Aunque comprensible, no deja de resultar sorpresivo el afán de Trump y sus adláteres de resucitar algo que él mismo decretó como fallecido: el comunismo. En días recientes y en más de una ocasión, el presidente de Estados Unidos y en general diferentes voceros del sistema político estadounidense han hecho mención del tema.
La cobertura de los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe no pudo comenzar mejor. Bien mojado, con emociones hasta los últimos segundos y un grito de Cuba más otra palabrota imposible de escribir cuando se concretó la victoria del equipo cubano de polo acuático sobre Venezuela (15-14) en cuartos de final.
Cuestionado de todos lados por su discurso en la Cumbre "antiterrorista" que se inventó en Washington la pasada semana, lleno de ambigüedades y falto de pruebas, Marco Rubio y su Departamento de Estado se han bajado este lunes con un bodrio peor para intentar mostrar por qué Cuba es la capital del "siniestro comunismo" que amenaza a Estados Unidos.
La obsesión de Estados Unidos por obstruir los esfuerzos y cambios que puedan conducir a nivel global a un mundo mejor, evoca los tiempos en que la humanidad estaba atrapada entre el oscurantismo medieval y el irracionalismo filosófico que se afianza ulteriormente, conformando raseros ideológicos que alimentaban visiones y prácticas regresivas.
Al inaugurar la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político, retrotrajo el presente a la era del comunismo hirsuto, el macartismo y la guerra fría. Con una retórica plagada de falsedades, basada en hechos descontextualizados y cifras sin verificar, convirtió a lo que llamó “izquierda radical” en un “enemigo” esencialmente violento y ajeno a la “civilización occidental”.
“Cree el ladrón que todos son de su condición”. Nada más acertado para caracterizar el informe del Departamento de Estado contra Cuba, promovido por uno de los funcionarios más corruptos de la actual administración, de probados nexos con narcotraficantes y terroristas de la Florida.
Sigo intentando salvarme con la cultura, que si no sana, al menos anestesia, y nos permite escapar por momentos de la desbordante angustia que rodea a los cubanos que residimos en Cuba. La Sala Teatro Hubert de Blanck sigue presentando obras conocidas por los de mi generación y que los jóvenes de hoy no han disfrutado.
Teherán ya ha ganado la cuestión central de la guerra: el estrecho de Ormuz. Eso nunca tuvo que ver con el expediente nuclear. Washington tendrá que aceptar esta realidad. Bueno, eso será casi imposible. Los escenarios que se avecinan parecen sombríos. “Desescalada controlada” parece ahora un espejismo en el desierto.