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Enfrentarse a una reparación doméstica por estos tiempos es un reto a la decencia y, a veces, hasta a la cordura. No por gusto el nieto de mi amiga, al verla llorando a lágrima viva mientras una tubería de su patio echaba agua como indetenible surtidor, trató de consolarla desde la inteligencia de sus cinco años: “Abuela, no llores más, cuando yo sea grande voy a ser arregla-tuberías”.