
Artículos de Alejandro Ramírez Anderson
Fotógrafo y Director de Cine guatemalteco, radicado en Cuba. Graduado en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual de Instituto Superior de Arte, en la Habana, Cuba. Como fotógrafo tiene en su haber 10 exposiciones personales y 2 colectivas. Ha participado en la realización de varios materiales audiovisuales como sonidista, camarógrafo, asistente de dirección y director de fotografía. Como Director tiene en su haber la realización de diversos materiales institucionales y una amplia filmografía documental que ha obtenido premios nacionales e internacionales. Es Profesor del Instituto Superior de Arte.
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Si se quiere tener una vista panorámica del parque Trillo y sus alrededores, un lugar preciso es el balcón de Aguelia y su hermana Regla, justo al lado del Palacio de la Rumba. La suya puede describirse como una casa-templo, llena de altares y ofrendas, donde se rinde culto a los santos afrocubanos. Presentación de Silvio Rodríguez, Trovarroco, Niurka González y Oliver Valdés, con Tanmy López y Hector Hernández como invitados, en Cayo Hueso, Centro Habana.
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Al final del concierto de este domingo, cuando sonó la canción de Silvio Rodríguez, tan de barrio, tan de historia memorable de pueblo pequeño, un amigo, después de haberla escuchado muchas veces, dice haberla entendido por primera vez (¿entendido, sentido, sentipensado?). Allí estaba el viejo personaje vivo en una memoria. En la oscuridad del público, desde lejos se adivinaban esta noche las sonrisas de los amantes de volar papalotes, o simplemente de echar a volar cosas, algo que todos amamos por lo menos una vez.
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Entre las calles Resguardo y Recreo, paralela al viejo canal de gloria pasada, se alza una ciudadela. Se le conoce como San Cristóbal 7 y por su dinámica es una especie de réplica en miniatura del resto del lugar. En ella la manera de vivir de El Canal resulta más nítida, más visible. Las viviendas, pequeñas, improvisadas, están separadas por muy poco o ningún espacio. Como ellas, quienes las habitan; unidos ese domingo en una celebración: Roxana, una de las niñas de la vecindad, estaba cumpliendo 8 años.
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Presentación de Silvio Rodríguez, Niurka González, Oliver Valdés y Trovarroco en Bello 26, La Lisa, con Vocal Sampling y Juan Nicolás Padrón como invitados: “En Bello 26 todo lleva ese nombre: el reparto, el parque, la guarapera, el mercado…, como si cada uno fuera nomás la extensión de cierta esencia común que trasciende las particularidades, y una misma forma alcanzara para nombrarlos a todos. Bello 26 basta, es suficiente.”
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Presentación de Silvio Rodríguez en La Timba, Plaza de la Revolución; con Tony Ávila, Amparo del Riego, Víctor Pelegrini, Niurka González, Trovarroco, Oliver Valdés y el escritor Guillermo Rodríguez Rivera como invitados. En el barrio La Timba, la tranquilidad casi completa del cercano cementerio Colón se compensa con el ruido de fiesta improvisada…
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Luisdel Reyes tiene 20 años y un grupo musical, La Tentación. Hacen timba cubana. Él cuenta que cantar lo traslada de dimensión, que se va de este mundo, como a otro planeta (sólo por un momento porque es en este donde sus aspiraciones son realizables). La ceiba no siempre se llama ceiba; en su barrio, Cocosolo, es arabba. Allí tampoco es un árbol más: se la saluda y respeta. “Nos da fe”, dicen los vecinos.
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Cuando canta Omara algo pasa, no se podría decir bien qué es, las palabras no lo describirían, no alcanzarían a aprehender tanta potencia, tanta belleza. Tampoco en la comunidad de tránsito de Santa María del Rosario podrían explicarlo, pero definitivamente lo sintieron; como sintieron la poesía de Silvio, el piano de Rolando Luna, el canto del dominicano José Antonio Rodríguez.
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Todos los secretos de la tierra los conoce Ismael. Le llegan por los pies. Así sabe lo que susurra la hierba cuando la mueve el viento, lo que dicen las raíces de los árboles, qué se oculta en el silencio de las piedras, qué húmedo mensaje deja el rocío en las mañanas limpias y luminosas del campo. Le llegan historias de las sombras proyectadas sobre el suelo y de las hojas secas cuando crujen. Todo le habla su lenguaje, y él es un magnífico intérprete.
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“De mi aula yo soy el único que sabe remar”, y parece un marinero diminuto cuando se le escucha, tan orgulloso, gigante en su universo infantil, en su océano de apenas cincuenta metros. En su barrio, el Fanguito, hubo un concierto, tan grande como pequeño el escenario, tan extraordinario como común el lugar escogido para celebrarlo, y donde la emoción que cupo en una multitud concentrada en escasas cuadras, presente a pesar de la lluvia, no se alcazará siquiera a sospechar.
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Callejuelas estrechas, niños jugando por todas partes, perros aburridos tumbados a la sombra de algún árbol, o bien alborotando sin ninguna causa aparente, basureros, pajaritos que cantan, gente solícita y afable, o no… Así de diverso y matizado es Romerillo, donde los vecinos se llevan “como hermanos”. Así lo dice Jorge Luis, Chicho, habitante de la comunidad, que admira a Silvio Rodríguez por “ponerla como es”.
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¿Y ser trovador no es acaso también una manera de ser mago, de ser hechicero? El trovador saca música y poesía de su guitarra y su voz, de sus mundos de inspiración; y crea un clima de fascinación a su alrededor. Al trovador le piden canciones, como al mago números de magia. Ambos practican su arte con igual destreza. Dos actos, un mismo ánimo de satisfacer el deseo colectivo de rendirse al artificio; de ser encantados… con cartas o con notas musicales y palabras.






