Artículos de Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga
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Hijo de cubanos, logró elevar el béisbol de la Isla, allende los mares. Empresario exitoso, manager y excelente promotor, llegó a ostentar la Vice Presidencia de la Liga Nacional Negra. Hombre de negocios, fuera del béisbol también se ocupó de ellos, como la distribución y venta de tabacos y cigarrillos en el downtown de Manhattan, heredada la vocación del padre, desde su ciudad natal.
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Aquel herrero de la Perla del Sur, que atacaba los metales con fiereza, ha sido uno de los más grandes jugadores cubanos de cualquier época. Incapaz de regalar sonrisas insípidas ni desplazarse con la majestuosidad natural y la elegancia de Martín Dihigo, el acendrado azul añil de Méndez, o la descuidada figura de Bombín Pedroso, llegó a la pelota con la fuerza indiscutible del rudo oficio, cual mineros que rompen rocas en las profundidades de la tierra.
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Raymundo Gavilán, quien solo a algunos respondía por Gavi, nació en 1922, en Pilotos, Consolación del Sur, y falleció a inicios del siglo XXI, en un hospital de La Habana. Lo recuerdo sin medias tintas ni ambages. Crecí con sus proezas, oídas de muchas voces. No lo vi jugar, pues se destacó cuando yo no existía. De todas formas, quiero rescatar del posible olvido a una figura emblemática, un estelarísimo en las décadas del treinta y el cuarenta del siglo XX, en la pelota popular, la semiprofesional y también en la rentada.
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Ninguno como él para echarse encima a todo un pueblo, incluidos los rivales. Para muchos fue el mejor, aunque otros exhiban resultados superiores. Su huella se mantiene incólume de generación en generación, para alimentar un mito que, con el tiempo, se convertirá en leyenda. Sucede con los grandes, que logran “colarse” en las profundidades de las almas de sus coterráneos.
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El jugador no lo entendió y se quejó a la directiva del equipo de Grandes Ligas. ¿Cómo podía pasar en Cuba, lo mismo que en los Estados Unidos? Si aquí jugaban los negros desde 1900 y sus compatriotas a partir de 1907. No entendía que una cosa era el espectáculo rentable del béisbol, que sin los de su piel perdería el incentivo, y otras las condiciones sociales de un país también segregado, aunque a un nivel menos descarnado. No olvidar que en la Unión Atlética de Amateurs de Cuba, se mantenía el apartheid en los deportes, incluida la pelota.
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No está en la galería eterna de los grandes del béisbol cubano, ni siquiera dejó récords para la historia, pero es imposible escribir el andar del béisbol vueltabajero sin su nombre, porque fue una de esas semillas que germinan hacia la eternidad, insertadas en el corazón de centenares de jugadores y miles de aficionados. Todo en él fue creación, así lo recordaremos.
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Fidel Linares Rodríguez había nacido en Galafre, el 24 de abril de 1931, en el municipio de San Juan y Martínez, Pinar del Río, y falleció el 9 de noviembre de 1999. A los siete u ocho años la familia se mudó para la finca La Recompensa. No pudo tener una niñez más humilde, desde temprano tuvo que ganarse el pan para vivir. Una cosa lo absorbió: la pasión por el béisbol.
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Su mirada iba más allá del horizonte, y en ella se dibujaba un rostro de nobleza, hidalguía y, sobre todo, el apego al terruño que lo vio nacer. Montones de arrobas beisboleras arrullaban su cuerpo y él, cual simple mortal, recorría las calles de New York, Matanzas o la capital, con la efigie natural de pelotero bueno que lo acompañó desde los años mozos, hasta la ternura de nietos e hijos en las piernas.
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Hace algún tiempo, un gigante era aquel que medía seis pies o un poquito más. Por encima de esa cifra, era un cíclope, al estilo de aquel que Ulises redujo con su inteligencia en el regreso a Ítaca. Hasta en los equipos de baloncesto se veían jugadores con escasa estatura, como Raúl García, un extraclase con el balón en la mano, que no sobrepasaba con holgura los seis pies. Y para nosotros era un gigante, quizás por la maestría que lo desbordó.
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Cuando se juega por placer la pelota entra en la sangre para no salir más y se convierte en una necesidad. Y como oficio también suele interiorizarse, por la carga de obligaciones que arrastra: dedicación plena, el hedonismo deportivo al extremo de sentir placer por el sacrificio y lo que es peor, las desgarraduras que puede acarrear la competencia entre los hombres por la subsistencia.
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Algunos ilusos piensan que en las riendas de organizaciones tan rentables como las deportivas, hay átomos de independencia. Y es ahí donde yerran. La buena fe suele chocar contra los intereses y, en mayor medida en este caso, con la política. Los directivos de la Confederación de Béisbol Profesional del Caribe, no nos cabe duda, han obrado con transparencia y buena fe en función de la calidad de nuestra pelota. Mas están atados de pies y manos. Sigue sobre ellos el estigma del Gigante de las Siete Leguas.
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En corto tiempo nuestro hombre se convirtió en uno de los mejores del país, con velocidad aterradora, bien por encima de las 90 millas, y una slider sobre las 85, tirados ambos lanzamientos por encima del brazo y de costalazo. También dominó las curvas en sus diferentes variantes. Cuando venía con control, Julio era punto menos que imbateable. Agréguele que siempre le acompañó una inteligencia bien cultivada; un pitcher de altísimo nivel.
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