¡Participa! en el V Concurso de Microrrelatos, convocan el Instituto Cubano del Libro e Ideas Multimedios

Ideas Multimedios y el Instituto Cubano del Libro convocan a la quinta edición de nuestro Concurso de Microrrelatos, que desde 2017, dedicamos al advenimiento de la Feria Internacional del Libro en Cuba.
¡Participa! Demuestra en un relato corto tus capacidades como narrador. El ganador obtendrá una colección del Instituto Cubano del Libro, presentes de Ideas Multimedios, así como la oportunidad de publicar su obra en este sitio web. Además, se hará una recopilación de los mejores textos y será publicada en formato e-book.
Si quieres ser el ganador, solo tienes que escribir un texto, que no exceda los mil (1 000) caracteres (sin espacios), que nos permita descubrir al escritor que eres. Inspírate y echa a volar tu imaginación, escribe un cuento, el inicio de una novela o testimonio…
Deja tu microtexto como un comentario en esta entrada. El plazo de admisión vence el domingo 22 de febrero, día que concluye la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana.
Escogeremos tres premios. El jurado estará integrado por reconocidos escritores y periodistas cubanos. Los resultados se publicarán el 22 de marzo, justo el día que concluye la Feria en Santiago de Cuba.
Nos comunicaremos con los ganadores a través del correo electrónico que escriban al enviar el comentario con su obra.
¡Participa!
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El dragón abrió sus fauces sobre la pequeña isla, escupiendo fuego sobre cada cuidad y pueblo. Sin embargo sobre los techos de las casas se abrieron unos enormes espejos que absorbieron las llamas. Y de esta manera la ínsula se fortaleció y derrotó a la bestia.
Condición
No tengo nombre en verdad. Antes fui calor, no vida: calor. Después fui gas que
quemaría pulmones que aún no existían. Luego fui agua espesa, selva cerrada,
hielo sin testigos.
La vida no me pidió permiso, apareció, probó, falló, insistió…
No protejo, no cuido, no amenazo… establezco. Todo lo que vive lo hace bajo
márgenes muy estrechos. Ustedes
creen que destruyen. ¡No! ¡Redistribuyen!
El fuego no es enemigo, el huracán no es ira, ni la sequía es enfermedad. Son
“ajustes”. He visto océanos hervir sin duelo, ecosistemas enteros desaparecer sin
ruido. Siempre hay vida, a
veces no respira oxígeno, ni camina erguida,
ni piensa. Eso no es una pérdida.
Hablan de futuro como si fuera seguro. Hablan de salvar como si yo pudiera ser frágil. Escucho sus máquinas, puedo sentir
sus residuos y registro cada cambio; pero no reacciono, apenas me configuro. Les
dejo señales: suelos agotados, aguas densas, silencio donde hubo alas. Todas
consecuencias, no son mensajes.
Pueden adaptarse, pueden irse, pueden desaparecer. Nada de eso me altera.
Jamás prometo permanencia ni comodidad, solo condiciones. Mientras exista habrá
vida, aunque no sea necesariamente la suya.
CONFESIONES FRENTE AL PAREDON
"Sí, sí, señor capitán, digo, señor juez, así me decían; pero mi nombre es...Ah, que ya sabe que me llamo Domingo Pantoja Estrada. Entonces...Qué por qué me decían Patá e Mulo?. Se lo voy a explicar. Yo creo que era porque yo nunca daba con las manos.Desde muchacho, señor, siempre daba con los pies. Para defenderme, usted sabe, uno tiene que defenderse de alguna forma, y siempre me gustó más dar con los pies. Algunas veces me tropezaba con tipos que le tiraban piñazos a uno, y entonces calculaba bien la distancia y mientras los otros lo sujetaban, le soltaba la patada.Sí ahí, donde usted dice.Pero yo nunca estuve metido en eso de andar matando gente.Mire, por esta se lo juro.Lo del muchacho de Chicharrones, en Santiago de Cuba, no tuve que ver. Sí, yo era cabo del SIM, pero no tuve que ver nada con eso. Que los otros dicen qué sí, que fui yo el que le enterró un clavo en la cabeza, Repito, no fui yo. Ellos dicen eso para salvarse, aunque el muy cabrón bien que se lo merecía. Yo...... . . .
Una profesora con piernas lindas
Fue por allá por la década de los 90 cuando se crearon los campamentos agrícolas para apoyar la agricultura. Fidel personalmente controlaba los resultados de este programa y visitaba los campamentos para intercambiar con los participantes.
La Cujae participaba en “La Fortuna” donde todos los estudiantes y profesores trabajaban durante 15 días del curso escolar. Ese día ya habíamos almorzado y estábamos” por los alrededores del campamento descansando cuando vimos venir hacia nosotras un grupo de jeeps y gente vestida de verde olivo y por supuesto enseguida escuchamos los gritos de Fidel, es Fidel.
Fuimos al comedor y comenzaron las preguntas como el acostumbraba a hacer sobre todo cuando se reunía con jóvenes ¿en qué están trabajando? ¿cómo está la productividad? ¿cómo las están atendiendo? Y de pronto fijó su mirada en mí y me preguntó y tú ¿qué estudias? Rápidamente mis alumnas se echaron a reir y le respondieron no, ella es profesora. Entonces Fidel que no perdía ni a las bolas, con mucho respeto, sonriendo dijo: pero su profesora tiene unas piernas muy lindas y casi con esta frase concluyó el intercambio..
