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Bebo en la memoria y Chucho al doblar

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  • Segunda entrega de las «Palabras»[1].

Bebo y Chucho Valdés

La misma pared frente a la cual me encuentro ahora disponiendo los recuerdos en forma de palabras, sirvió de fondo al piano alemán que mi madre había decidido adquirir a plazos en una tienda de la calle Belascoaín llamada La Predilecta, desde que descubrió que yo, valiéndome de mi vieja guitarra y sin la menor noción acerca de cómo llevar la música al pentagrama, había empezado a componer canciones y, de la mano de ellas mismas, había entrado a frecuentar nuevos ambientes donde no sólo era aceptada como «una compositora nueva que es maestra»  sino que me había dado el lujo de pasar airosa por el ojo -más fino que el de una aguja-  por el oído y el verbo, de César Portillo de la Luz.

Una noche muy fría, en enero de 1957, conocí a varios de los compositores que se agrupaban en Musicabana, una modesta editora empeñada en abrir camino a la música cubana sin tener que dejarse explotar por los consorcios americanos. Estos autores -ya exitosos-, encabezados por Giraldo Piloto, comenzaron a visitar mi casa y, un día, pidieron permiso a mis padres para efectuar allí una reunión destinada a seleccionar, de entre las composiciones de todos -incluyéndome a mí- repertorio para el disco de larga duración que lanzaría, en calidad de solista, a Fernando Álvarez, quien se había ganado esta oportunidad a partir de la resonancia obtenida en el mercado «vitrolero» con el bolero Ven aquí a la realidad, de Ernesto Duarte. Mis padres, honradísimos, abrieron las puertas al personaje que traería consigo la misión de aceptar o rechazar las ansiosas y emotivas propuestas que entonaríamos los autores. De esta manera, hizo su entrada en mi casa y en el reino de mis recuerdos, Bebo Valdés.

Todavía no acierto a explicarme qué resortes me movieron a vencer la timidez y pienso que, por una parte, el cariño y el sentimiento protector de mis queridos colegas; por otra, la fiereza con que se arma el espíritu cuando se trata de someter a cualquier prueba a una criatura propia y, finalmente,  gracias a la poderosa carga espiritual y la noble manera de ejercer su ingrato papel, que caracterizaban al ilustre visitante, se hizo posible el milagro y dos de mis boleros –No es preciso y No te empeñes más– me dieron entrada, de la mano de ese músico reconocido ya entre los grandes, en el camino profesional.

Bebo Valdés visitó de nuevo mi casa a los pocos días sin presentir que, al cabo de más de medio siglo, yo estaría narrándoles a los demás este episodio. Aquel hombre distinguido y caballeroso -como se decía entonces-, se sentaba al piano y, despojado de toda arrogancia, me invitaba a tomar la guitarra e irle cantando poco a poco cada canción, mientras  anotaba melodía y acordes con toda fidelidad, en una actitud humilde y respetuosa que, al colocarme en  posición de igual a igual, me hacía sentir sobrecogida a la par que me resultaba aleccionadora. Ya en el proceso de grabación, así como en aquellas presentaciones radiales en vivo de su orquesta, en las que se programaba alguna de mis composiciones, tuve siempre, gracias a su amabilidad, el acceso libre a ensayos y trasmisiones con público.

Fue una de esas tardes, en un memorable estudio de Radio Progreso, cuando se me acercó y, señalando a un joven altísimo, muy delgado, con unos dedos enormes, me dijo: «Ven para que conozcas a mi hijo. Tiene dieciséis años»-. No era necesario disponer de una imaginación fuera de lo común: con toda seguridad,  el talante de aquel muchacho calladito, investido de buenas maneras -como corresponde- así como aquellas manos que no se alejaban del teclado ni siquiera para gesticular, anunciaban al  músico que no se haría esperar por mucho tiempo. Me senté a su lado en la banqueta del piano, entablamos conversación y me confesó que había compuesto un preludio. No se hizo de rogar cuando le pedí que lo tocara, y me regaló ese momento sin imaginar con qué cariño, al pasar el tiempo, cuando ambos fuéramos estos Valdés y no aquéllos, conservaría yo intacto entre los más tiernos recuerdos de mis primeros tiempos en la música, el privilegio de semejantes audiciones  exclusivas.

