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Escritores en combate: La experiencia de España Republicana

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En la Europa de los años treinta, cuando el totalitarismo rampante amenazaba con una noche eterna, los escritores respondieron con un espíritu de combate que salvó la cultura de una declinación sombría. Julien Benda acusó a los intelectuales de traicionar su misión de custodio de los valores del espíritu al descender a la arena política. Pero al aparecer “La traición de los intelectuales”, en 1927, se desarrollaba una profunda crisis espiritual, un eclipse de muchos valores tradicionales de la burguesía en medio de una grave crisis económica.  La tensión entre la realidad y las utopías desencadenó un activo impulso revolucionario y fortaleció a la izquierda radical. Es el momento en que Antonio Gramsci reclamó la consolidación del intelectual orgánico que sirve de guía espiritual al identificarse con las necesidades de los desposeídos.                                             

En un clima de creciente extremismo derechista, de acentuación del fascismo y de los regímenes autoritarios, se fundó en París en 1933 por Louis Aragon, -tras apartarse del surrealismo-, la Maison de la Culture. Poco después surgía la revista Commune, con Gide, Barbusse y Nizan. La revolución de octubre avanzaba entre  purgas  y  planes quinquenales que  iban acercando  la Unión Soviética a cifras de producción similares a  los países industrializados del oeste de Europa. Ello coincide en Cuba con la madurez de la generación de la Década Crítica, la revista de Avance y las luchas antimachadistas. El Primer Congreso de Escritores Soviéticos se efectúa en agosto y septiembre de 1934 y a él asisten Alberti, María Teresa León, Malraux, Aragon y Nizan.                                                                        

Influidos por el espíritu militante alentado en Moscú, el 21 de junio de 1935  se inauguró en la Sala de la Mutualité, en París, el Primer Congreso Internacional de Escritores y a los intelectuales anteriormente mencionados se unieron ahora Romain Rolland, Jean Giono, Ilia Ehrenburg, Jean Cassou y Alexei Tolstoi. Un total de doscientos treinta delegados discutieron sobre humanismo y nacionalidad, oposición o acuerdo del escritor  y la sociedad, el individuo expresión de su clase, valor crítico de la literatura, papel social de la literatura, continuidad y ruptura. De ese Congreso emanó la decisión de fundar la Asociación Internacional para la Defensa de la Cultura con una junta directiva de doce miembros entre los cuales se hallaban Valle Inclán, Thomas Mann, Gorki, Bernard Shaw, Aldous Huxley y Sinclair Lewis. Bergamín propuso que se realizara un Segundo Congreso, similar a éste, en Madrid. En junio de 1936 se reúne en Londres  el pleno de la Asociación y un mes después estalla la Guerra Civil en España con el alzamiento de las tropas nacionalistas contra la república.  Inmediatamente los defensores de la cultura emitieron un manifiesto definiendo su postura ante esa nueva situación: “esta lucha pone en juego la cultura y con ella la libertad, la  independencia, la dignidad humana, condiciones de toda creación”.  Se habla de la herencia espiritual que el pueblo español defiende y la deuda de los hombres de cultura con el inmenso tesoro dispensado por España al mundo. Ese documento lo firman Alberti, Bergamín, Antonio Machado, Ehrenburg, Aragon y Malraux, entre otros.                                                                                                                

Las contingencias de la guerra determinan un cambio de fecha y de lugar. En lugar de Madrid el Congreso se inaugura en Valencia, entonces capital del gobierno republicano, pero a la vez se declaran como sedes a Madrid y Barcelona y se decide que la clausura se efectúe en París. Algunos gobiernos europeos ponen impedimentos para  obstaculizar el viaje de varios escritores, entre ellos el gobierno británico que bloquea la concesión de visados a la delegación inglesa, lo cual motiva una enérgica protesta de Stephen Spender.                                                                   

A diferencia de los anteriores, en este Congreso se advierte una fuerte presencia latinoamericana: Raúl González Tuñón por Argentina, Pablo Neruda y Vicente Huidobro por Chile, César Vallejo por Perú y una nutrida delegación mexicana compuesta de Juan de la Cabada, José Chávez Morado, José Mancisidor, Carlos Pellicer, Silvestre Revueltas y Octavio Paz, entre otros.  Por Cuba asistieron Leonardo Fernández Sánchez, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Juan Marinello y Félix Pita Rodríguez.     Para Guillén la asistencia a aquella reunión fue un paso de firmeza  en su formación revolucionaria. En 1937 se organizó en México un congreso convocado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y Juan Marinello lo invitó. En México le ofrecieron  participar en el Segundo Congreso por la Defensa de la Cultura, que iba a celebrarse en España, en medio de la Guerra Civil. Según el propio Guillén ha confesado, fue la lucha contra la tiranía de Machado en Cuba, y la Guerra Española, los dos aconte­cimientos políticos que impulsaron su vocación revolucionaria.                                                                                            

