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La estancia en New York

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La primera noche en la casa del pariente, después de conocer a su esposa, que era una mulata puertorriqueña, muy buena gente, pero de baja cultura, joven, no muy bonita, y a su niño pequeño, salimos a dar el primer recorrido por los alrededores; yo estaba ávido por conocer, por ver aquello de lo que tanto había oído hablar. Ya hablaba inglés desde hacía algunos años y esto me permitía desenvolverme mejor.

Como todos conocen, la ciudad de New York, está situada sobre la Isla de Manhattan. Es una larga y estrecha franja que está comprimida entre los ríos Hudson y Harlem, ambos desembocan en el Atlántico. Nunca había visitado una ciudad como aquella… miles y decenas de miles de personas en la calle. Si uno se descuida lo meten cargado para el Metro. Todo está que lo envuelva a usted aquella ola humana. Aquel tren subterráneo -que también veía por primera vez-
me impresionó. Corría a altas velocidades y cuando uno venía a ver, ya había llegado. Las primeras peripecias las hice casi todo el tiempo prendido a la camisa del pariente, temía perderme. A los dos o tres días solté los ariques y después de ir hasta New Jersey en el Ford -para lo cual tuvimos que montar en una especie de patana que trasladaba los automóviles hasta el otro lado de Hudson- era la segunda vez que pasaba sobre aquel ancho rio; la primera fue el día de la llegada, pero por el puente.

Patana cruzando el rio Hudson hacia New Jersey. Frente a mi estaba la. Estatua de la Libertad.

Patana cruzando el rio Hudson hacia New Jersey. Frente a mi estaba la Estatua de la Libertad.

Sobre aquella embarcación corría alguna brisa. En aquellos días la temperatura allí había roto los records históricos. El aire que entraba por la ventanilla del auto parecía fuego. Al sentirme algo mejor, aproveché para mirar hacia todas direcciones; habían barcos enormes con todo tipo de banderas. Allí a la izquierda, ahora cerquita, tenía delante la Estatua de la “Libertad”, que inicialmente se le llamó “La Libertad iluminando al mundo.” ¡Que ironía!…

Alguien de los que iba en la patana me indicó hacia la corona de aquella enorme mujer y dijo: “Desde allí uno puede ver toda la ciudad, y si quiere puede subir”. No contesté nada, pero al mirar bien comprendí que aquella elevación me iba a provocar la cosquilla en el estómago que me daba cada vez que subía una altura… incluso no tanto como aquella, y dije para mi interior: “pa´ su escopeta, allí no se me perdió nada…”

Estando en New Jersey descubrí cual era el oficio del pariente. Este, con su pisicorre se dedicaba a trasladar algunos paquetes de mercancías pequeñas que sacaba de los muelles y por lo que le pagaban muy poca cosa; él no tenía trabajo fijo, ni oficio, sólo aquellas pequeñas entradas y lo que podía rapiñar la mujer en la factoría donde pegaba broches y botones a la ropa.

De New Jersey regresé sólo hacia la casa; primero pasé de nuevo el río en un ómnibus que atravesó un túnel muy largo por debajo de aquella masa de agua. Me detuve en el centro de la ciudad, pasé la 5ta avenida y por esas casualidades de la vida, cosa que no podía imaginar, cuando llegué al primer paseo en el centro de aquella ancha mole de asfalto, desde la orilla de la esquina que había dejado, escuché la voz de una mujer que me llamaba por mi nombre. Resultó ser una amiga común de mi primo y mía. Por esta experiencia y otras muchas vividas antes y después, llegué a la conclusión de que debajo del sol no podía haber nada oculto.

En una de aquellas calles me encontré con aquel edificio que habíamos visto desde el puente cuando entramos aquella mañana. Tenía 102 pisos, era el más alto del mundo. Me paré exactamente frente a su entrada principal, alcé la vista y pasé tremendo susto. Veía que aquel gigante se caía sobre mí, no tenía la menor duda que se estaba moviendo, allá en el cielo, en el pedacito que podía ver, las nubes corrían a gran velocidad. A mi lado una dama le pedía al esposo que la llevara a la azotea del Empire State. Se lo rogaba, pero el hombre le daba excusas e inventaba pretextos. No tengo dudas que padecía igual que yo, de aquellos vértigos que sentía cuando me subía a una mata de mangos y miraba hacia abajo. Se volvió a perder una oportunidad para ver la gran ciudad, pero no me arrepiento.

