La libertad de las palabras
Vivimos en una extraña época, la del escalofrío ante los conceptos rotundos y la desfiguración de las palabras. Las que antes se usaban como categorías inequívocas en la política y la filosofía, hoy no muestran mayor dureza que la de un flan de calabaza. Causa sorpresa descubrir que un día, por contagio o pereza, o quizás por la tendencia gregaria presente en los seres humanos, nos vemos, apartando de si un término, hoy reputado como excesivamente radical, un nombre, por haber sido muy criticado, en los últimos tiempos, una idea, dizque por pasada de moda.
Mediante miedos ideológicos subconscientes y modas teóricas pasajeras, cuando no por sufrir los embates del terrorismo intelectual directo de los poderes hegemónicos de nuestra época, de los mismos que excomulgan, descalifican, persiguen, silencian, censuran, mienten y fabrican autoridades de espejismos, las victimas hemos terminado inconscientemente, casi por ósmosis, plegándonos a las astutas ideas de nuestros verdugos, aceptando las calderillas del estafador como si fuesen monedas de buena ley.
Pero la realidad es terca y no se rinde. Mientras las palabras que la designan estén cada vez más mediatizadas, maquilladas, machacadas, desfiguradas y prostituidas, al tocar fondo, llega el momento de su revancha. Eso, precisamente, es lo que está ocurriendo.
Las palabras regresan, escapan de manos de sus secuestradores, de quienes intentaron domesticar la realidad mediante la colonización de los conceptos que la designaban, y de las ideas que la explicaban, porque constituyen la antesala de su ineludible transformación. Y ya lo sabe el infalible olfato de los explotadores y de sus lacayos apaciguadores: eso de transformación de la realidad, siempre termina en revolución de la realidad.
Ahora que el Papa Juan Pablo Segundo ha muerto, recuerdo su visita pastoral a Cuba, que tuvo lugar entre el 21 y el 25 de enero de 1998. En aquella ocasión, entre otras muchas formas de nombrar al Sumo Pontífice, se le llamó Mensajero de la Verdad y la Esperanza. Sus mensajes y homilías lo corroboraron: lejos de lo que podría esperarse de la autoridad máxima de la Iglesia Católica, o de cualquier otro dignatario religioso, el Papa llamó a las cosas por su nombre, sin miedo, sin ambigüedades, sin retruécanos. Cuando se adentró en temas relacionados con la vida terrenal de los cubanos, o del hombre de nuestra época, no dudó en usar los términos exactos, aún cuando estos no fuesen nada teológicos.
"Se extiende una perniciosa crisis de identidad, que lleva a los jóvenes a vivir sin sentido, sin rumbo, ni proyecto de futuro, asfixiados por lo inmediato- denunció en su Mensaje a los jóvenes cubanos, (Camagüey, 23 de enero de 1998). Surge el relativismo, la indiferencia religiosa y la falta de dimensión moral, mientras se tiene la tentación de rendirse a los ídolos de la sociedad de consumo, fascinados por su brillo fugaz "
¿Se pudo pedir al Papa mayor precisión, o que llamase más claramente a las cosas por su nombre? ¿Se le pudo pedir más?
No lo creo. Para un Papa romano en tiempos de globalización neoliberal, de predominio casi absoluto del capitalismo y la sociedad de consumo, de pensamiento único, de guerras imperiales preventivas, más no se puede pedir. Para algunos hipócritas, que hoy se rasgan las vestiduras ante su muerte, fue, incluso, demasiado. No dudo que le hayan deseado lo mismo que desearon para Monseñor Arnulfo Romero, asesinado por hablar alto y claro, llamando por su nombre a la represión y a los represores de su pueblo, y señalar sin temor, a las raíces clasistas del conflicto salvadoreño. Para los tiempos que corren, el verbo del Papa resonó en Cuba con especial acento veraz, o lo que es lo mismo, revolucionario.