El teléfono vibró. Era su nombre. Sonrió, aunque sabía que ya no estaba.
“Elocuencia”
Entré al ascensor repleto de personas.
–Marque el piso 15 –solicité el favor.
Comenzamos a ascender.
Una señora abrumada masculló:
–¡Esta terrible crisis…, santo Dios!
Los metales chirriaron. La luz interior pestañeó.
Se detuvo el ascensor. Dio saltos de fatiga.
Descendemos en picada libre.
Gritos.
Espanto.
–¡¡¡Mente en blanco!!! –supliqué.
Se detuvo.
–¡¡¡Seamos optimistas!!! –pedí con entusiasmo.
Retomamos el ascenso…
Los malos pensamientos pesan demasiado.
“El amor y el tiempo”
–¡Demos vuelta a nuestro reloj biológico! –le dije a mi esposa con ojos febriles.
–¿Al tiempo que nos conocimos en aquella fiesta?
–¡¡¡Sí…!!!
Sus ojos se iluminaron.
Accioné el mecanismo. La aguja la detuve en aquel día a finales de la década del 70.
“¡Brown Girl in the Ring…!”
Ella tarareó: “¡Cha la la lá…!”.
Vestía zaya pitusa, blusa ligera; calzaba plataforma; lucía gafas oscuras; pelo rizado.
–¡Joven! –le dije meloso–, ¿bailamos?
Miró mi profusa melena, bigote y patilla; pantalón campana, camisa Manhattan… Cuerpo atlético y fornido.
En la segunda canción… “el gato que está, triste y…”, le quise robar un beso.
La aguja del reloj se puso en movimiento sin piedad.
Nos regresó a este momento.
Yo, calvo, barrigón, arrugado y viejo.
Ella se acercó y con cariño me dio el beso, aquel que por primera vez le quise robar.
“¡Amor, no más!”
Juntos entramos –después de 30 años de matrimonio– a aquel insólito almacén, pero cada cual llevaba un rumbo y encargo diferente.
Debíamos escoger una nueva apariencia exterior –la perfecta– el uno para el otro.
Todo gratis.
Entré al Departamento de “Rostros”. Estaban todos los más bellos; de ojos vivaces, piel tersa, de figura simétrica; caras muy bellas, admirables...
Proseguí.
Accedía al Salón de “Torsos y Troncos”. ¡Qué gusto! Senos tentadores, cinturas talladas a mano, glúteos de ensueño… Todo encajaba en su talla.
Entré al recinto de “Piernas”. ¡Maravillas!
No miré más nada.
Fui con mi cesta vacía hasta la Caja Registradora.
Allí estaba mi esposa sentada esperándome igual con su cesta vacía.
Nos abrazamos y besamos.
¡No quiero otra!
“¡Mi Cuba!”
En mi recinto atesoro tres resquicios sagrados.
Por el primero aguzo la vista y me veo niño, joven. Movilizaciones, entusiasmo, ¡Un Fidel que vibra como en la montaña!, sueños, promesas, internacionalismo, solidaridad, ¡Patria!
Me aparto alegre.
Me acerco a la segunda rendija. Veo el hoy. Pujanza, entrega. Dificultades. Amenazas. Resistencia. ¡Patria!
Me retiro comprometido.
¡Un mundo mejor es posible!
La tercera oquedad es el futuro.
Me aproximo decidido. Veo:
¡Mi bandera de la estrella solitaria!
¡Patria!
“Tesoro”
El viejo pescador vio algo en la orilla que le llamó la atención.
Se separó discretamente de sus dos compañeros de pesquería. Tomó el peculiar objeto y lo guardó en su jolongo.
–¡¿Qué escondes ahí?!
El viejo los miró con pena.
–¡Nada!
–Te conocemos, debe ser algún tesoro…
Ante la insistencia extrajo la delgada piedra rectangular y mohosa. La mostró.
Uno de ellos la tomó en sus manos.
–¡Tiene inscripciones! ¡Parecen letras!
El otro pescador mojó con agua de mar la fina laja; frotó con su raída camisa y despejó el moho y los microorganismos adheridos por siglos.
–¡Lleva demasiado tiempo flotando en el mar! –exclamó el intruso–. ¡Parece que viene de muy lejos!
El viejo mantuvo silencio. Su corazón se agigantó. Sabía que era un gran tesoro.
–¡Hay algo tallado! ¿Qué idioma será? –exclamaron a coro los curiosos amigos.
–¡Es lenguaje adámico…! –dijo con plena seguridad el viejo.
–¡¿Ada... qué…?!
–El idioma que se hablaba en tiempos de la Génesis –respondió el viejo–, en la época de la creación divina…
Los dos pescadores ingenuos e iletrados –devolviéndole la laja al viejo– echaron a reír a carcajadas.
–¡Es la primera carta de amor, masculló para sí el viejo, de Adán a Eva!
Cuando la vi por primera vez, como un trueno estalló entre mis piernas, y pensé que todos los días pueden ser primavera..