Con la dirección que llevaba de un turista que había conocido en la Habana, me decidí a visitarlo, él me lo había pedido. Lo encontré allá arriba en el edificio donde trabajaba; era el piso 18. Desde su oficina me llené de valor y miré hacia afuera y hacia abajo y se me enfrió todo el cuerpo, pues allá abajo los automóviles parecían pequeños juguetes. No se veía mucho más, pues aquel edificio era dentro de aquella urbe como un árbol recién sembrado en un alto bosque. El hombre era negro, de unos 40 años, atlético, de cerca de 6 pies de estatura.

Cuando se quitó el saco vi una funda que llevaba debajo del sobaco donde portaba una pistola. Era detective privado. Me invitó para que aquella noche fuera a su casa para ver a su esposa, a quien ya conocía. Me prometió una sorpresa de arte culinario de su mujer, y me dijo que invitaría a otro cubano que vivía en New York desde hacía años, que se desempeñaba como boxeador y era bastante conocido: Zulueta. Llegó a pelear por el campeonato mundial. Este iría también con su esposa.

Al otro día, mi nuevo amigo cubano me invitó para cuando terminara su horario laboral, llegar hasta el barrio de Harlem, donde tenía una tienda de ventas de licor por botellas. Caminamos varias cuadras y parece que todos notaban la presencia del forastero, pues nos miraban con cara de pocos amigos; allí todos eran negros, pues se trataba de un barrio exclusivo para negros.

Por la noche, con lo mejor que traje de vestuario conmigo de La Habana, monté en el carro del boxeador que me recogió en casa de mi pariente. El detective vivía en un barrio exclusivo. El césped todo recortado y los árboles no muy altos extendían sus frondosas ramas, para dar más esplendor al paisaje. Era un barrio donde el único negro era mi amigo; así me dijo. Ya en la casa saludé a la esposa y hablamos de la vez que nos vimos en Cuba. Ella llevaba un delantal de flores azules muy bonito, y me dijo que había preparado algo especial. Se trataba de una comida italiana, muy de moda entonces; pero por más que he tratado, no he vuelto a acordarme qué plato era.

Cuando todo estaba listo, nos sentamos a la mesa los dos anfitriones y los tres invitados. El hombre me preguntó qué deseaba tomar, al igual que hizo con Zulueta, quien pidió whisky “White Label”. Pensé para mí: mejor pido algo conocido para no tener que arrepentirme después y dije decidido: “cognac”. Me pusieron delante una botella de Napoleón y una copa barrigona, con el borde dorado algo más estrecho, que el anfitrión golpeó con su dedo índice y aquello sonó como una campanilla. Serví el primer trago y la cara casi completa entraba en la copa. Me sugirieron que sostuviera el fondo de la copa con la palma de la mano y moviera el cognac lentamente, decían que así se calentaba.

Después de la cena vimos películas que ellos habían tomado en su viaje al África y además bailamos música cubana con los discos que trajo la esposa del boxeador. Cuando todo terminó regresé con el cubano al centro de la ciudad, con la poca capacidad que me quedaba para pensar, medité acerca de lo que había visto y llegué a la conclusión de que nuestro anfitrión era una excepción dentro de aquella sociedad.

Cuando pasaron 6 ó 7 días ya yo salía a todas partes. Notre Dame, enorme iglesia que me recordó la de mi pueblo, aunque dentro de esta podían meterse 4 o 5 como aquella que era mi orgullo. El Yanqui Stadium, donde casualmente jugaron ese día las antiguas estrellas del béisbol. Allí sobre el terreno vi a mi ídolo Joe Dimagio y su hermano Dominique, a Phil Rizzutto, Yogy Berra, Tommy Henry y otros. Ese día los yanquis jugaban con el Filadelfia. En este último equipo estaba un cubano, que todos los viejos recuerdan, Bob Estalella, le decían Tarzán Estalella, por lo ancho de sus espaldas y el grueso de sus brazos. Era más bien pequeño, de piernas zambas. Cuando chocaba la bola, la botaba. Ese día se ponchó 3 veces contra Ally Reynolds.

Después de 15 días en aquella ciudad, donde comprendí por qu´w a los edificios muy altos le llamaban rascacielos, comencé a añorar mi terruño… Todo era majestuoso en el norte, pero le faltaba algo. Creo que era aquello que yo encontraba en mi pueblo, aquel calor que brotaba de la gente humilde. Allí todos andaban en lo suyo. Uno de los últimos días de la estancia en New York, hice una visita al barrio latino a visitar a una coterránea a la que un amigo mío le enviaba saludos. El Barrio, como es conocido, era mucho más humilde que la zona comercial, la industrial y la residencial donde vivían el detective y otros que podían hacerlo.

