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Mi hermana y la difteria

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Mi hermana mayor, no había cumplido los cinco años. Eran tiempos difíciles, cuando se comía no se almorzaba y algunas veces se “volaban” ambos turnos. No había con qué prender el fogón.

Yeya comenzó a presentar una situación rara, le apestaba la boca y había algunas cosas que no eran usuales. Vino un médico y la vio, dijo que no era nada grave, que con un pequeño reposo bastaba. Mamá cargó con ella para casa de mi abuela; allá en la finquita se podía pasar mejor, había más posibilidades. Esto ocurría en 1932, un año antes de la caída de Machado.

Después de unos días, aparentemente había mejorado, pero de pronto empezó a enredársele la lengua y a dar tumbos. Cuando caminaba se iba de lado. Se llegó a la conclusión que había que llevarla al médico nuevamente. Mi mamá, haciendo un gran esfuerzo la llevó al Hospital Reina Mercedes. Este hospital estaba entonces en el lugar que ocupa hoy el Coppelia.

Hospital Reina Mercedes, en la esquina de L y 23, en el Vedado.

Hospital Reina Mercedes, en la esquina de L y 23, en el Vedado.

El médico determinó que Yeya tenía difteria y que se precisaba tomar medidas urgentes. Con su receta, mi mamá retornó al pueblo, pues era necesario encontrar la forma de salvarla y se había perdido mucho tiempo ya. Por el camino, mamá venía pensando en el puerquito que estaba criando para ocasiones como estas. Al llegar al pueblo supo que mi papá pudo vender el marrano en unos pocos pesos, para que los demás pudieran comer en esos días de hambruna. Toda su ilusión se fue a pique, y era imperativo buscar la forma de resolver aquella difícil situación. La niña se moría.

Mi abuelo, que tenía amistad con el alcalde del Municipio -un tal Pepín Fariñas- fue a verlo y este, teniendo en cuenta la calidad de trabajador que era mi abuelo, además por los servicios prestados a la administración municipal, le dio un vale para que fuera a la botica de la Calle Real y pudiera obtener las medicinas. Fue así como se salvó mi hermana Yeya.

Pero nunca hubo ni cumpleaños ni fotos

A todos los niños les gusta que le piquen un cake cuando llega el día de su cumpleaños, por lo menos cuando ya comienzan a tener razón. El soplido de las velitas, la piñata, los caramelos, los refrescos y las fotos tampoco deben faltar. En mi pueblo esto no era así… a mi nunca me celebraron un cumpleaños, ni me compraron un cake, ni me colgaron una piñata con caramelos, ni soplé una vela, ni me retrataron. La única imagen que tengo de mi niñez es la que me da mi madre y los más viejos que me conocían.

La primera foto mía fue en un colectivo de mi aula al fin de un curso, sería a los 9 o 10 años. Esa foto no llegó a mis manos. Todavía estoy tratando de conseguirla. La vi una vez en la casa de los galleguitos carboneros de mi pueblo. Otras fotos fueron a los 13 o 14 años, de esas de cajón.

Fue sólo cuando cumplí los 20 años, cuando ya ganaba 64 pesos al mes, que me auto celebré el primer cumpleaños. Desde luego que no hubo cake ni caramelos, ni refrescos, el plato fue el típico: arroz con pollo y cerveza. Me lo gasté todo, invité a todos mis compañeros de trabajo y mi familia. Se tiraron unas fotos… por ahí andan…

Imagen de la primera celebración de mi cumpleaños. (El autor marcado con la flecha).

Imagen de la primera celebración de mi cumpleaños. Soy el primero, a la derecha.

Nunca he podido olvidar el día que cumplí 15 años. Había acabado de pasar el famoso ciclón del 44 y ni luz eléctrica había en mi pueblo. Postes y árboles andaban por el suelo; desde luego que de todas formas no me lo iban a celebrar, no había con qué.

Daños ocasionados en construcciones por el huracán de 1944 en Ciudad de La Habana (Tomado de la revista Bohemia. Año 36. Nro. 39. Octubre de 1944)

Daños ocasionados en construcciones por el huracán de 1944. Tomado de la revista Bohemia. Año 36. Nro. 39. Octubre de 1944.

En aquellos tiempos yo no podía entender algunas cosas. Se repetía lo del Día de los Reyes, y los hijos de los Gómez y los Mendoza, al igual que recibían muchos juguetes en aquellos esperados días de Melchor, Gaspar y Baltazar, o los días que cumplían años, no sólo había fiestas para ellos, sino regalos muy bonitos.

Recuerdo que los hijos de estas familias, esos días se vestían muy elegantes y por la tarde mucho confeti y serpentina, gorritos de pico, piñatas grandes y mucho Happy Birthday, que cantaban otros niños que venían de los repartos de alcurnia de La Habana en máquinas lustrosas. Creo que por estas cosas que me pasaron y que era lo que sucedía a todos mis compinches del barrio, es lo que me hizo hacer después, cuando vinieron mis hijos, que a ellos no les sucediera lo mismo.

Se han publicado 2 comentarios



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  • yamilka Igarza Chacón dijo:

    Es bueno conocer siempre un poquito más de nuestra historia, pues las personas como yo que nacieron en cuna de oro, y utilizo esta metáfora porque solo he vivido los años de Revolución, no tenemos idea de lo que antes ocurría(sin Revolución). Esto nos permite ser concientes de que el sistema social nuestro lo debemospreservar a toda costa.

  • Mario dijo:

    Excelente anécdota. Esto es un repris que hace pensar de lo que aun pasa en muchos países, principalmente en Latinoamérica, y de los grandes hombres y mujeres, como en Cuba, que un día decidieron darle vuelta a la cuestión.

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Pedro Urra Medina

Pedro Urra Medina

Nació en 1929. Es historiador y columnista de Cubadebate.

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