"LUZ DEL MUNDO" :
Y miré al cielo asombrado, lloré y reí como nunca lo había hecho. Gané, fue lo que salió de mi boca en ese momento. Frente a mi estaba la más bella de las ciudades . Hecha de oro maciso tan puro como el alma de un niño , sus puertas de la más fina madera . Desprendia está una luz refrescante , fría y cálida a la vez . La miraba y me generaba nostalgia como si la conociera de toda la vida . Entré sin pensarlo y como un hombre libre corrí y corrí , no me agotaba , en cambio me sentía más fuerte en cada paso . Caí entonces en un riachuelo pero no sentí dolor, en cambio sus cristalinas aguas me aliviaban más y más . Me recosté y pensé en los momentos más duros de mi vida pero estos se fueron al instante al ver tan bello sol , un sol que no quema ni enveje la piel . Respiré hondo y con el corazón satisfecho me dormí en paz . Está ciudad es el premio para quien resiste , lucha tu premio y llegarás a ser tan feliz como este hombre.
" ¿ Si soy Jacob serías mi Raquel ? "
Dulce amor mío , bella eres entre las mujeres . Tan hermosa eres que daría mi alma por ti , cada día te veo pero tú no me miras con los ojos que yo te miró. En cada momento conversamos pero tú me miras como amigo pero yo te quiero como esposa desde hace años . Me duele mucho mi vida cada que no te confieso mis sentimientos. Desearía ser mas valiente , ser mas bello para así quizás enamorarte . Mi corazón quiere estar junto al tuyo pero la vida no nos dejá. Que duro es el destino que me separa de esta bella doncella .
"LUZ DEL MUNDO" :
Y miré al cielo asombrado, lloré y reí como nunca lo había hecho. Gané, fue lo que salió de mi boca en ese momento. Frente a mi estaba la más bella de las ciudades . Hecha de oro maciso tan puro como el alma de un niño , sus puertas de la más fina madera . Desprendia está una luz refrescante , fría y cálida a la vez . La miraba y me generaba nostalgia como si la conociera de toda la vida . Entré sin pensarlo y como un hombre libre corrí y corrí , no me agotaba , en cambio me sentía más fuerte en cada paso . Caí entonces en un riachuelo pero no sentí dolor, en cambio sus cristalinas aguas me aliviaban más y más . Me recosté y pensé en los momentos más duros de mi vida pero estos se fueron al instante al ver tan bello sol , un sol que no quema ni enveje la piel
!Arriba!
Es un grito que detiene, penetra, rompe en pedazos el sueño.El eco traspasa la puerta de entrada de la barraca, y rápido, corre por entre las hileras de hamacas, las rodea, se desliza por encima de lonas y mosquiteros, llegando hasta zonas tranquilas del cerebro de los hombres.El grito es un relámpago breve, que se aleja por los hoyitos del techo de zinc, por donde penetra la opacidad del cielo. !Arriba, caballeros, que ya son las cinco! Algo allá adentro, el dolor de los músculos y las ampollas de las manos, quieren resistirse, pero no hay remedio.Entonces todo vuelve a ser como ayer, como mañana, por que !Arriba! es un grito que rompe en pedazos el sueño y enseña los secretos de la madrugada al machetero.
Tratamos de comprender el tiempo vivido, detrás una sombra, una sombra que nos hace revivir y luchar por lo que parece imposible, un gigante nos acecha trata de lastimar y tiene cómplices, pero una fuerza que alza el brazo y una voz nos dice, podemos, podemos vencer que hay un futuro cerca. Las lágrimas se secan el sol nos ilumina, ya vencimos.
Me despierto en el sofá otra vez. La televisión está encendida en el canal de noticias, nada nuevo. La voz de la reportera resuena en la sala:
-El asesino de las flores vuelve a actuar esta noche. Su víctima una joven de 16 años, llevaba una corona de flores, esta vez eran rosas con las espinas.
Apago la televisión. Otra noche sin recordar nada. Detecto un olor extraño, inmediatamente huelo mis manos. El mismo olor de siempre: flores mezclado con óxido. Golpean la puerta, las imágenes irrumpen en mi mente. La abro y una sonrisa cruel aparece en mi cara, no lo comprendo o quizás sí....:
-Policía, manos arriba usted está bajo arresto.
-Ups, al parecer no habrá quien cuide el jardín y siembre nuevas flores.
El aire en la Gran Biblioteca Onírica siempre tenía un dulzor metálico, como si el óxido de los recuerdos se mezclara con el polvo de las expectativas. Me llamo Noe y soy cronista de sueños. Mi oficina, un cubículo diminuto, no mucho más grande que un confesionario, abarrotado de carretes de éter onírico y terminales parpadeantes. Afuera, más allá del cristal esmerilado, el salón principal se alzaba como una catedral de la memoria, sus estantes repletos de orbes translúcidos, cada uno conteniendo el frágil eco de una mente dormida.
Aquel martes, el turno prometía ser tan monótono como cualquier otro. La mayoría de las "donaciones" eran variaciones de caídas libres, exámenes olvidados o el clásico de perderse en un laberinto sin fin. Mi trabajo era procesarlos, clasificarlos por temáticas emocionales y archivarlos en las bóvedas etéreas. Un trabajo esencial, claro, para la psique colectiva, pero rara vez emocionante.
