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La Revolución del movimiento

En este artículo: Cuba, Danza, Isadora Duncan
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Muerte de Maurice Bejart

Con el  fallecimiento de Maurice Bejart desaparece una de las figuras fundamentales del arte del siglo xx, uno de los períodos creativos más fecundos, revolucionarios y renovadores de la historia. Bejart fue el ápice de una conmoción que comienza con las experiencias de Isadora Duncan en el siglo XIX, quien marcó una impronta innovadora  que aun no ha desaparecido. Su fascinación con el arte griego la condujo a desarrollar un tipo de danza  muy avanzado para su tiempo. Su proclamación del amor libre, su alejamiento de la rigidez de las normas del ballet –que estudió en su adolescencia–, la convirtieron en un objeto de culto. Se la adoraba o detestaba,  no había puntos intermedios. Disfrutó grandes pasiones como sus amores con el escenógrafo Gordon Craig y el poeta ruso Serguei Yesenin.  Vió en la nueva Rusia el hogar de todos los cambios, la sede de las transformaciones mas audaces, pero terminó  frustrada.  Atrajo la atención del empresario Serguei Diaghilev, quien no llegó a  patrocinarla. Diaghilev fue el animador del resucitar del ballet contemporáneo con su auspicio de las composiciones de Stravinsky y los telones de Picasso.  Fue uno de los grandes talentos artísticos de nuestro tiempo pero no tuvo capacidad creativa. Sabía apreciar,  contaba con un exquisito discernimiento, pero nunca pudo engendrar una obra imaginativa. Diaghilev fue el responsable del éxito de Nijinsky, uno de los genios del movimiento en nuestro siglo.  También puso en el tapete a  maestros coreógrafos como Balanchine, Petipa y Fokine. Anna Pavlova fue  de las grandes criaturas del empresario ruso, aunque tuvo su mayor éxito en Estados Unidos y terminó creando su propia compañía. Otro de los viveros fue el Ballet Bolshoi, que en Moscú generó a estrellas como Maia Plisetskaia. El baile masculino tuvo su ápice en el genial Rudolf Nureyev y en la maestría de Mijail Barishnikov. La prima ballerina Alicia Alonso se formó en Estados Unidos y durante muchos años fue estrella principal del Ballet Theater, de Nueva York. Más tarde formó su propia compañía en Cuba que durante medio siglo ha viajado incesantemente, siendo reconocida en todo el mundo como una de las más importantes figuras del ballet contemporáneo. El advenimiento del cine contribuyó mucho a popularizar la danza moderna y figuras como Fred Astaire le dieron legitimidad al llamado baile de salón. Más tarde coreógrafos como Jerome Robbins, Bob Fosse y Gene Kelly propiciaron el auge de la comedia musical bailada, que ha sido uno de los géneros más disfrutados por el gran público de nuestro tiempo.  La danza moderna es una creación del siglo XX que termina. Surgió del ballet clásico adoptando formas más libres y espontáneas y desechando los moldes estrictos  para ser un vehículo más comunicativo de la emoción. Ruth St. Dennis incorporó el exotismo en la danza desde 1915; más tarde Doris Humphrey puso énfasis en la técnica; Martha Graham acentuó la emotividad del expresionismo y Merce Cunningham rechazó el psicologismo hasta que Twyla Tharp reintrodujo la musicalidad, el ritmo y la narratividad en la danza libre. Pero entre todos estos grandes nombres hay que destacar el de Maurice Bejart, quien fue hijo del filósofo Gaston Berger y miembro de la Academia Francesa. Ingresó en 1947 al Ballet de Roland Petit y en l951 al Real Ballet de Suecia donde creó la primera versión del Rito de Primavera y accedió a la nombradía internacional con su coreografía “Sinfonía de un solitario”. En 1959 pasó al Teatro Real de la Moneda, de Bruselas, y allí hizo la versión definitiva de la “Consagración.” y en 1960 creó “Bolero”, otra de sus grandes producciones. Como director de ópera montó obras de Offenbach y Verdi y en 1983 puso en escena “Salomé”, en el Gran Teatro de Ginebra, con Julia Migenes Johnson.

Ulteriormente dirigió el Bejart Ballet Lausanne del cual era director cuando murió. En un libro de Marie Francoise Christout dedicado a su obra, la autora define su intención suprema como la fundición de las artes del espectáculo en una deslumbrante incorporación de formas y colores, en una síntesis que conduzca al espectador a una hiperestesia donde todos sus sentidos sean ejercitados y satisfechos. Christout concluye que más que un maitre de ballet  Bejart es un fenómeno social. Él afirmó que no aspiraba a ser otra cosa que un testigo de su tiempo. Si sus ballets plantean una dinámica social y política es porque estimaba que el arte es un subproducto de la civilización. No tuvo la pretensión de influir en la conciencia pero creía que si la cultura no contaba con la realidad de su época se convertía en decorativa. Los problemas del racismo, de la ecología, del surgimiento del Tercer Mundo planteaban una revolución que se encuentra en marcha y mantenía plena vigencia. Su sentido de la plasticidad del cuerpo humano es asombroso. Como ha dicho Loipa Araújo, era capaz de convertir cualquier cosa en movimiento. Al cumplirse el bicentenario de la Revolución Francesa, en 1989, Bejart realizó en París un ballet monumental titulado “1789 y nosotros”, que tuvo entre sus estrellas a Loipa Araújo. Bejart logró una gran amalgama donde se  fusionaron el drama y la farsa, la comedia musical y el circo, la salmodia y la astracanada. El crítico Gerard Mannoni, de Le Quotidien de Paris, hizo una apropiada observación: mezcló las edades aludiendo a todas las revoluciones, a todos los continentes; combinó lo material y lo espiritual, los elementos de la naturaleza, las épocas históricas y aturdió con un cuadro que debía tanto al circo como a su mitología personal; ninguna alusión fue vana, ni deforme, ni hueca, ni inútil. Afirmó Mannoni: “Hacer bailar el clero, la nobleza y el tercer Estado, evocar China e India, Robespierre y Fidel Castro, (demostrándole su admiración a ambos personajes históricos),  la guerra atómica y la espontaneidad infantil, la abolición de la esclavitud y la nueva servidumbre ante el dinero,  abordar la idea de revolución de manera anecdótica y a la vez alegórica, representar en un espacio gigantesco haciendo olvidar sus dimensiones,  cincelar un pas de deux o un solo con la misma pericia conque se despliega a conjuntos con líneas irreprochables, mezclar la impresión de muchedumbre y de soledad dentro de una dinámica cuyo motor es la mutación, la metamorfosis, o el juego supremo de la imaginación… ese  ha sido el aporte de Maurice Bejart a la celebración del Bicentenario.” Mucho mayor ha sido su contribución a la revolución del movimiento que ha alentado nuestra era. Visitó Cuba en muchas ocasiones y declaró su apoyo a la Revolución y a Fidel Castro. Innovador, creador exuberante, fiel a sus principios radicales,  ha dejado una profunda impronta en el arte de nuestra época y su nombre crecerá con el paso de los años como uno de los pilares de la nueva visión del arte que comenzara en el pasado siglo.

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.

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