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Elecciones en Rusia: La suceción amistosa

13 diciembre 2007

En la primavera del próximo año cesará el gobierno de Vladimir Putin, quien ha cumplido dos períodos en el poder y no puede reelegirse, según la constitución vigente. Durante este lapso Rusia ha disfrutado de un período de crecimiento económico y de estabilidad política que muchos rusos desean se prolongue.

Pero Putin debe hacer espacio a un sucesor y ha escogido como su heredero a Dimitri Medvedev, presidente del monopolio estatal Gazprom que administra los recursos del combustible líquido. A su vez Medvedev ha declarado que de salir electo nombrará enseguida a Putin Primer Ministro.

Se relegaría el cargo presidencial a las funciones restringidas y casi decorativas  que tiene en el resto de Europa: recibir cartas credenciales de embajadores, saludar jefes de estado visitantes y otras  galanuras pintorescas. O sea que Putin continuaría en el poder de una manera enmascarada. Durante el desgobierno del corrompido Yeltsin el patrimonio nacional de Rusia se entregó a ávidos especuladores.

Mediante arbitrarias mercedes, subastas fraudulentas y patrañas financieras  la riqueza nacional fue a parar a los bolsillos privados de forajidos de la economía. Se creo así una legión de facinerosos de cuello blanco que se disputaron entre sí el botín mediante la ley del más fuerte, una especie de “oeste” mercantil. Esos tiburones del capital se lanzaron vorazmente sobre el fruto del pillaje y las guerras de pandillas convirtieron a Moscú en una especie de Chicago de los años veinte.

Algunos fueron especialmente afortunados, como Boris Berezovsky, quien controló Aeroflot y parte del petróleo y Vladimir Gusinzky, quien se  apoderó de los medios de difusión masiva. Tan pronto tomó el poder  Putin comenzó a despedazar a  las mafias para crear nuevas agrupaciones de poder económico que le fueran adictas y devolver al estado su papel director.

Lo más importante es que Rusia estrena un modelo sucesorio en el que no interviene la violencia. Ni la abdicación del zar Nicolás, ni el aparato de control totalitario que estableció Stalin primarán ahora. Kruschov denunció en el XX Congreso del PCUS en 1956 los crímenes de Stalin para facilitar su acceso al gobierno. Breznev conspiró  hasta propiciar casi un golpe de estado del buró político contra Kruschov. 

Gobernó durante  dieciocho  años,  la mayor parte de ellos  en el estancamiento, durante los cuales la Unión  Soviética  se encaminó a su declinación. Tras la muerte de Breznev se produjo una transición pasiva. Andropov entendió  la necesidad  del cambio,  pero  no tuvo tiempo de implantar sus  reformas;  apenas pudo  alentar la nueva mentalidad en  algunos  discípulos, como Gorbachov. En el breve año de su  gobierno Konstantin  Chernenko,   enfermo  y casi inválido, asumió el ocaso del  sistema,  el deterioro de la URSS alcanzó el borde del abismo. La elección  de Gorbashov  era  la  señal esperada para  conducir  a  la  nación soviética hacia una nueva modernización.

La esclerosis política impidió  la necesaria ruptura con el pasado. El  socialismo  solo podía  satisfacer las necesidades materiales y  espirituales  del hombre  mediante  un sistema de administración dinámico  y  ágil, pero el “socialismo real”  se hacía mas moroso y negligente,  ninguno  lograba entender  que  el  mecanismo de su propia destrucción  ya  había iniciado su cuenta regresiva.

Gorbachov representaba el despertar de una capa de dirigentes que había comprendido que si su  modelo de   socialismo  no  se  enmendaba habría  de  perecer. Pero fracasó lamentablemente sumiendo a Rusia en un anárquico desconcierto. Tras el desmantelamiento de la Unión Soviética existe un latente apetito de las masas rusas de recuperar su pasada grandeza, de volver a los tiempos en que el nombre de Moscú era respetado. El hombre indicado para esa tarea fue Vladimir Putin, reemplazo  de emergencia en una situación de crisis.  

Ha  demostrado que posee  el calibre necesario para extraer a Rusia del abismo y no fue -como algunos sospechaban-  un muñeco de paja con el cual Yeltsin se aseguraba la retirada. Quienes le han conocido, antes de la presente coyuntura, aseguran que es un hombre vigoroso,  que ha demostrado en circunstancias difíciles su temple de acero. Su prolongación en el mando de la poderosa Rusia, con una transición equilibrada, asegura una ecuánime legitimidad que servirá de contrapeso al hegemonismo desatado por la camarilla de delincuentes bushistas.

Lisandro Otero

Lisandro Otero

Novelista, diplomático y periodista. Ha publicado novelas y ensayos, traducidos a catorce idiomas. Falleció en La Habana en 2008.