En la Homilía pronunciada en la Santa Misa, hito final de su visita a Cuba, que tuvo lugar el 25 de enero de 1998 en la Plaza de la Revolución José Martí, Juan Pablo Segundo fue aún más explícito:
" Resurge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables. Así, en ocasiones, se imponen a las naciones, como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicamente insostenibles. De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento creciente de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres."
La grandeza y el valor de estas palabras del Papa fallecido resaltan, con fuerza creciente, cuando regresamos a las palabras encadenadas, a la ambigüedad cobarde, farisaica, de los que por comodidad, miedo, cortedad de espíritu, afán de lucro o maldad mediocre eluden llamar por su nombre a la realidad que nos rodea, fácil expediente para dejarlo todo tal y como está, o lo que es lo mismo, intocadas y eternas las injusticias, las discriminaciones, las exclusiones, las opresiones.
Contrasta la estatura moral de aquel Papa, que se opuso también, públicamente, al bloqueo inmoral del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba y a la guerra en Irak, con la de cierto personaje de la contrarrevolución cubana que ha corrido a escribir en el Miami Herald del 4 de abril un artículo titulado "Gracias, Señor, por habernos dado a Juan Pablo Segundo".
"Con su enseñanza y su testimonio de vida -escribe el servil disidente'- se enfrentó contra los fundamentalismos. Contra los fundamentalismos religiosos; contra los fundamentalismos ideológicos, raciales o de poder, como el comunismo o el fascismo; contra el fundamentalismo mercantil, que a nombre de la libertad económica y de mercado, que son derechos, pretende tratar como objetos de compraventa todo lo material y todo lo humano, llegando a deshumanizar las relaciones dentro de las comunidades y entre los pueblos y deformando el sentido humano de estos derechos al anular la dimensión de la solidaridad y la justicia."
El presunto escritor, en las 43 líneas de su artículo, a diferencia de lo hecho por Juan Pablo Segundo, elude mencionar al capitalismo, como sí hace, directamente, con el comunismo y el fascismo. No lo hace ni una sola vez. No es un olvido, mucho menos una ingenuidad. No puede alegar que representa a Iglesia alguna, ni le sirve el pretexto de que debe ceñirse a un lenguaje teológico, elevado, etéreo. Se nota que el -¿autor?- se dedica profesionalmente a la política contrarrevolucionaria, la misma que ordena, coordina, orienta, protege y paga el imperio. El sistema que no se atreve a mencionar siquiera, como haría un judío ortodoxo al que se pidiese llamar a Dios por su nombre, es un concepto político.
A diferencia de Juan Pablo Segundo, que tenía tantas comprensibles razones para eludir llamar al capitalismo por su nombre, y que podía haber utilizado tantos eufemismos para criticarlo, el vocero de la CIA, jamás criticará con honestidad, con rigor, ni en voz alta y clara, al sistema que nos intenta vender como la más milagrosa panacea para el futuro de Cuba. Si lo hiciese, cree, no sería bueno para el negocio. A fin de cuentas, supone, ¿cuándo se ha visto a un mercader criticar la mercancía que oferta?
Con esta manipulación de la palabra, con estos eufemismos oportunistas, el "demócrata escritor" creado por el imperio se reduce aún más, si cabe. En la comparación, Juan Pablo Segundo se agiganta.
Mal andan estos cripto-servidores del capitalismo cuando sienten horror ante la verdad y las palabras, e intentan engañar a los cubanos con lenguaje aséptico, sibilino, hipócritamente puritano. Donde dicen "democracia", y "transición", carecen del valor moral y de la entereza de especificar su intención agregando las palabras "burguesa", y "capitalista". ¿A qué tanto miedo?
La Revolución no solo liberó a los cubanos, sino también a las palabras.
Juan Pablo Segundo siempre habló claro, porque no temía a su pueblo. Otros, como el articulista de marras, no pueden.

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