Ya Guillén había irrumpido con las formas coloquiales y populares del habla en la literatura cubana. El ron, la rumba, la santería, el solar,  se convirtieron en escenarios poéticos. En una sociedad enmascarada con hipocresía burguesa Guillén había logrado adentrarse en la esencia nacional sin caer en el pintoresquismo ni el costum­brismo. Después de aquél afortunado golpe inicial, que le hizo famoso y discutido, con “Motivos de Son”,  repitió al año siguiente el experimento con “Sóngoro Cosongo”. Miguel de Unamuno leyó con delectación aquellos versos, se los hizo leer a Federico García Lorca, y le escribió a Guillén una carta en la que confesaba que el sentido del ritmo, de la música verbal de negros y mulatos: “es el espíritu de la carne, el sentimiento de la vida directa, inmediata, terrenal. Es, en el fondo, toda una filosofía y una religión.”                                          

En ese libro ya se advertía que Guillén se apropiaba de ele­mentos que cada cubano conocía pero que ninguno había sabido exaltar hasta la categoría culta de la esencia nacional. “La canción del bongó, la rumba, el canto negro, el velorio de Papá Montero: quemaste la madrugada con fuego de tu guitarra…, Chévere del Navajazo, ¡Ah, qué pedazo de sol carne de mango! La balada del Güije… El calor raja la noche, la noche cae tostada sobre el río… Rojo calor para negros… José Ramón Cantaliso, con su guitarra, en un bar.” Si con los “Motivos de Son” ya se anunciaba en Guillén a un promisorio poeta de talento, con “Sóngoro Cosongo” se reafirma la certidumbre de que ha nacido un gran poeta de nuestra  lengua.  El Nicolás Guillén que pisa la tierra española es ya un creador maduro, confiado en sus instrumentos de expresión y un revolucionario definido. A su regreso, en mayo de 1937, escribió su “España, poema en cuatro angustias y una esperanza”.                                                                       

¿De qué se defendían estos “defensores de la cultura? El diez de mayo de 1933 los estudiantes de la Universidad Humboldt, de Berlín, saquearon su  biblioteca y condujeron centenares de libros a la Plaza de la Ópera, donde procedieron a incendiarlos. Eran  obras de Thomas Mann, Einstein, Heine, Marx, H.G.Wells, Brecht, Feuchtwanger, Hemingway y Remarque, entre otros muchos. Un total de veinte mil libros fueron arrojados a la pira esa noche, pero en las semanas siguientes la purga en bibliotecas y los incendios continuaron por toda Alemania. Joseph Goebbels declaraba: “El futuro ciudadano alemán no será hombre de libros sino hombre de carácter”. Y mientras ardía la quema siniestra frente a la Ópera, Goebbels pronunciaba un discurso en el que afirmaba:”Mientras los académicos se han aislado gradualmente de la vida, la joven Alemania se está preparando… Por esa razón hacemos bien entregando el sucio espíritu del pasado a las llamas… Las viejas mentiras han caído al fuego, pero las nuevas surgirán de esas llamas anidando en nuestros corazones…” Mientras, los miembros de la Asociación de Estudiantes de Alemania gritaban sus consignas: “Contra la decadencia y la degeneración moral”, “Por la decencia de las costumbres de la familia”, “Contra la lucha de clases y el materialismo”, “Por la comunidad del pueblo y una vida ideal”.       

En el Congreso del Partido Nacional Socialista Alemán, efectuado en Nuremberg en 1935, su dirigente máximo Adolfo Hitler declaró: “La misión del arte no es acercarse a la podredumbre ni describir al ser humano en estado de putrefacción”. A partir de entonces, y alegando la decadencia moral del arte de vanguardia, numerosas obras fueron incautadas en museos y colecciones privadas. Con ellas se organizó una exposición de “arte degenerado” en Munich, en julio de 1937, (antes de destruirlos), con cuadros de Braque, Chagall, de Chirico, Gauguin, Van Gogh, Kandinsky, Leger, Matisse, Mondrian, Roualt, Vlaminck y Picasso.  Las obras fueron clasificadas en salones que llevaban rótulos que definían sus “transgresiones”: el campesinado alemán visto por los judíos, insultos a la maternidad germánica, burlas a Dios. Se proclama como “arte degenerado” todo el período del dada, el cubismo, el expresionismo, el fauvismo y el surrealismo. Joseph Goebbels declara sobre los artistas prohibidos, el 26 de noviembre de 1937: “Son representantes seniles a quienes no  puede tomarse en serio y forman parte de un período de monstruosas creaciones intelectuales”.

Con esos truenos en el horizonte el destino del arte de avance, de la literatura liberal, de la libre emisión del pensamiento, se ve torvamente amenazado. El triunfo del fascismo implicaría el auge de la censura, de la diatriba de Estado, de las expresiones mediocres de un realismo edulcorado. A eso responden los intelectuales reunidos en España. El Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura se inauguró en Valencia el 4 de julio de 1937.                                           

Ciento diez delegados de veintisiete países se encuentran presentes en la Sala Consistorial del Ayuntamiento de Valencia con la presencia de Juan Negrín, Presidente de la República Española, quien afirma que la guerra en España comenzó siendo una rebelión militar pero se ha transformado en una lucha por la independencia nacional y por la libertad y la soberanía de todos los pueblos.  Responde a nombre de los asambleístas el novelista danés Andersen Nexo, quien es nombrado presidente de esa primera sesión. Le sigue en la palabra el Comisario de Guerra, Julio Álvarez del Vayo, quien recuerda la destrucción de Guernica, crimen que está muy reciente en la memoria de todos.                                                  