Muchísimos años después, visité a Chucho en su residencia para hacerle entrega de unas grabaciones viejas que le había copiado y no pude resistir la tentación de recordarle aquellas tardes en los ensayos donde me había dado a conocer su preludio. Cuál no sería mi sorpresa, al ver que se sentó al piano y, en un alarde de memoria, volvió a tocarlo -tal como entonces- y de nuevo para mí sola.

Pasaron más años todavía, entramos en otro siglo y la vida me dio la oportunidad de un reencuentro con Bebo Valdés, en los Festivales de Otoño de Madrid. Coincidíamos entonces, en ocasión de presentarnos en concierto, yo con motivo de la presentación del disco dedicado a mis canciones que había grabado con el pianista español Chano Domínguez y su trío; él, para ofrecer las primicias del trabajo que estaba preparando con Diego el Cigala. No me cabía la menor duda de que, al encontrarnos, saldrían a flote, intactos, los lazos que nos unieron desde los primeros tiempos. Una nueva razón se sumó a la alegría, luego de la emoción del abrazo, cuando el legendario músico cubano confesó, en público, que aquella tarde-noche en que visitó mi casa por primera vez lo había hecho investido de poderes tales, como director musical del sello discográfico donde grabaría el intérprete, que el primer gran paso en mi ya largo camino había dependido de una palabra suya. Por suerte, su impresión había sido la mejor, al extremo de haber seleccionado más de una composición de aquella «muchacha nueva del Reparto Almendares» pero, no obstante el largo tiempo transcurrido desde entonces, su afirmación, verdaderamente estremecedora, hizo que se duplicaran mis razones para mantener su recuerdo guardado en ese sitio de la historia propia donde arropamos lo más frágil y protegemos lo verdaderamente venerable.

Juntos para siempre -no faltaba más- padre e hijo se alzan en medio de la gloria que hoy festejamos, a propósito del Premio Grammy obtenido por ambos.  A Bebo, maestro en «el arte del sabor», le he dedicado mis mejores deseos mientras me deleitaba escuchando sus discos esta mañana de domingo. A Chucho lo abrazaré como de costumbre y con más razón todavía, cuando vuelva a encontrarlo en cualquier sitio, o al doblar.

Almendares, 8 de noviembre de 2009

Bebo y Chucho Valdés en el Jazz Voyeur Festibal / 2008

Bebo y Chucho Valdés en el Jazz Voyeur Festibal / 2008

Bebo y Chucho Valdés en el Jazz Voyeur Festibal / 2008


[1] Escrito para Cubadebate, a propósito del Premio Gramy otorgado, en la categoría «mejor álbum de jazz latino» al disco Juntos para siempre, de Bebo y Chucho Valdés.

Juntos para siempre, encuentro en Nueva York

Se han publicado 6 comentarios



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  • Alberto Aranda dijo:

    Martha.

    Te felicito por tu articulo es un tributo muy lindo a un gran musico cubano , que tan alto a puesto en los ultimos tiempos el nombre de nuestro pais y el orgullo de ser cubano, al igual que ustede, tuve el privilegio de verlo en Madrid y me parecio majestuoso, creo que esta es la segunda vez que se le rinde un tributo tan digno a Bebo , la primera vez que lo vi fue cuando se exhibio por unica vez el documental de Fernando Trueba Calle 54.

    Muchas gracias,

  • KALOIAN dijo:

    GRandioso trabajo Doña Martha!!!!! es una tremenda suerte saber que ha vuelto a escribir una columna igual que en los tiempos del suplemento Lunes de Revolución y Revolución en los sesenta… y ese es otro legado como sus canciones!!!! Grande también que Cubadebate rompa el silencio sobre Bebo Valdés y muestre hasta fotos… Ya era hora!!!!…Aunque yo, un joven cubano que ama a esta Revolución, no esté de acuerdo con el gran Bebo sobre su postura hacia nuestro proceso social, respeto su forma de pensar y y lo admiro por su huella musical que es para nuestra cultura imprescindible. que nadie se equivoque, la mayoria de la música cubana despues de los cincuenta le debe por mucho al aporte de el Caballón Bebo…… Gracias nuevamente a Cubadebate. Kaloian

  • Ale Olguin dijo:

    Hermoso artículo, es sábado estuve en un tributo al son cubano acá en mi país, qué música!!! me llena el alma y el corazón, dos horas en la que pude dejar la desazón de la rutina y reencontrarme con la alegría.

