos en estaciones perdidas, cerca de modestos parquecillos de provincia o de cuatro casas cuyo único suceso es el paso curioso, a una hora precisa, de cientos de rostros desconocidos. Que violan, con comentarios impertinentes y saludos groseros, la intimidad de bateyes, terminales, municipios.

Escena que en el apretado calendario de un día se reproduce innumerables veces. Lo cual levanta, al cabo, una sospecha tenaz. Que hemos empezado a repetirnos y a perder, como corresponde, el sentido del espacio, o que en Cuba los pueblos y sus rutas son siempre las mismas. Si así fuera, no habría que preocuparse por viajar pues no habría lugar al que llegar y el transporte ferroviario sería, por así decirlo, una impostura. La brújula de la razón, entonces, se trastocaría, y puede que en algún momento, de tantos meridianos, quedara detenida o que arrancara de golpe y nos dejara, soñolientos y exhaustos, en la hora y la misa equivocada.

Yo, por ejemplo, noté que cada luz perdida en la distancia denotaba la misma intensidad y que cada alarido de la locomotora no era otra cosa que los alaridos que de niño me despertaban y que hacían que del espanto me apretara entre las sábanas porque allá, a lo lejos, en ese trayecto, podía transcurrir otro tiempo, una secuencia paralela en la que yo, al igual que ahora, estuviese viajando y fuera un hombre mayor o lo definitivamente viejo como para recordarme de muchacho y sentir una apretazón por esa inocencia que ya no volverá pues la verdad que en aquel tiempo yo no recordaba ni suponía nada y solo ahora vengo a reparar en la emoción, el morbo y el atrevimiento que contiene un tren y en que bajo ningún concepto debe uno asomarse a las ventanillas pues desde la ventanilla y por la confusión del viento y la neblina uno deja de saber de qué lado del viaje se encuentra si adentro o si afuera y de qué lado es que va llegando el deslizamiento metálico de las ruedas sobre las líneas y también reparé, anestesiado de miedo, antes, ahora y después, una certeza que me va a acompañar siempre, en que faltaban más de doce horas, en la fragilidad de lo real, y en los ruidos que nos van devorando mientras parten el presente y ascienden solícitos en la concordia de la noche.

(Tomado de Crónicas Obscenas)

Se han publicado 8 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • annerys dijo:

    Qué clase de cronistas eres Carlos Manuel, muchos de los que se autotitulan cronistas deberían imitarte.

  • Amauris Domínguez Meriño dijo:

    El misterio pegajoso del viaje en tren muy bien resumido por ti.
    Bien, bien.

  • liu dijo:

    Qué lindo!! cómo se aprende a escribir asi eh?? jajaja, es broma..
    Dios quiera y el sistema ferroviario cubano sea renovado completamente, pq todos los trenes tienen cucarachas y tremenda mala pinta… el que un poquitico se salva es el especial, que me encantó viajar en él, pero igual, hay que renovar, igual tiene cucarachas… Y el día que lo hagan por favor, que el costo del pasaje no se asemeje a Astro y Cubana de Aviación… que aquí en Cuba, habemos muchos “humildes” todavía…

  • Ernesto M. dijo:

    Excelente esta crónica como las anteriores, que siempre nos obliga a buscar en nuestros recuerdos imágenes similares

  • LRAnisimenko dijo:

    Me alegra leer este artículo, mas bién diria un poema en prosa muy bien elaborado y con la sencilléz de quien siente amor por lo que le rodea y experimenta…
    Felicidades Carlos Manuel…
    Si en un momento te cuestioné por un articulo, hoy te felicito en verdad porque sacaste a relucir lo que en verdad sientes, algo buscado pero sencillo, modesto y sentimental…
    Artículos así llegan y aunque alguien pueda no estar de acuerdo sencillamente respetan el criterio de quien sintió placer y encontró belleza en algo que muchos que hemos viajado en tren largos o cortos tramos, no tenemos tiempo de percibirlo… hace pensar en esas pequeñas cosas que dejamos pasar inadvertidas y a la vez desapercibidos de que están ahí o que existen o simplemente que sentimos…
    Nuevamente ¨Felicidades¨ por este artículo… Yo en lo personal detexto los trenes, he viajado poco en ellos porque los evito… pero respeto ese criterio y me adiciono a tu pensar…
    … Acabaste.!!! lo reconozco, te perdono lo de Adele…

  • brandys cabrera dijo:

    La cronica esta muy bonita y pudiera ser buena si el sistema de trenes nuestros fuera mediocremente eficiente y digo mediocre para que por lo menos el atraso no sobrepase las 3 horas algo bastante normal aca.

    A mi me resulta chocante y cuestionable, el gatso en omnibus tan grande cuando el tren es mas eficiente a pesar de que la inversion quizas sea mayor pero a la larga no hay discusión, viajar en tren en cuba es una odisea de la habana a pinar mas de 6 horas en apenas 187 km,

    Fuimos el primer pais de america y antes que españa en tener tren, en america fuimos el 2, que clase de orgullo ese verdad?, ah si!! pero eso fue hace ahorita 500 años, ahora no se puede ni mentar, que lo estan tratando de arreglar ojala se logre y que el pasaje no sea tan caro como astro o avion.

    Un expreso cuba desde pinar hasta lo ultimo de oriente con paradas en provincias en condiciones de vialidad buenas es mucho mas rapido que las guaguas de astro por nuestra carretera central construida en los años 30 del pasado siglo.

  • JUAN dijo:

    me alegra este comentario, hace mucho que no se leia cosa igual,ojala que sea escuchado por alguien y fundamentalmente los precios no sea que los humildes como dice el compañero tengamos que viajar a pie. saludos

  • hector dijo:

    Carlos, soy de los que te han criticado en ocasiones anteriores por no mantener relación entre el título y el contenido y por divagar tanto que no se logra adivinar el objetivo de la crónica, tambien por enrevesar tanto tu opinión que al final el lector se queda sin saber si estás a favor o en contra, sin embargo también te he dicho que tienes madera de escritor, hoy por fin leo un trabajo tuyo que me satisface a plenitud. Cada escritor tiene su estilo y el tuyo está muy bien definido, tienes una prosa muy fluida y atractiva, si la pones en función de hacer llegar tu mensaje a todos vas a llegar a donde quieras. Felicidades.

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Carlos Manuel Álvarez

Matanzas, 1989. Periodista y colaborador de Cubadebate.

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