El 26 de abril de 1937  bombarderos Junkers y Heinkels facilitados por la Alemania nazi, pertenecientes a la Legión Cóndor, atacaron con bombas explosivas e incendiarias, durante tres horas, a la ciudad vasca de Guernica destruyéndola completamente. El ataque causó 1,645 muertes y 889 heridos. La ciudad no era un objetivo de guerra, estaba muy alejada del frente y la fábrica de armas, situada en las afueras, quedó intacta. Se trataba de un ensayo de cierto tipo de bombardeos masivos que los nazis desplegarían más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, para aterrorizar a la población civil. La masacre contra una ciudad abierta e indefensa creó un escándalo mundial.                                                       

La segunda sesión la abre Bergamín con un extenso y esencial discurso en el cual glosó el tema shakesperiano del ser o no ser  diciendo que jamás un pueblo tuvo más conciencia de sí mismo que cuando se halló solo. “Todo verdadero español, por serlo, es revolucionario – afirma-, y siempre su sangre es espíritu”. En días siguientes Juan Marinello es electo Presidente de las delegaciones hispano americanas y dice en su discurso: “La libertad, lo que representan los defensores de Madrid, es el camino de la vida… el fascismo es el camino hacia la muerte… “En la sesión de clausura declara conmovido: “Los hombres que han venido a este Congreso quieren un mundo a semejanza del que están construyendo, a duro precio de sangre, los defensores de Madrid… ¿Quién podrá entender mejor la razón del campesino de Andalucía que el indio de Bolivia? ¿Quién podrá saber de agresiones del poder económico mejor que el negro antillano?  ¿Quién podrá sentir más de cerca la injuria de un pueblo ofendido y maltratado por castas reaccionarias que quien es maltratado y ofendido por tiranías torpes y crueles?… Hay en el hombre, es cierto, un insobornable sentimiento de lo justo; aún en los peores hay una sed de realizaciones…

El político y el escritor que merezcan tal nombre,  deben coincidir por vías distintas, como hemos coincidido ahora los asistentes a este Congreso, con el impulso del soldado del pueblo…  Hunda en España su mano creadora el escritor hispanoamericano; húndala, sabiendo que ha de expresar en su obra la palpitación española universal… No puede hablarse hoy de España sin hablarse de Argentina, de Cuba, de Venezuela, del Ecuador. No se puede combatir el fascismo sin  atacar a su hermano gemelo el imperialismo… Yo os afirmo, escritores de toda la tierra, que el escritor de nuestras patrias sabrá ser español. Lo tiene en la sangre y en la conciencia… A todo puede renunciarse menos a la hombría…” Marinello estaba subrayando ante los delegados la necesaria interconexión entre los procesos de liberación y  la lucha contra el oscurantismo nazi fascista, de la solidaridad indispensable sin la cual el esfuerzo libertario podría colapsar.                                     

Fernando de los Ríos afirma que si fusilaron a  Lorca no fue por su nombre sino por lo que representaba: “fusilaron en él a la poesía, no al poeta”.  Una de las víctimas más señaladas de esa horrible carnicería fue  Federico García Lorca. Granada cayó en poder de los falangistas el 20 de julio de 1936, dos días después de la traición de los militares. Las persecuciones y la represión se desencadenaron con una saña inusitada. Ian Gibson supone que el poeta fue torturado antes de morir, según las revelaciones  de uno de sus homófobos custodios. Se sabe que fue asesinado junto a un maestro de escuela y un banderillero anarquista. Sus restos yacen en el parque de Alfacar, no lejos de Granada. Se ha erigido un monolito en un lugar cercano al sitio donde probablemente se encuentren sus despojos.         

Claude Couffon plantea que al estallar la guerra Federico se hallaba planeando un viaje a México. Al saber de la rebelión fascista se ocultó en la casa de sus padres en la Huerta de San Vicente. Después fue a casa de los Rosales, que eran falangistas y podrían brindarle una mejor protección.  Durante años se acusó injustamente a Luis Rosales de haberle denunciado pero el tiempo y los hechos lo exoneraron. Tras su arresto fue conducido al edificio del gobierno civil de Granada, después a la Colonia, en Viznar, un sitio de vacaciones convertido en prisión.  Allí pasó la noche del 18  de julio  y el día 19 fue fusilado. Se sabe que Manuel de Falla  hizo múltiples gestiones para salvarlo. El padre de Federico, rico propietario, designó un abogado para que realizara las gestiones de su excarcelación si  saber que su hijo ya estaba muerto. Los falangistas difundieron un falso certificado de defunción donde se especificaba que había muerto por “heridas sufridas en la guerra”.                                          

 Tristan Tzara se lamentó en el Congreso de Valencia que solamente los gobiernos de la Unión Soviética y México  ofrecían una ayuda efectiva a la república. Dijo que la conciencia del intelectual tiene dos vertientes la conciencia personal y la conciencia que éste debe despertar en las masas.  Manuel Altolaguirre denuncia el asesinato de Lorca. César Vallejo afirmó: “los responsables de lo que sucede en el mundo somos los escritores, porque tenemos el arma más formidable que es el verbo”. El escritor alemán Ludwig Renn se separa de las actividades del Congreso para adentrarse en el frente  y en Guadalajara, bajo el fuego de las ametralladoras italianas, conduce a un grupo de combatientes alemanes antifascistas, llevando por todo armamento un lápiz en su mano con el cual orienta el rumbo de su tropa.                                                                

Nicolás Guillén replica a la falacia de la supuesta superioridad racial de los blancos y rubios germánicos: “para el fascismo, colocado siempre de espaldas a la vida, o mejor dicho, frente a la vida, esa raza ha de tener el dominio del espíritu y de la fuerza para aplastar toda otra manifestación que tienda a la unidad humana como cifra de armonía, de cultura, de paz.”         