Hasta que llegó la caja de los recurrente.
Era una caja de madera de ébano, sin marcas, depositada en mi mesa con una nota escueta: "Alta recurrencia". No era común recibir algo así sin un remitente o una etiqueta de procedencia. Al abrirla, encontré no los usuales orbes, sino pequeñas gemas opacas. Eran fragmentos de sueños, no sueños completos. Eso era inusual.
LOS APELLIDOS FANTASMAS Siempre supe quién era por la línea clara y narrada, la línea de las mujeres. Mi abuela Paulina, con su memoria de notaria sagrada, me había trazado un árbol genealógico por vía materna con la precisión de un cartógrafo: estos fueron mambises, aquel fue español que combatió contra ellos, aquella otra se casó en tal año y tuvo tantos hijos.
Era un linaje de tinta oscura sobre papel blanco, de gestas y traiciones que se explicaban bajo el sol caribeño. En ese mapa, yo era un punto lógico: el nieto de narradora, heredero de historias. Tenía los ojos azules de un bisabuelo gallego y el apellido firme de los que pelearon en las guerras de independencia. Mi identidad era una casa construida con ladrillos de anécdotas y argamasa de orgullo. Revolucionario por convicción, y por sangre, también.
Pero debajo de esa casa solariega de la memoria, el suelo era inestable. Un subsuelo de sombras y silencios que pertenecía al otro lado, al lado del padre. De él, solo tenía retazos: un hombre de sonrisa escasa y oficio de mecánico, que hablaba poco de su pasado. La genealogía paterna era un mapa borroneado por la lluvia, donde los nombres se desdibujaban y los caminos se interrumpían en precipicios.
Los primeros indicios vinieron en susurros. Un tío borracho soltó en una reunión: “En esta familia hubo un chino, ¿sabes? Le cambiaron el nombre.” La frase quedó flotando como un humo acre. China. No había ningún rasgo en mi rostro que lo delatara. Yo era, a todos los efectos, el descendiente de españoles de ojos claros. ¿Un chino? Debía ser una confusión, una leyenda de familia pobre, una de esas invenciones que surgen para sazonar una historia demasiado plana.
Pero la pesquisa, una vez iniciada, es un demonio que no se aplaca. Y en los archivos polvorientos, el fantasma tomó forma. Manuel Peña. Ese era el nombre. Pero antes, en un acta de inmigración ilegible, había otro: un nombre cantonés, una serie de sonidos musicales e impronunciables que algún funcionario de aduanas, en un acto de torpeza colonial, había trocado por un “Manuel” y un “Peña” sacados de la nada. No fue una hispanización. Fue un borrón y cuenta nueva. A mi bisabuelo le arrancaron su identidad en el muelle mismo, junto al fardo de sueños que traía para construir el ferrocarril. Le dieron un nombre de fachada, un disfraz de puro trámite, y lo mandaron a la manigua a cortar caña. Su historia, su lengua, su rostro verdadero, se perdieron en el sudor de los primeros días. Lo único que pasó a sus hijos fue ese apellido prestado: Peña. Un apellido que era una máscara.
Y la máscara tenía capas. Porque más adelante, en otra generación, otro hombre —el padre de mi padre— firmó con otro nombre: Izquierdo. Un apellido con peso de tierra, español también. Pero ese hombre, por razones que las actas no explican (¿deshonra?
¿otra guerra? ¿simple desapego?), no reconoció a sus hijos. Y así, la línea paterna, ya despojada de su raíz china, fue despojada también de su rama española inmediata. Mis abuelos paternos se quedaron, otra vez, con el apellido de fachada, con el apellido fantasma: Peña.
Así que mis apellidos, Norge Manuel Peña Hernández, son una filigrana de ausencias.
· Norge: un nombre de guerra de mi padre, un capricho sonoro sin pasado.
· Manuel: el nombre de pila del fantasma cantonés, el único rastro que quedó de él.
· Peña: la máscara burocrática, el apellido que no es de sangre sino de conveniencia oficial.
· Hernández: el único firme, el de mi madre, el de la línea narrada, el de los mambises y los españoles de historias claras.
Soy un hombre construido sobre un vacío. Mi fisonomía española, mis ojos azules, son la fachada perfecta de una catedral cuyo subsuelo es una cripta de sombras asiáticas y nombres negados. Llevo en mi carné de identidad el nombre de guerra de mi padre, el nombre bautismal de un bisabuelo despojado, el apellido-capa de ese mismo bisabuelo, y el apellido verdadero de mi madre. Es un documento de identidad que es, en sí mismo, un documento de desidentificación.
tiene la revista entre las manos, el artículo parece echar raíces en sus opiniones futuras, tiene la vista encima de los lentes, la serenidad incrustada en el paladar por el opaco sabor de la yerba, tiene en la mano el calor de un mate que le cose la paciencia contra las uñas. Hay sobre la mesa ratona una caja de bombones abierta, que él debe haberle comprado a Martha. Ella tiene un tejido entre las manos y el hábito de desayunar chocolates, pero también tiene una mueca de alegría que tal vez pronto vuelva a cerrarle los ojos, las dos heridas que provoca el sueño recién perdido.
