
Artículos de Eliades Acosta Matos
Filósofo y escritor cubano. Es el autor del libro “El Apocalipsis según San George”.
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En medio de un debate acerca del más que demostrado financiamiento del gobierno de los Estados Unidos a los grupos contrarrevolucionarios que aparentan accionar políticamente en Cuba, y cuya visibilidad es directamente proporcional a la cantidad de cámaras de los periodistas extranjeros acreditados en La Habana, creo recordar que un escritor español proclamó, con notable prepotencia, algo que intentaba ser un comentario sarcástico y quedó, para quienes conocen su pasado, como una imperdonable indiscreción: “Yo también soy agente de la CIA”.
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Desde el pasado mes de enero, dicen y repiten que “por voluntad propia”, sospechosa reiteración que no sé por qué rezuma un aire de involuntaria confesión freudiana, representantes de un puñado de organizaciones del exilio cubano han negociado la creación de una especie de Entente Cordial para propiciar en la isla “los cambios necesarios por métodos no violentos”, que al parecer, queramos o no, millones de cubanos estamos obligados a acometer por mandato ineludible y divino, o lo que es lo mismo, porque lo dicen ellos y punto.
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Hace unos meses el propio Presidente George W. Bush, el que se apresta a atacar “más de 60 oscuros rincones del planeta”, declaraba la aprobación de 29 millones de dólares extra para seguir amamantando a los peones del patio, para llevar a cabo que ha llamado, mediante pudoroso eufemismo dieciochesco, “la transición en Cuba”. De ellos, 5 millones son para “trabajar” a la población que denominó “afrocubana”, en un freudiano rapto de racismo texano que lo retrata de cuerpo entero.
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¿Se pudo pedir al Papa mayor precisión, o que llamase más claramente a las cosas por su nombre? ¿Se le pudo pedir más? No lo creo. Para un Papa romano en tiempos de globalización neoliberal, de predominio casi absoluto del capitalismo y la sociedad de consumo, de pensamiento único, de guerras imperiales preventivas, más no se puede pedir. Para algunos hipócritas, que hoy se rasgan las vestiduras ante su muerte, fue, incluso, demasiado.
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No hay acción, campaña, declaración, o simple idea formulada por los prohombres de la contrarrevolución cubana que no sea antes medida, pesada y tasada, ubicándola dentro de una lógica de costo-beneficio. Por elevado que se intente hacer parecer cualquiera de sus planes, o por desinteresados que se nos quiera presentar, el fin que todos ellos persiguen lo desmiente.
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¿Cuánto hemos avanzado, cultural y espiritualmente, los cubanos en estos años? Aunque alguno de los encuestados por “Lunes de Revolución” en 1960 no se atrevan a decirlo hoy en alta voz, allá en lo profundo de sus almas, en la soledad de sus mentes, cuando no hay nadie presente, frente al espejo, a media voz, tendrán que reconocerlo: ese avance, con sus angustias y desgarramientos, con sus errores y desaciertos, con sus ascensos y caídas, por acción o reacción, se debe a la Revolución.
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Hace hoy exactamente una semana, fue otorgado en Washington, capital postmoderna del Imperio global, el más importante premio anual del American Enterprise Institute, implacable lobby de las corporaciones que, hoy por hoy, y mucho más bajo el segundo mandato de Bush, dominan la economía, la política, la cultura y los sueños de una buena parte de la Humanidad.
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Alejo Carpentier lo dice sin ambages: es una misma historia, una zaga ancestral de caidas y ascensos contra el mismo enemigo, que no puede terminar sino con la victoria. Poco importa en que punto o país se produzca: siempre se producirá, tarde o temprano.
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El uso de soldados extranjeros, al servicio de los imperios, es una práctica que se pierde en la noche de los tiempos. Frecuentemente, dichos guerreros se empleaban para quebrar la resistencia de sus propios compatriotas. Su reclutamiento obedecía a una bien meditada política imperial, no sólo para dividir, sino también para desmoralizar al enemigo.