 André Malraux realiza gestiones ante el gobierno de Leon Blum para que le proporcione aviones a la causa republicana y los obtiene. En retribución el gobierno español le otorga el grado de coronel y le comisiona para que forme una cuadrilla de combatientes extranjeros, bautizada como España. Está integrada por veinte aviones pero nunca pasan de diez los que logran entrar en combate. Todos los pilotos viven en el Hotel Florida, en la Gran Vía, el mismo donde habita Hemingway. El grupo de combate de Malraux participa en más de cincuenta acciones. Durante la batalla de Teruel el avión de Malraux sufre un accidente y el escritor deja el frente y se sumerge en el proselitismo activo. Recorre Estados Unidos y Canadá recaudando fondos y ayuda médica. Cuando escribe su novela sobre la Guerra Civil, “La Esperanza, hace decir a uno de su personajes: existe una esperanza profunda  en cada hombre. Para quien ha estado injustamente condenado, quien ha encontrado la torpeza,  la ingratitud o la cobardía, la revolución desempeña, entre otros papeles, el mismo que ejercía antes la vida eterna, lo cual explica muchas de sus características. Y concluye: “Si cada uno  aplicara a sus esfuerzos propios un tercio del empuje que empeña   por lograr una nueva forma de gobierno, sería posible vivir en España…”                   

Ernest Hemingway llegó a España en el invierno de 1936 para servir de guionista a un filme de Joris Ivens “Tierra Española”. Lograron filmar secuencias en la batalla de Guadalajara. En Madrid Hemingway residió en el Hotel Florida en la Plaza del Callao. Frecuentaba el Hotel Gaylord, donde residían primordialmente los rusos, prueba de que no tenía ningún prejuicio antisoviético. Uno de sus principales interlocutores era el corresponsal de Pravda, Mihail Koltsov, (más tarde fusilado por Stalin), quien le asistía con sus análisis de la compleja situación política de la Guerra Civil. Allí conoció a Ilya Ehrenburg.                                    

Durante los tres años de la guerra hizo cuatro viajes a España. El primero fue una estancia de cuarenta y cinco días. Regresó a Nueva York para hablar en el Segundo Congreso  de Escritores Americanos, en Carnegie Hall. El tema de ese evento fue el abandono de la llamada de  Torre Marfil de los escritores que se abstraían del compromiso con su tiempo. Allí dijo que la única forma de gobierno que no podía producir buenos escritores era el  fascismo, que es “una mentira contada por matones. Un escritor  que no esté dispuesto a mentir no puede vivir bajo el fascismo.” El gran problema de los escritores, siempre, ha sido escribir la verdad, afirmó.                                                                                                        

Al regresar a España comenzó la tarea de escribir el guión para el filme “La tierra española”. Joris Ivens tenía la idea pero no el dinero. Hemingway formó la compañía productora “Historiadores Contemporáneos”junto a John Dos Pasos, Lillian Hellman y Archibald McLeash, quienes sufragaron los costos del documental junto con él.  Hemingway acompañaba a los camarógrafos al campo de batalla de Campo del Moro para que realizaran las tomas correspondientes.  Terminada la obra la llevó a Estados Unidos para su edición, musicalización y posproducción. Obtuvo que lo recibiera el Presidente Roosevelt y su esposa Eleanor, en la Casa Blanca, donde les proyectó el filme y argumentó a favor del abandono de la neutralidad de Estados Unidos hacia el conflicto español. Esto revela una actitud militante, un deseo de hacer campaña, de convertirse en un activista. Era algo más que un corresponsal, era algo más que un observador indiferente y objetivo. Se apasionaba y comprometía.      

En 1937 Hemingway asistió al Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Según Hugh Thomas, Hemingway  excedió sus responsabilidades como corresponsal de  guerra. Instruyó a jóvenes brigadistas sobre el manejo  de las armas.  También  visitaba hospitales para confortar heridos.  En enero de 1937 hizo una donación de cuarenta mil dólares  para comprar ambulancias. También requirió  a algunos de sus opulentos amigos americanos para que entregaran dinero a la causa española. Escribió la obra teatral “La quinta columna” como un instrumento de agitación y propaganda. Obtuvo en noviembre de 1938 que el Theater Guild la estrenase en Broadway.                                                    

En febrero de 1939 empezó a escribir “Por quien doblan las campanas” en el Hotel Ambos Mundos. Cuando salió publicada recibió grandes críticas de la izquierda. Lo acusaron de renegado y traidor.  Hemingway no ocultaba las atrocidades cometidas por  ambas partes ya que la  ferocidad de la guerra arrastra a todos. Harry Morgan el personaje de “Tener y no tener” dice: “un hombre solo no puede nada”. En ese elogio de la solidaridad puede sintetizarse el credo humanista de Ernest Hemingway quien   contribuyó a introducir en la apreciación de los grandes públicos norteamericanos el tema de la guerra civil española. Pese a su rechazo a editorializar en su narrativa no puede dejar de hacerle  exclamar a Robert Jordan en “Por quien doblan las campanas”: “He estado combatiendo desde hace un año por cosas en las que creo. Si vencemos aquí, venceremos en todas partes. El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él, y siento mucho tener que dejarlo.”                                                   