Cuento camagüeyano
Érase una vez un señor de Camagüey al que le regalaron tres vacas argentinas, las que él quería mucho, cuidaba y bañaba amorosamente.
El señor de que les hablo gustaba de irse a dormir apenas anochecía, para así poder levantarse de madrugada y partir de inmediato a ordeñar sus vacas. Esto ya se había convertido en un hábito, y aunque fuese domingo o fiesta nacional, él competía con los gallos más insomnes para ir a ver cómo habían amanecido sus queridos animales. Sin embargo, a pesar de todas sus atenciones y desvelos, las vacas no parecían muy alegres, lo que el hombre atribuyó a cierta añoranza por sus Pampas de origen.
Un día la situación llegó al límite: cuando el señor camagüeyano se levantó tempranito y fue a ordeñar las vacas, estas dormían profundamente, y por más intentos que hizo por despertarlas, no lo logró. Regresó entonces cabizbajo a su casa, donde le contó a su mujer todo lo sucedido. Ella lo miró con aire de pena y le dijo:
“Manuel, Manuel, ya te he dicho mil veces que madrugas demasiado. ¿Sabes qué hora es?… ¡Las nueve de la noche!… Mira, hombre, atiende este consejo: deja dormir en paz a esas pobres vacas argentinas y ocúpate más de mí, que soy de tu país.”
Me remuevo incómodo en la cama, entre sueños, aun tras las cortinas del gran ventanal junto a la cama se cuelan algunos rayos de sol que impactan directamente en mi cara. Siento como si llevara muchísimo tiempo acostado. Fuerzo mis ojos a abrirse y busco a tientas el cuerpo que debería hacer a mi lado.
Pero no está.
No la siento.
Parece que hoy se ha levantado antes. Estiro ambos brazos mientras bostezo y salgo de entre las sábanas. ¿Por qué no me despertó? Me gusta verla comenzar el día, si no la veo hacerlo es como si mi día no empezara tampoco.
Ando al baño a cepillarme los dientes. Todo tiene un brillo especial, algo suave, como de ensueño y me encanta, hace que todo sea hermoso.
No hay pasta dental. Es raro, Tabitha nunca espera a que se acaben nuestros víveres u otras necesidades para reponerlas. Es la mujer de mi vida, me ha dado todo con lo que alguna vez había soñado: un hogar cálido, un matrimonio perfecto; toda mi vida la ha llenado con su amor y su maravillosa presencia.
Bajo a buscarla. Todo está ordenado, como de costumbre, ella jamás permitiría que un libro se saliese de su lugar o que uno solo de los calcetines que acostumbro extraviar estuviese 15 minutos fuera de lugar, pero hoy todo está en orden... y en profundo silencio...
La busco por la casa. Llego a la cocina y no la veo que el horno está abierto, quizás estuvo por aquí. Sigo hacia el comedor, huele delicioso, la mesa reboza con los platillos que acostumbra darme para el desayuno. Huevos revueltos sobre las tostadas, carne en pequeños trozos (ella insiste en que debo alimentarme más), y en su bol favorito, fruta picada tal como le gusta; un mantel blanco impoluto cubre toda la mesa y en el centro, lleno de margaritas, está el florero que le compré hace unos 6 años en aquel festival anual que adoramos, el lugar donde nos conocimos y donde le pedí, casi en súplica, que fuese mi esposa; sin embargo, ella tampoco está aquí.
Continúo con mi búsqueda. No la veo en el jardín y es inusual que a estas horas no esté regando las flores que tanto ama, las sembró por sí misma y recuerdo el orgullo que sintió cuando florecieron hermosamente, de él es que saca sus margaritas. Con sus flores perfuma nuestra casa, sus cartas y quizás por eso siempre huele ella tan dulce. Por eso se ríe cuando la llamo "Flor" y no Tabitha, pero siempre creí que si ella se hubiese llamado Flor, a las flores las hubiesen llamado así en su honor.
No entiendo dónde es que puede estar, he buscado en casi toda la casa. Entonces recuerdo que no he mirado aún en el salón y corro hacia allí, gritando su nombre con la mayor serenidad posible, sé que odia los escándalos innecesarios.
Llego y la veo junto al ventanal. Las cortinas del salón están abiertas de par en par y dejan entrar toda la luz posible, que la ilumina y destaca como si ella también estuviera hecha de sol. Danza con una escoba, pero baila más de lo que barre. Sé que está recordando viejos pasos, lo que antes movía su vida; gira y su cabello suelto y desordenado lo hace con ella, aun no repara en mi presencia. La observo un poco más: sus fuertes rizos dorados que resplandecen más que el que brilla allá entre las nubes, su piel blanquecina, mejillas rosadas y ojos color miel... y esa sonrisa tan noble como traviesa, que ha puesto mi mundo patas arriba. El vestido amarillo pastel que lleva descubre sus hombros y llega hasta sus rodillas, tiene un fino velo, tiene muchos vestidos como ese, y recién noto que va descalza. Ríe al pillarme observándola y solo puedo acompañar su risa, que se pierde en el viento, hace ecos en mi cabeza.
Nunca podría cansarme de decir que Tabitha es mi adoración...