Cuando la cubana abrió la puerta al toque del timbre, ésta quedó semi-abierta, pues entre el marco y esta había una cadenita que le llamaban de seguridad. Al preguntarle para qué era aquello, dijo de inmediato: “Para los ladrones y asaltantes”. Después de la identificación necesaria y saber ella que le traía noticias de Cuba, abrió. La casa, es decir, el apartamento era muy humilde, aunque lo mantenía limpio. Llevaba allí unos diez años y al igual que el americano que vino de Cuba junto conmigo, ellos andaban con una mano atrás y otra delante. En ese barrio estaban por lo general puertorriqueños y cubanos. En la gran New York parece que todos vivían segregados, los negros en un barrio, los latinos en otro, los judíos y los italianos por acá, los poderosos por allá…

Al hablarle de los suyos allá en Cubita la bella y llenársele los ojos de lágrimas, me ofreció una tacita de café y ahí entre sorbo y sorbo me contó muchas cosas. Me dijo que su marido trabajaba de ayudante de un camión de carga, y ella en una factoría cociendo pantalones, que lo que ganaban daba sólo para subsistir, aunque el sueldo parecía bastante. Por aquel apartamento pagaban 100 dólares. Todo era caro, y si acaso se le enfermaba uno de los dos hijos pequeños que tenían, había que empeñarlo cualquier cosa, pues allí cobraban hasta por reírse. Me dijo también que vivía muy asustada, siempre encerrados, que en los parques no se podía ir de noche porque corría el riesgo de que la asaltaran o que la violaran… eso era ya a finales del 1951.

Casi al abandonar New York alguien me preguntó: ¿Ya fuiste al Radio City Hall? ¿Qué es eso?, pregunté: “Un teatro fenomenal, no te lo pierdas”. Pregunté cómo se llegaba allá y salí a tomar el Metro. Llegue rápidamente, no recuerdo mas nada que el momento en que me conducía la acomodadora hacia la fila donde debía sentarme, en ese trayecto escuché una música que me era conocida. Miré hacia el escenario allí vi un hombre que tocaba una guitarra. Estaba sentado en el centro del escenario en una silla, me concentre y descubrí que era el concierto de Aranjuez. Yo estaba en la parte alta del teatro, veía la escena muy distante. Alguien me dijo: era el concertista era Andrés Segovia. Uno de los guitarristas más virtuosos del mundo, todas las piezas que interpretó me eran conocidas.

Posteriormente aparecieron Las Rockets, extraordinario conjunto de baile coordinado. Unas 30 ó 40 mujeres. Todas me lucían iguales por su vestimenta y color del pelo; bello espectáculo. En el intermedio, una bella y exquisita música sonó interpretada por un órgano. La función fue algo de lo bueno que me dejó mi corto viaje a Estados Unidos.

El día que iba a regresar de New York, antes de irme fui a ver al americano que había regresado de Cuba, después de dejar allá más de 30 años de su vida. Me dijo que los trabajos estaban “de madre”, que le habían ofrecido una plaza de auxiliar en una lavandería que había en un hospital que estaba cerca de la casa.

El viaje de regreso lo hice solo en un ómnibus, de la Grey Hound. Esta empresa tenía rutas para todos los Estados Unidos, sus estaciones y las carreteras principales. Allí además del servi-auto de gasolina, tenían sus restaurantes y otros servicios. Realmente, el paisaje que se veía por aquella ventanilla panorámica era hermoso; las carreteras limpias y bellos pinares a los lados de las carreteras. En la primera madrugada, siendo alrededor de las tres de la madrugada, pasé por Washington, y vi a mano derecha, a unos cien metros el majestuoso Capitolio. Todo era quietud, silencio.

En la ciudad de Jacksonville hice un cambio de ómnibus; era también por la madrugada. La estación estaba casi desierta, y de pronto apareció una mulata con la cintura muy apretada, con bermudas puestas y unas sandalias. Se movía como una batidora. Cualquiera hubiese dicho que era una de las Criollitas de Wilson. Iba de espaldas. Al llegar a un estante de periódicos se detuvo y giró a la izquierda, ¡qué chasco!… ¡Qué decepción, qué risa… era un travesti!

En esa estación, por coincidencias de la vida, se unió en el viaje una cubana que regresaba a la Isla a ver a su familia. Iba de vacaciones o a ver a un pariente enfermo, no recuerdo bien. Llevaba con ella a su hija de unos 8 o 9 años, ambas eran mulatas. Parece que de vivir varios años alejada del sol de Cuba, su piel era completamente blanca, sólo se notaba su descendencia africana en los rizos de su pelo. Era joven y bonita, de gestos finos y dulces, mas bien delgada; la niña tenía trenzas. De Jacksonville a la Florida viajamos en asientos cercanos, y conversábamos de vez en cuando.