Antonio Machado pronuncia en el Congreso su discurso, que luego sería acreditado por  múltiples reproducciones, con una cita de Mairena: “Escribir para el pueblo, ¡que más quisiera yo!, deseoso de escribir para el pueblo aprendí de él cuanto pude,  mucho menos – claro está – de lo que él sabe… Escribir para el pueblo es rebasar las fronteras de nuestra patria…  Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes en España, Shakespeare en Inglaterra, Tolstoi en Rusia”.                                                                             

Rafael Alberti concluye con un poema: “Todas las voces del mundo / los corazones más llenos / de sangre limpia, de clara /sangre que es entendimiento / contigo, pueblo de España…” 

Alberti estuvo en Moscú cuando el Primer Congreso de Escritores Soviéticos. Eran los años difíciles de la implantación del culto a la personalidad en la URSS, pero también de una toma de conciencia generalizada de los deberes del intelectual ante el descalabro social del capitalismo. Conoció a Prokofieff y a Eisenstein. Años más tarde Alberti definiría ese congreso como una convención para definir  cómo debía hacerse un arte socialista. Lo presidió Gorki. Alberti acompañó a Aragón y a su mujer, Elsa Triolet. Conoció a Pasternak.  Maiacovski se había suicidado no hacía mucho.

En 1937 se entrevistó con Stalin para solicitarle que enviase a los escritores soviéticos al congreso que iban a celebrar en España. André Gide había prometido su asistencia y como  recién había publicado un libro antisoviético se decía que los escritores de la URSS no asistirían en protesta por su presencia. Mihail Koltsov le concertó la entrevista. Stalin lo recibió en un despacho con un gran mapa de España lleno de banderitas señalando las diferentes posiciones de fuerzas en los frentes. Cuando  vio a Alberti le dijo: tengo una gran noticia que darle: los italianos de Mussolini han sido derrotados en la batalla de Guadalajara. Luego añadió que la República española era inmensamente popular en la Unión Soviética y que si hiciesen una convocatoria de voluntarios muchísimos se presentarían para luchar allí.                                                   

Alejo Carpentier refiere que en la ruta de Valencia, al atravesar el poblado de Minglanilla, una anciana arrugada se le acercó y le dijo: “¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!” Carpentier confiesa que nunca se sintió tan humillado como en aquel instante, dándose cuenta de lo poco que significaba “saber escribir” ante ciertos desamparos profundos, ante ciertas miradas de fe, ante el oscuro anhelo de mundos mejores que palpitaba en el alma de aquellos campesinos. Más tarde, en la sesión de clausura en París, Bertolt Brecht dirá: “Atacar un sindicato o un monumento es la misma cosa. El pueblo, al perder su posición política y económica, pierde también sus medios de producción culturales.”                       

El ápice de la contribución de un escritor a la causa republicana puede hallarse en el rastro honroso de Pablo de la Torriente Brau, quien entregó su vida.  Desde su explosión lírica, cuando exclama en una crónica: “He tenido una idea maravillosa: me voy a España… a la revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos. La idea hizo explosión en mi cerebro, y desde entonces está incendiado el gran bosque de mi imaginación”.   A lo cual Raúl Roa le replica en una carta premonitoria: “Creo que España vale hoy todo. Hasta el sacrificio de la propia vida”.                                                                      

Pablo llega a  Madrid el 24 de septiembre de 1936. Ha hecho un largo viaje desde Nueva York. Se reúne en el Hotel Florida con  los combatientes internacionalistas. Visita el frente de Guadarrama.  Los fascistas cortan la comunicación por carretera entre Toledo y Madrid. Se combate en la Ciudad Universitaria. Comienzan a abrirse trincheras en Madrid. En su trabajo como Comisario del Pueblo Pablo recluta campesinos, conoce caracteres. En su crónica “En el parapeto” refiere su confrontación con un falangista en las trincheras. “Con ustedes hay italianos y alemanes mercenarios enviados por Hitler y Mussolini, los dos chulos del cabaret político de Europa… Con ustedes está la canalla del mundo. Ustedes son mandados por traidores. A nosotros nos mandan luchadores por la libertad y nos apoya el proletariado del universo entero.”      