Gira como antes lo hacía, con la punta de sus pies, como lo hacía antes de lastimarse y tener que renunciar a la danza, falla en su forma de ejecutarlo y debo apresurarme a socorrerla para que no caiga al suelo, solo cae la escoba.
Ahora yace entre mis brazos, la mantengo ahí, como si fuera a besarla, me sonríe, y por un momento, me pierdo en ella.
--Eres el centro de mi mundo, Flor --le confieso, aunque sé que lo sabe, siempre se lo hice saber.
Ella me sonríe de nuevo, mas esta vez con una extraña melancolía en su expresión, que hace temblar mi corazón. De repente, todo se siente frío.
Heroicidad
Mientras hojeo un viejo libro, aparece muy orondo entre sus páginas un pequeño animal, lo suficientemente raro para que mi cerebro no pueda encasillarlo en los dos o tres estantes que reserva para ello. En cuanto lo miro, me cercioro de que tiene una peligrosa tenaza, o una espada ponzoñosa –vaya usted a saber– de por lo menos dos milímetros de largo.
Asaltado por un repentino afán de protección –hacia mi familia, que pudiera verse amenazada por una grave enfermedad transmitida por ese bicho, hacia el libro, y tal vez incluso, ¿por qué no admitirlo?, hacia mí mismo–, de un fuerte soplido lo lanzo hacia el piso.
Todo ha sido muy rápido, casi instantáneo. Veo ahora como el terrible animal se siente un poco desorientado, al encontrarse fuera de su hogar de siempre, donde seguramente lo querían y respetaban. Pero pronto valora su nueva situación y, sin derramar una sola lágrima, se desplaza muy seguro hasta la pata del armario más cercano, tras la cual desaparece, triunfador, una vez más.
Rolling por tercera
Mientras veo la televisión, con frecuencia me batean un rolling duro por tercera base, la posición que cubro desde niño. En ocasiones son líneas bajitas que me pican ahí mismo, delante de los pies, pero que atrapo elegantemente de short bounce, muy seguro.
Un momento que siempre guardaré en mi memoria con particular emoción es aquel noveno inning del juego decisivo del Torneo Olímpico, cuando ganábamos por una carrera, pero nos llenaron las bases, sin outs. En esa situación, me batearon el rolling más difícil que recuerdo en mi larga carrera: durísimo y por encima mismo de la raya. Sin embargo, tirándome de cabeza, lo atrapé espectacularmente y con el impulso pisé la base y toqué al corredor de tercera. De inmediato me incorporé, tiré a primera y completé el triple play… ¡Me pasearon en hombros por todo el estadio!
Pero el deporte tiene también sus momentos amargos: hace unos meses, con el graderío repleto, me dieron un rolling manso, de frente, totalmente inofensivo, que se me fue entre las piernas porque en ese preciso momento se le ocurrió a mi hija preguntarme desde su cuarto:
“¿Papi… cómo se llama la película?”.
Imagínense la rechifla que debí soportar.
El monstruo apareció en silencio, levantando muros invisibles alrededor del país. Creyó que el miedo sería suficiente para encerrar a todos, que las voces se apagarían tras sus barrotes. Pero el pueblo comenzó a latir como un solo corazón: primero fueron susurros, luego cantos, después pasos que se unieron en marcha. Los vecinos llegaron con herramientas y esperanza, derribando cada muro como si fuera de papel. El monstruo rugió, intentó aplastar la rebelión, pero su fuerza se volvió humo frente a la solidaridad. Al caer la última reja, el monstruo se hizo pequeño, tan pequeño que desapareció en el eco de su propio miedo. El país respiró libre, sabiendo que la unión era más fuerte que cualquier prisión.
La forja de un escritor”
–Rivalta, lee tu relato –sugirió el promotor del curso especializado en crítica literaria y formación de escritores.
Los presentes aguzaron sus sentidos. Era la quinta vez que en colectivo sometían a severo examen tal narración. No interiorizaban el relato, le decían. Tal vez le fallaba la técnica narrativa, la intencionalidad.
–¡Hay que pulirlo! –le recomendaban.
–¡Lee más a los clásicos! ¡Te hará bien!
–¿Y mi estilo?
–Já…
La versión de hoy le pareció un poco mejor.
Una gota de sudor frio descendió de su frente. Engoló su voz y comenzó a leer con cadencia:
El temporal no amainaba. Las torrenciales lluvias hacían el tránsito imposible por aquellos vericuetos ocultos en la selva. El caballo fatigado apenas avanzaba por el lodazal; la espesa manigua enmarañaba la ruta con gajos y espinos caídos. Pero había que cruzar el río a tiempo. Varias jornadas de marcha lenta y sinuosa lo habían retrasado; corcel y jinete transitaban sigilosos. Los enemigos como fieras hambrientas lo seguían muy de cerca. La resolución era cumplir la patriótica encomienda. Desde media legua escuchó el ruido atronador del agua con el arrastre de megalitos y árboles desprendidos de raíz. Sabía que era el obstáculo mayor en toda la ruta. Desde un promontorio divisó el majestuoso torrente. Evaluó por dónde mejor cruzar. Tarea difícil. Ya declinaba la tarde, por demás oscura y relampagueante. La lluvia intensa se acrecentaba; una demora más frustraría la misión. Espoleó su extenuado caballo y confió en la providencia. ¡Por aquí!, dijo. Tanteando los pasos avanzaron; parecían por momentos caer y sucumbir. Con mucho batallar lograron arribar al centro del peligroso cauce. A pesar de su avanzada edad aun dominaba el arte ecuestre. Pero las circunstancias del cruce eran muy riesgosas. Varias veces zambulleron bestia y patriota; los arrastres sólidos y filosos magullaron sus cuerpos. Ensangrentados al fin alcanzaron la otra orilla. Ya a salvo detuvo el potro en una pequeña colina y contempló majestuoso el río encrespado. Sonrió satisfecho. Relinchó varias veces su caballo; soltó la rienda; lo azuzó y ambos desaparecieron en medio de la floresta. Fue entonces que…
–¡¡¡Aguanta ahí, Rivalta!!! –gritó desaforado Kiril.