En una de las estaciones, donde el ómnibus llenaba su barriga de gasolina y descendía alguien o montaban otros, bajamos para comer algo. El restaurante principal estaba en la parte del frente de la Estación, pero allí se prohibía la entrada a aquella mujer y a su niña. Yo que pasaba por blanco, creo que por mi pelo lacio, porque mi piel era mucho más oscura que la de ellas, decidí acompañarlas.

El portero le indicó hacia un cartelito que estaba al fondo del edificio por el lado derecho, que decía “solo para negros”.

Un cartelito que decía “solo para negros”.

Un cartelito que decía “solo para negros”.

En Miami nos despedimos; ella tomaría por una vía y yo por otra hacia Cuba. En la espera del ómnibus que me conduciría a Cayo Hueso para tomar el Ferry de regreso a la Habana, aproveché para dar una pequeña vuelta y parece que tendría que encontrarme con algo que me diera una despedida imborrable de aquel país.

El ómnibus iba lleno al fondo con varias personas de pie y la mayoría de los asientos en la parte delantera se encontraban vacíos…

El ómnibus iba lleno al fondo con varias personas de pie y la mayoría de los asientos en la parte delantera se encontraban vacíos…

Tomé el ómnibus local para ir al Parque de las Palomas y cual no sería mi asombro al ver que el ómnibus iba lleno al fondo con varias personas de pie y la mayoría de los asientos en la parte delantera se encontraban vacíos… Por fin pude enterarme de lo que pasaba. En uno de los asientos después de la puerta del medio había un cartelito que decía con una flecha indicando hacia atrás: “For color people” (Para negros). Al otro día por la mañana monté en el Ferry en Key West, después de recorrer de regreso los 175 kilómetros que unen a Miami con Cayo Hueso, y volver a pasar por todos aquellos puentes que unen los cayuelos, incluido aquel de 12 millas.

El viaje en el barco fue mas tranquilo, regresé con diez libras de más y con la decisión de no tomar una vez más en mi vida una pastilla para los nervios. Desde entonces no lo he hecho, a pesar de los años…

Se han publicado 8 comentarios



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  • ARMANDO VALDES dijo:

    Pedro a los 14 años fui a estudiar a los E.U. años 50 soy negro asi que te puede imaginar desde que llegamos al aereopuerto de Miami yo noentendia porque tenia que ir a otro baños, ni porque en eltren que nos llevo a New York teniamos que ir solamente con negros.Creo que esas experiencia y otras que solamente las puede describir el que la sufre,me hizo mas rebelde,mas revolucionarioy conprende, que tenemos que seguir luchando,por la igualda,el derecho de todos los humanos a ser feliz.

  • Juno dijo:

    ke cada 1 postee sus vivencias y asi ver desde todos los angulos

  • Hugo Andrés Govín Díaz dijo:

    Sin lugar a dudas, las cosas vinculadas a los asuntos raciales en EU han cambiado. Opino que un poco demoradas, si tenemos en cuenta que fueron abolidas oficialmente esas prácticas desde el 4 de julio de 1776 y no se cansan de repetir que son el ombligo del Mundo. El tema racismo (y no solo con los negros, porque existe igual con los indígenas, aborígenes, etc.) es una asignatura pendiente aún en nuestra querida, contaminada y única nave espacial, como bien la califica el amigo Walter Martínez en su programa Dossier, de Venezolana de televisión.

  • Rebeca dijo:

    Muy interesante crónica y… qué buena memoria!!! Quisiera poder narrar así vivencias de hace tan solo 10 años

  • Stern des Südens dijo:

    Mi padre estudio en USA + o – en esa época, era así mismo pero siempre decia que habia que mirar adelante y buscar las lecciones del pasado solo para aprender de ellas pero hasta ahi…vivir en el pasado era vivir siempre con odio, resentimientos, frustaciones…mirar hacia adelante da esperanzas, nuevas opciones…..bello comentario para tener una panorámica de la época pero no creo que sea la tónica de hoy en dia sin desmeritar que puede haber gente pasandola mal y otros pasandola bien

  • LLERA dijo:

    Excelente Pedro

  • Cadillac dijo:

    me gustaria ver cronicas asi pero del 2014 o del 2004 RECIENTESSS

  • jemdi dijo:

    pedro que sucede que tus cronicas ya no estan saliendo los domingos

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Pedro Urra Medina

Pedro Urra Medina

Nació en 1929. Es historiador y columnista de Cubadebate.

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