La mañana del día 19  de diciembre sale con una avanzadilla a reconocer el frente de Majadahonda, bajo una intensa nevada. Todos regresan menos él. Se envía otro destacamento de reconocimiento. En un barranco aparece el cadáver de Pablo  con el corazón atravesado por un balazo. Todo el músculo  y el vigor de aquél joven alegre pasa a ser una contracción, escribió Lino Novás Calvo. Lo veló “una guardia de labriegos erguidos, oscuros, silenciosos”. En el cementerio de Chamartín los soldados de la brigada rodearon con un cerco de bayonetas su sepultura. Una descarga quebró el himno.  Miguel Hernández escribió: “Has quedado en España… con el sol español puesto en la cara / y el sol de Cuba en los huesos”.                                                                                                              

No todos los asistentes al Congreso tuvieron una actitud ejemplar. André Gide comenzó a interesarse en Rusia a través de sus estudios de la obra de Dostoievsky. Descubrió en la Revolución de Octubre un instrumento de redención humana y asistió a los congresos de escritores de Moscú y París que habían precedido al de Valencia. Tras un viaje a la Unión Soviética se declaró comunista pero una segunda visita  le impulsó a renegar de cuanto había dicho y apartarse de una doctrina que, según él, “limitaba su libertad individual como creador”. Escribió dos libros: “Viaje a la URSS y “Retoques a mi viaje a la URSS”. Tras haberse declarado escritor comprometido ahora pasó a la posición de renegado y como tal es denunciado en el congreso español.                                                                   

George Orwell fue a España a luchar junto a los republicanos y se unió a las fuerzas del Partido Obrero de Unificación Marxista (P.O.U.M.) afín a los anarco-sindicalistas. Luchó, como subteniente,  en los frentes de Aragón y de Teruel, donde fue herido en la garganta lo cual le dejó una afección en la voz. En mayo de 1937 inició  su refutación del comunismo y al regresar a Londres ingresó en la BBC. Ya había sido policía en las fuerzas coloniales británicas en Birmania, pero tras su entrada en la BBC se convirtió en delator y empezó a facilitar listas de simpatizantes comunistas  a través de un contacto en Relaciones Exteriores, donde incluiría a bien conocidas figuras como el dramaturgo J.B Priestley, el poeta Stephen Spender, el actor Michael Redgrave, el cantante Paul Robeson y el escritor norteamericano John Steinbeck. Recibió subvenciones de hasta cien mil dólares de la Agencia de Información de Estados Unidos. Colaboró con el reaccionario Congreso por la Libertad de la Cultura. La película “La granja de los animales”, basada en una obra suya, fue íntegramente financiada distribuida por la CIA. Escribió su alegato español en “Homenaje a Cataluña”.

La guerra civil española, el empeño de lo mejor de la intelectualidad europea y americana con aquella causa, preparó el terreno para el gran enfrentamiento ideológico que acompañó la pugna bélica de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia republicana demostró que los escritores podían desempeñar un papel esencial en los desafíos de la época. La solidaridad activa, que podía expresarse de muchas formas, era otra forma de combatir. Toda una generación comprendió que abstenerse era un modo de elegir. El entendimiento y la penetración que exige la literatura deben ir  acompañados de un profundo sentido ético. Tras la derrota Albert Camus escribió: En España  “los hombres descubrieron que era posible tener razón y sin embargo, ser vencidos, que la fuerza puede superar el espíritu y que hay veces en que el valor no es su propia recompensa”.                             

James Wilkinson afirmó en su “La resistencia intelectual en Europa”: “Durante tres años de prolongados y sangrientos combates, en que se enfrentaron las fuerzas insurgentes de Franco y sus aliados ítalo-germano contra los republicanos leales y una banda internacional de voluntarios, los intelectuales consideraron  los acontecimientos de España como un drama simbólico. Algunos participaron en la guerra como combatientes; muchos más identificaron sus esperanzas con la supervivencia de la república y se sintieron disminuidos cuando ésta cayó…

La segunda Guerra Mundial empezó con una capitulación ante el fascismo y terminó con una reafirmación de los valores que tan cerca habían estado de perecer en 1939.  La historia intelectual de los años de guerra es una historia de esta reafirmación, modelada por los esfuerzos de la Resistencia. Esa experiencia ejemplificó lo que Jaspers había llamado “una situación límite”, en que los verdaderos ideales y lealtades de una persona se revelaron a ella misma y a los demás. La guerra dio a estos ideales una validez concreta en la prueba de la experiencia personal. Justificó la profundidad de convicción con que eran profesados y la lealtad que continuaron inspirado entre muchos intelectuales, mucho después que la paz retornó para los sobrevivientes en 1945.”                                                                                                                 
Fue precisamente en el año de 1945 cuando  en el número inicial de “Tiempos modernos”, Sartre esboza su concepción de lo que debe ser la literatura. Comienza afirmando que todos los escritores de origen burgués han conocido la tentación de la irresponsabilidad. Por un lado canta, suspira; por el otro, le dan dinero. El intelectual ha optado por juzgar a su medio y de esa manera creer que escapa de sus trampas.  Pero el escritor no tiene ninguna posibilidad  de evadirse y debe abrazarse estrechamente con su época.  No cabe lavarse las manos.  Se escribe para los contemporáneos y se percibe el mundo con ojos perecederos. Continúa diciendo que cada época descubre un aspecto de la condición humana  y el hombre debe decidir su propio destino frente a los demás. Es indispensable contribuir a que se produzcan cambios en la sociedad que nos rodea, afirma. La literatura debe volver a asumir  lo que nunca debió deponer, su función social. La única tarea del espíritu de análisis de la burguesía es turbar la conciencia revolucionaria y aislar a los hombres en beneficio de las clases privilegiadas. Un hombre es toda la tierra y se libera actuando sobre su entorno. Cada ser humano debe elegir el sentido de su propia libertad, aceptándola o rebelándose contra ella, y una vez hecha su elección se compromete y es totalmente libre.                                                               

En 1947 publica, en el segundo tomo de sus “Situaciones” su ensayo “¿Qué es la literatura?” donde comienza afirmando que el escritor trabaja con significados y la propia ambigüedad del signo permite  ir más allá de la grafía para perseguir contenidos nuevos. La prosa es ante todo una actitud del espíritu, afirma y concluye que la palabra es un momento de la acción y no se comprende fuera de ella. Hablar es actuar y toda cosa que se nombra ya ha perdido su inocencia. Revelar es cambiar y no es posible descubrir sin proponerse un cambio.  El escritor revela el mundo a los demás hombres para que asuman sus responsabilidades. La mirada del escritor coagula y cambia el objeto en sí mismo. Por tanto la misión del escritor consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo.                           