El aludido detuvo su narración y miró desconcertado al vocinglero. Su corazón agigantó su trotar. Ya le tronchaban a mitad de camino su “obra”.
Los otros cursantes también se inquietaron.
Kiril se apresuró a despojarse de su ropa; con la misma se tiró al bravío río hondo y comenzó desesperado a nadar.
Su perro Canelo otro tanto hizo; siguió a su amo.
Rivalta dio palmadas eufórico, gritando: “¡Lo logré!”…
Rebeca subió a la silla y neurótica advertía: “¡Cuidado Kiril! ¡Te arrastrará la corriente!”.
Otros cursantes vociferaban: “¡Sal de ahí, loco, está tronando muy fuerte!”.
En el mismo centro del río Kiril buceó. Al rato asomó atolondrado la cabeza y ordenó:
–¡Canelo, zambulle aquí!
El fiel perro obedeció la orden; llenó de aire sus pulmones y se sumergió.
Transcurrieron unos interminables minutos. Ni Kiril ni Canelo daban señal de vida. Evidentemente el río se los había tragado.
Gritos de horror.
Calamidad.
Lloviznados, todos subieron aterrados a las mesas para otear mejor en medio de aquel vendaval.
–¡Se ahogó Kiril!
–¡Qué desgracia, mi Dios!
–¡El pobre!
El custodio, responsable del orden de aquella Sala en la casa de Cultura, donde se efectuaba el curso, despertó. Miró sin comprender aquella escena de dolor y llanto.
–¡¡¡Por allí están!!! –gritó Zoila eufórica indicando con el dedo índice.
El custodio no vio nada ni a nadie.
–¡Hay que tirarle una soga! ¡Pronto!
Reinó la alegría.
–¡Hay que auxiliarlos o se ahogarán!
Todos descendieron de las mesas. Los varones se quitaron los cintos; las mujeres donaron sus bolsos con asas alargadas e improvisaron un cordel uniéndolos unos con otros. Se acercaron a la orilla próxima y tiraron la estrafalaria cuerda.
Las aguas del río estaban descontroladas. El viento soplaba aun con más fuerza. Se inundó la Sala. Los libros caían de sus anaqueles. Las hojas de Rivalta revoloteaban como alocadas palomas. Las lámparas estallaban en el piso. Gran caos.
El guardián se puso las manos en la cabeza. ¡No lo podía creer! ¡Aún estaba en pesadillas! Extrajo su teléfono con intención de pedir ayuda externa pero estaba muy húmedo y fuera de servicio. Los allí presentes como perturbados chillaban y auxiliaban a alguien en desgracia.
–¿Seré yo el loco?, dijo desconcertado el custodio.
Tras mucho batallar, Kiril fue el primero en salir expulsando buches de agua achocolatada.
Canelo saltó chorreando fango y con una bota en la boca.
Kiril abrazó a su querida mascota; tomó el zapato y sonriendo se lo dio a Rivalta.
Canelo sacudió su peludo cuerpo –de cabeza a cola– y empapó al guardián, quien se encolerizó.
Jadeante aun Kiril, contó:
–Cuando el patriota llegó a la otra orilla me percaté que le faltaba el calzado izquierdo. Con su premura ni en eso había reparado nuestro héroe.
–¡¿Y por qué tamaña hazaña por un zapato?! –preguntaron.
–Es que en el tacón hay guardado un importante mensaje secreto, que es el móvil de tan peregrina misión… ¿Comprenden?
–¡¿Y cómo lo sabías?! –otra vez con suspicacia y alarma preguntaron.
–Lo había leído en un periódico de aquella época, de mil ochocientos y tanto…
Se apresuraron a romper el zapato como chiquillos.
Del tacón saltó un meticuloso y fino pergamino envuelto en hule.
Sin abrirlo se le dio en custodia a Rivalta, advirtiéndosele: “¡Es secreto!”.
Rivalta subió a la mesa y comenzó a bailar, a reír. ¡Ya se creía escritor!
–¡¡¡No te distraigas Rivalta!!! –le gritaron a coro.
Comprendió el trance; salió corriendo con el mensaje en mano; abordó su motorina y disparado enfiló hacia la lejana selva el encuentro del patriota.
El promotor cultural exclamó risueño: “¡Buena jornada!”.
