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Los reyes y el tiempo: ¿Para qué sirven las monarquías?

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Hasta hace algunos años solía decirse que a finales de siglo solamente quedarían cinco reyes en el mundo, los cuatro  de la  baraja y el de Inglaterra. Parece que, según van  las  cosas, solamente   permanecerán  los  de  la  baraja.

Los   escándalos de  la familia real británica, el acoso de Diana Spencer, la quema de la efigies de Juan Carlos en España y la despreciativa insolencia del rey Borbón hacia los latinoamericanos, han  erosionado la ascendencia social de la institución monárquica y ya se discute abiertamente  sobre las desventajas de continuar con  un  sistema que poco aporta al caudal nacional.

Gran Bretaña  tuvo en el trono a hedonistas como Eduardo VII, preocupado solamente por el sexo, el vino y la buena  mesa y  a  brillantes inteligencias como la de Isabel I y  su  abuelo Enrique VII, el primer Tudor. Tuvo a una tonta ama de casa,  como Victoria,  a la que apenas interesaba la corona y tenía  que  ser presionada por sus ministros para que cumpliese con sus deberes  de  estado.

Tuvo a libertinos como Carlos II,  a  dementes   como Jorge  III -que se escondía tras las cortinas de palacio  para asustar  a los pasantes-,  y a tímidos tartamudos como Jorge  VI, padre  de la actual reina.

Tuvo a  irresponsables calaveras  como Jorge  IV y  a  empecinados  sustentadores  de  sus privilegios absolutistas  como  Carlos I. También tuvo reyes que  solamente  hablaban alemán, como  Jorge I, y a simpatizantes del nazifacismo  como Eduardo VIII, quien terminó renunciando al trono para casarse con una  horriblemente  fea  divorciada estadounidense.

Todos  ellos supieron  guardar  cuidadosamente sus defectos  y  mostraron  una imagen resplandeciente de la casa real. Eran tiempos en que  un rey aun podía ser mítico, remoto y mágico, pero en nuestra época de  televisión  y prensa amarilla, de democracia  y  apertura  de puertas,  el gran público conoce cada vicio y cada  debilidad  de las figuras públicas.

La  actual casa real británica es un injerto artificial.  Al agotarse  la  legítima dinastía de los Estuardo,  tras  morir  la reina Ana sin sucesión, hubo que apelar a un  pariente distante, un oscuro príncipe alemán de la casa de Hannover para que ocupase el  trono  británico.

Después,  esta  vinculación  germánica  se fortaleció al casar la reina Victoria con un príncipe de la  casa de Sajonia-Coburgo-Gotha. Al estallar la Primera Guerra Mundial el antagonismo  con Alemania forzó a la casa real a cambiar  su denominación  por el apelativo de Windsor, tomado de uno de sus  castillos, pero sin   una  verdadera  raíz  histórica.  Hasta  el apellido de Mountbatten,  del príncipe consorte, es una anglicanización  del alemán  Battenberg.

Durante muchos años el alemán fue  el  idioma utilizado por la familia real en sus conversaciones privadas. Muchas de las espléndidas ceremonias que se estiman  de antiguo origen son muy recientes. La aparatosa apertura que  cada año  hace la Reina Isabel II de las sesiones del Parlamento,  con carrozas, chambelanes   y  diademas  de  brillantes, apenas  se efectuaron durante todo el siglo diecinueve.

El desarrollo de  su economía,  la conquista de un imperio colonial y su  vasta flota que  le  daba el dominio de los mares hicieron de  Inglaterra  la primera  potencia del  mundo, pero  la  opinión  pública  inglesa consideraba a la monarquía un embarazoso anacronismo y tenía poca consideración  y respeto  hacia  la  realeza.

Hacia  1860   los sentimientos republicanos eran tan fuertes en Gran Bretaña que la burguesía consideró que la prolongación y fortalecimiento de  la institución monárquica era la mejor manera de conservar el poder. El ceremonial de la corte fue hipertrofiado para dar un  sustento prestigioso  a la corona.

¿De  dónde proviene la legitimidad del poder real?  Los parlamentarios  ingleses,  animadores de  la  primera  revolución moderna que decapitó a un rey, Carlos Estuardo, opinaban que a un monarca  se  le  respeta  en la  medida  en  que constituye  una representación  de  sus  súbditos y  una  encarnación  viva  del espíritu  de  la Ley, es decir de las normas  que  organizan  las relaciones  humanas. 

La  institución monárquica sirvió  en  sus inicios  como elemento unitario, fue la base organizadora de  los estados modernos. La disgregación de los señoríos feudales  daba lugar a una dispersión de fuerzas y debilitaba la región donde se asentaban.  La concepción del reino fue unificadora y  logró  la subordinación  de  las pequeñas soberanías a un fuerte  gobierno central.  Después se pasó a trasmitir el poder  hereditariamente, aberración que hace depender del azar genético el advenimiento de un buen gobernante.

El  atractivo principal de las monarquías reside en  su atractivo para  difusos sentimientos paternalistas,   a  la  cómoda irresponsabilidad de quien confía en un tutor que se  halla  por encima  de  todos los poderes, de un progenitor omnisciente  que guía y estimula. Las repúblicas descansan en la racionalidad,  el pluralismo  y la consulta a las mayorías. Las monarquías confían en una oscura mansedumbre, en una leal supeditación a un símbolo.

Hay un cierto apego a las tradiciones,  una idea de la identidad, un carisma, un mito nacional que se nutren de la imagen Real. Una de  las ventajas  de  una  monarquía  parlamentaria podía   ser contrabalancear  los poderes elegidos democráticamente,  vg.,  un consejo  de ministros, un congreso, pero en estos días los reyes  tampoco poseen tales poderes. Un rey neutral en política puede  ser  un excelente árbitro, y esa parecería ser  la  última utilidad que le queda al monarca británico.

Walter  Bagehot, uno de los más acuciosos tratadistas de  la monarquía, recomendaba que los reyes debían mantener un  velo  de encantamiento sobre  los   arcanos de su vida para sostener los poderes de arbitraje y   símbolo que aun conservan los monarcas.  El ser humano cede una parte de la soberanía que le es inherente a quien puede servir de conciliador, de regulador armónico de todas las fuerzas en  pugna en el seno de una sociedad. Pero si ese elemento mediador  pierde su  autoridad y prestigio sobre los factores que  debe  arbitrar, cesa su utilidad y conveniencia.

Según The Economist,  la monarquía no merece ya ningún apoyo  pero abolirla  daría  más  trabajo que seguir  cargando  con  ella  y distraería fuerzas de otras metas más importantes. Por lo tanto, según ellos,  hay que seguir soportando ese mal que ya dura más de cien años.

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Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.