En otro ensayo, en el mismo opúsculo, “La nacionalización de la literatura” expresa su temor de que se convierta a los escritores en bienes nacionales y trocados en funcionarios y agobiados de honores se desvanezcan discretamente detrás de su obra.  El deber del intelectual, afirma, consiste no solamente en escribir sino en saber callar cuando es necesario. La obra escrita es un hecho social y un escritor, antes de tomar la pluma, debe estar profundamente convencido de lo que va a decir y muy persuadido de su enorme responsabilidad.  Sartre definió bien en sus “Situaciones” el papel del intelectual en la sociedad burguesa: “Inseguro de su posición social, demasiado temeroso para alzarse contra la burguesía que le paga, demasiado lúcido para aceptarla sin reservas, ha escogido ser juez de su época y se ha persuadido de que, por este medio, permanece ajeno a ella.”                                                                                                                  
El ascenso de la derecha en Europa, en la década del treinta,  recibió la repulsa generalizada de escritores y artísticas, como ya hemos visto.  En marzo de 1933, Thomas Mann renunció a la Academia Prusiana y marchó al exilio. Fue el primero de una larga fila de quienes se apartaron de las dictaduras en progresión. Al ocurrir la ocupación alemana de Francia Malraux se unió al maquis insurgente. También se adhirieron a la Resistencia francesa escritores como Sartre, Beauvoir y Merleau-Ponty, Eluard, Camus y Vercors.  Otros, como Bernanos, Levy Strauss y Raymond Aron prestaron su voz al inconformismo desde el exilio. No podemos olvidar el Manifiesto de los 121, que los intelectuales franceses esgrimieron  contra la guerra de Argelia, pese a un escandaloso proceso judicial con el que se trató de coaccionarlos.  En Italia, Pavese, Vittorini, Silone conquistaron un prestigio moral en la Resistencia contra el fascismo.        

Al terminar la Segunda Guerra Mundial una nueva promoción de escritores se enfrentó al tema de la catástrofe pasada y al conflicto que surgía con la Guerra Fría. El tema de la literatura comprometida se impuso como la nueva alternativa moral ineludible.  Günther Grass definió así el problema: “Sentí que para mi generación y para los autores de la literatura alemana que renacía, los temas centrales ya estaban fijados: la guerra criminal desatada por Alemania; la capitulación total; los crímenes y su sombra trágica.”

Ello no era suficiente. Él y su generación debían luchar, además, contra el intento de ocultar lo que para todos era evidente. Ha dicho  Grass que batallaron contra: “la imposición de la censura sobre el pasado. Algunos dirigentes políticos y hasta algunos intelectuales, construían leyendas. Hablaban de un pobre pueblo engañado, manipulado por los  nazis.  Después de 1945 la mayoría de los alemanes adoptaron una consigna: no hablar del tema, cubrir todo con un manto de olvido y dejar las cosas como estaban. La joven literatura quería hallar una respuesta para esa situación. Desde el comienzo estábamos contra esos silencios y esos olvidos. Y esa misma actitud la mantuve ante las tentativas oficiales de apaciguamiento.”                                                                                       

Han dicho algunos críticos que la literatura alemana de la posguerra tuvo como misión “sacar el cadáver del armario”, admitir la culpabilidad colectiva por el advenimiento del nazifascismo, combatir el congelamiento de las opciones en  la estructura del nuevo orden social burgués. También se enfrentaban a los desafíos de la Guerra Fría. Con Heinrich Böll, Grass  compartió un realismo escéptico que les parecía era la única posición honesta dentro de las circunstancias de la reconstrucción alemana. No querían admitir los excesos estalinianos, pero también rechazaban una sociedad que tenía como propósito primordial cambiar de modelo de automóvil todos los años. Eran escritores movidos esencialmente por motivaciones éticas.                                                                           

Los grandes movimientos artísticos del siglo veinte, han estado imbuidos  de preocupación social. El Expresionismo, el Dada, el Surrealismo, el Futurismo han incitado a la rebelión contra la sociedad organizada. La vanguardia intelectual y artística  ha  utilizado la crítica y la inserción en la vida política para reafirmar su validez social.      

En los años treinta se desarrolló la Gran Depresión en Estados Unidos y muchos intelectuales se  agruparon en torno a la revista de izquierda “The Masses” y comprendieron su papel social.  Escritores como John Steinbeck y Ernest Hemingway tomaron conciencia de la realidad social y expresaron en su obra los desajustes de su tiempo. Esa tradición se consolidó en Norteamérica cuando, años más tarde, Robert Oppenheimer se opuso a la cacería de brujas, auspiciada por el  McCartismo, y Benjamin Spock y Noam Chomsky rechazaron la guerra en Vietnam.                                  