  • juan guillen dijo:

    Que dicha la suya de tener esa oportunidad que le ofrecio la vida , de el poder compartir con el maestro Bebo y el otro maestro su hijo Chucho.
    Aunque no sea cubano me siento orgulloso de tener mas de 20 cds entre esos 2 maestros, desde la orquesta Sabor de Cuba de Don Bebo, pasando por el Irakere de su hijo ,hasta la idea de Javier Limon que nos brinda hoy Juntos Para Siempre.
    todo cubano deberia estar orgulloso de que estos seres humanos hayan puesto y continuen poniendo el nombre de esa bella isla unica en el mundo que produce , no solo el mejor tabaco del mundo , si no tambien una calidad musical inigualable o mejor dicho «la musica cubana es unica » y estos 2 maestros pasaran a la historia como piezas importantes en el desarrolo mucical en Cuba.
    Por favor las ideas de cada quien ay que respetarlas sean de quien sean esas ideas , no confundamos una cosa con otra , lo hecho por don Bebo en el ano 59 o 60 es cosa del pasado , respecto al quien se lo merece y sin duda su hijo tambien merece ese respecto por entender a su padre y quererlo como lo quiere y por ultimo estar orgulloso de ser hijo de BEBO VALDES Y LLEVAR SU APELLIDO.
    Que viva la musica cubana y en especial el mejor JAZZ DEL MUNDO EJECUTADOS POR LOS MEJORES MUSICOS EN EL MUNDO.
    Sra Valdes su pais Cuba es la maquina mas grande en el mundo en producir musicos de categoria y clase.

  • juan guillen dijo:

    Sra Martha lindo y muy especial su comentario , gracias por compartirlo.
    Su articulo demuestra lo que su pais es»: LA FACTORIA MAS GRANDE EN EL MUNDO QUE PRODUCE MUSICOS Y MUSICA QUE NO SON SEGUNDOS DE NADIE.
    Gracias Maestros BEBO Y CHUCHO y que viva el mejor Jazz del mundo el CUBANO .

  • Alberto León dijo:

    Admiradísima Marta, tuve el gran placer de conocerla en ocasión de su visita a Mérida, Venezuela, en el marco del Festival del Bolero organizado por la Universidad de Los Andes en 1992. Recuerdo que tuvo la genileza de regalarme unos minutos y conversamos sobre una grabación que yo conservaba de sus canciones, y al indagar sobre los músicos que la acompañaron, usted me reveló que el pianista era Gonzalo Rubalcava. La sorpresa fué saber que aunque para la fecha sólo tenía 18 años, ya mostraba una inusual madurez. Recuerdo además haber perdido mi habitual timidez y confesarle que estaba total y absolutamente enamorado de su música desde hacía algún tiempo, pues ya conocía su trabajo, pero verla tocar la guitarra reafirmó ése sentimiento. Ese Festival tuvo un gran significado para mí, pues me permitió como guitarrista compartir con excelentes músicos como Pedro López (pianista, arreglista y director musical), Rubén «Tutty» Jiménez (batería), Freddy Roldán (percusión) y Héctor Hernández (bajo). Permítame decirle que estoy disfrutando enormemente de la lectura de sus artículos, que voy a buscar su disco con Chano Domínguez (a quien conocí cuando vino a Mérida hace unos años con su trío y con Martirio) y que no olvido sus palabras al despedirnos: «Tal vez algún día podamos reunirnos y caernos a guitarrazos..» Nada me causaría mayor alegría. Mi afecto y admiración.

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Marta Valdés

Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción «Palabras». La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo «feeling». Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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