El custodio muy incómodo anotó en su Libro de Incidencias: “¡Demasiadas indisciplinas en el curso literario de hoy…! ¡Merecen que los manden a todos para la caña!”.
“Abatido”
Dan cuenta que un adolescente derramaba patéticas lágrimas de decepción sentado al pie de la Notaría Jurídica. ”¿Qué te angustia, muchacho?” –fraterna indagó con voz apacible una muy noble y educada señora–. El joven alzó la mirada triste, secó algunas lágrimas y tembloroso le extendió un manojo de papeles timbrados: “¡Lea Usted misma!”. La mujer extrajo sus espejuelos de la cartera, se los acomodó y leyó curiosa la primera página: “Árbol genealógico de…”. Precisó: “¿De tu familia?”. El joven gimiente asintió con la cabeza y balbuceó: “Ahí están todos mis antepasados, todos…”. “¡¿Bueno…?!”–exclamó la noble dama sin comprender tanto suplicio–. “Le explico, respondió el joven abatido con voz entrecortada, ese documento oficial está organizado en orden descendente, desde el hoy hasta el inicio, página por página”. “¡¿Y?!” –articuló ella–. “Vaya a lo último de la lista: ahí está el comienzo de toda mi familia, compruebe quién es mi recontra-tátara-tátara… abuelo” –sugirió el muchacho–. Intrigada hojeó con presteza cada cuartilla; llegó a la última y con el dedo índice nerviosa repasó de arriba abajo los renglones hasta llegar al fin, al primer eslabón, a la simiente. Enmudeció. Devolvió el documento, se transfiguró y con soberbia arremetió:
–¡Todos descendemos del mono, Comegofio! ¡Vete a trabajar, que tienes buen lomo para comer tanta catibia!”.
“Angustia”
–¡¿Ya?!
–Aun no me decido –contesté sin levantar la vista–. Es que todo está muy exquisito…
–El tiempo apremia, advirtió.
No sé qué hago aquí, ni por qué obedezco a ciegas a quien enfrente está sentado en la misma mesa. Me parece fraterno, conocido, pero no acabo de precisar quién es… No importa. El Menú de esta cena es suculento; percibo incluso los aromas, su delicia.
–¡Ya!, me dijo tajante. Retiró de mi mano la colosal Carta Menú. Me tomó por el brazo y me condujo afuera.
Mordaz le increpé:
–Aún no he seleccionado lo que deseo consumir.
Eran inmensas las opciones de este peculiar Restaurante en penumbras.
–Tu tiempo expiró, dijo severo.
Le clavé la mirada.
–¡¿Quién eres?!
–¡Tu ángel de la guarda!
–¡¿Mi qué…?!
–Desde que naciste, reveló, estoy contigo, te guío. Hoy te traje a conocer quiénes en vida serán tus enemigos, tus amigos y los buenos amores…
–¡¿Estaban allí?!
–¡Por supuesto!, dijo escogiéndose de hombros.
–¡Pero no los vi!
Carcajeó gratamente.
–A todos le sucede igual, afirmó. Se entretienen en nimiedades. Estaba incluso lo fecha de tu muerte.
–¡¡¡Quiero entrar de nuevo!!! –grité desesperado.
–¡Imposible!, aseveró inmutable. Es otra escena; son otros…
Lo miré abatido. Me angustiaba desconocer mi suerte y destino.
Se anticipó y contestó lacónico:
–Será tu martirio, como el de todos los humanos…
De repente se esfumó.
Tanteando cual ciego peregrino ando por esta vida.
La Jugada
Que jugada..!...Todo es silencio,todo es emoción,todo se describe,todo el mundo grita en el estadio ,todos miran con atención,el aire se vuelve frío , la inocencia calla, la experiencia es solo un juego de béisbol, solo vive, picher o bateador, cualquier error significa morir o vivir, dos outs conteo tenso en dos stiker y 3 bolas, quien ganará en empate frenético en 16 entradas , hombre en tercera, se tira la bola a muchas millas y un corredor a toda velocidad se desplaza hacia Home ,choque de trenes y un leve toque de bola se hace presente y un pie que desplaza toca el Home y se acaba el juego.Todo estalla pero otros callan,,otros lloran y otros gozan,que viva el ganador ,así es el Béisbol
El invierno en esta colmena de asfalto y cristal era un muro de humedad. Caminé zigzagueando entre cazadores de verduras y el vapor de los baozi, sintiendo el frío en los huesos como decía mi abuela en la Isla. Mis pensamientos, sin embargo, ya no hablaban su idioma; el recuerdo de la vieja era ahora un paisaje que se desdibujaba.
Tras el ritual del "ten cuidado" de mi esposa, llegué al semáforo. La calle, que el año anterior fue un desierto aterrador, bullía ahora de vida. Bajo el nasobuco, los ojos se habían vuelto nuestro único mapa; sonrisas invisibles que solo el pliegue de los párpados delataba.
Al subir a la guagua —así le digo yo en mi otra orilla—, pagué con el teléfono. La vibración digital confirmó mi lugar en este ecosistema. Me senté a ver la ciudad fluir, caótica y resistente. Éramos sobrevivientes de un invierno planetario, amontonados hacia una primavera ganada. Respiré hondo, cerré los ojos y me dejé llevar. Era, finalmente, el fin del año de la rata.