Alejo Carpentier describió al intelectual latinoamericano como un ser que sale de la universidad para ingresar en la prisión. Este confinamiento se debe a la obsesión de actuar como vectores de la conciencia nacional. En América tenemos una arraigada tradición de intelectuales que han ejercido el compromiso intelectual, que va desde Sarmiento a Martí, de  Vasconcelos hasta José Revueltas. La nómina de intelectuales que han pagado con su vida su intento de alentar una nueva vida se ha enriquecido en tiempos recientes con los nombres de Rodolfo Walsh y Javier Heraud, entre otros. Tupamaros,  Montoneros y Miristas vieron entre sus filas a muchos poetas.                                                                              

El hombre de pensamiento tiene como tarea nombrar las cosas, realizar inventarios, alentar productos de la imaginación, normar la vida y trazar procedimientos. Desde los sofistas hasta los  enciclopedistas no han hecho otra cosa. ¿Hasta qué punto se puede ser neutral sin convertirse en un réprobo, disentir sin ser reprimido, declararse independiente sin sufrir represalias? Cuando se pretendió imponer la ideología a la creación artística la imaginación ha desfallecido. La patética experiencia de la Unión Soviética sirve de escarmiento para evitar experiencias similares. Los bolcheviques  no comprendieron a la vanguardia artística que se desarrollo al calor de una auténtica revolución, como la de octubre. Los grandes cambios en la expresión artística  protagonizados por Tatlin, Kandinsky, Malevitch, El Lissitsky y Rodchenko no fueron aceptados.

El modernismo y los soviets nunca se entendieron: las teorías del proletkult concebían  la creación artística como un medio de difusión ideológica y agitación política y se desperdició un valioso talento que pudo haber sido incorporado positivamente a la creación del socialismo. La imposición de una doctrina estética partidista y de una censura, el zdanovismo y el realismo socialista, acarrearon la esquematización y reducción de la vida cultural. Bertolt Brecht, quien nunca perdió la frescura original que le permitió cuestionarlo todo, pudo escribir estos versos: “¡Tú que eres un dirigente, / no olvides  que lo eres / porque has dudado de los dirigentes! / ¡Permite, por tanto, a los dirigidos / dudar!” Pero su consejo no fue escuchado: la credulidad forzosa sustituyó a la duda sistemática.                                                             

La literatura ha desempeñado un papel primordial en los cambios acaecidos en nuestra era.  Moldeando las normas de pensamiento y los modelos de conducta los escritores han  influido en la conformación de nuestra era  y en el proyecto del “otro mundo”  perfectible al cual todos aspiramos. La autoridad que los escritores  ejercen ha estado en relación directa con su concepto de compromiso, con  su deber de identificarse con las causas  vinculadas al desarrollo social.  Edificar la opinión pública es  una función de la literatura  y solamente puede ejercerse cuando existe un fuerte vínculo entre  quienes  piensan y quienes actúan, cuando el emisor de opinión establece una relación con las bases que  animan los criterios.   

Hay quienes constatan que cada día se lee menos y se ve más; la cultura de la figuración reemplaza lentamente a la del entendimiento. La extensión del raciocinio está vinculada a la amplitud del establecimiento educacional.  De otra parte, existen  desafíos que deben enfrentarse:  la intolerancia, el fanatismo fundamentalista, la explosión demográfica, el déficit educacional, la omnipotencia creciente de  las transnacionales de la comunicación,  las catástrofes ecológicas, las migraciones incontroladas, el consumo en auge de estupefacientes, la desigualdad en la distribución de la riqueza. El escritor es un sacerdote laico  y dentro de sus funciones se encuentra la renovación de la fe en la eficacia de las virtudes sociales. La  independencia del intelectual siempre ha estado  menguada por el poder del estado y el absolutismo de los mercados. Ha pasado de los brazos del príncipe al regazo del empresario. Campeador de ideas, de luchas ideológicas,  de  combates espirituales,  el conformismo es el peor anestésico de la eterna vigilia a que está condenada la conciencia. La relación entre la palabra y la autoridad política, entre los signos semánticos y las esferas decisorias, es uno de los fenómenos que ha definido a nuestra época. Los escritores pueden ser  depositarios de una parte del  dinamismo social, de los resortes que actúan como impulsores de la marcha de la comunidad. Para ello   hay que supeditar el oficio literario a un cometido moral que  le otorgue otra dimensión a la tarea de reflejar el ser y  su circunstancia.                                                                                            

El intelectual, en nuestro tiempo, se ha debatido entre la servidumbre y la irresponsabilidad. Al individualismo liberal ha tratado de oponérsele la subordinación a las necesidades corporativas; o nos someten a una disciplina o nos aíslan del contexto social.  El Congreso de Escritores en Defensa de la Cultura de España dio inicio a estas reflexiones y afanes que animaron el combate de los escritores en la primera mitad del siglo XX.

Conferencia inaugural del “Coloquio Festival de Música y Poesía Nicolás Guillén”, convocado por la Fundación Nicolás Guillén, el 10 de julio de 2006, en el Hemiciclo del Palacio de Gobierno de La Habana Vieja.

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.

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