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Salón de la Fama en Nueva York se honra con José Martí

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José Martí. Foto: Radio Coral/ICRT

Una cordial amiga y colega, que suele ponerme en aprietos con su aguda curiosidad, me escribe desde su tierra para pedirme que opine sobre la inclusión de José Martí en el Salón de la Fama de Escritores de Nueva York. Así, como lo escribió ella, es pertinente denominar en español lo que en inglés se llama New York Writers Hall of Fame, creado para cultivar la memoria de autores relevantes vinculados de distintos modos con esa ciudad.

Ocurrido el 5 del pasado mes de junio, ya el ingreso de Martí a dicho Salón pasó de ser noticia. Pero los términos de la carta, con dudas que, de tan lúcidas, resultan estimulantes, sugieren esbozar públicamente algunas observaciones, sobre todo por el modo escueto —acrítico más bien, cuando no halagüeño— con que en general se dio la información sobre el hecho.

Vale empezar dejando claro que merece elogio todo lo que se haga honradamente, y con acierto, para favorecer el afán de seguir rindiéndole a Martí el homenaje permanente que merece, y que su legado sea cada vez más y mejor conocido. A ello apunta lo que se ha publicado al ponderar, junto con las personas que sustentaron la iniciativa, los términos en que esta fue planteada y prosperó.

Viene al tema uno de los conocidos aforismos del propio Martí: “Honrar, honra”, y no solo en suelo cubano, sino en cualquier otro, es justo y digno venerar al gran cubano, apreciar su significación. A Nueva York le corresponde una particular responsabilidad en ese empeño. Allí —desde donde, en función de sus tareas revolucionarias, viajó a otras partes de los propios Estados Unidos y a territorios de la América Latina y el Caribe— residió Martí cerca de quince años, los del final de su vida, correspondientes, por tanto, a su etapa de mayor madurez.

En esa ciudad tuvo un desempeño político, literario y diplomático de gran envergadura, y de ella partió el 30 de enero de 1895 en lo que sería su largo viaje hacia Cuba para incorporarse a la guerra en cuya preparación él fue determinante. Para ello creó el Partido Revolucionario Cubano, cuyos hilos atendía desde la modesta oficina que —ubicada en el edificio que entonces llevaba el número 120 en Front Street— se hizo célebre por la intensa y múltiple actividad que el patriota fundador llevó a cabo en ella.

En Nueva York tuvo, y lo aprovechó al máximo, un mirador especialmente situado para observar lo que ocurría en toda la nación, así como las relaciones de esta con el mundo, en particular con nuestra América. Tan largo y fértil tramo de su existencia no podía ser ajena a lo que él, quien nunca dejó de ser medularmente un revolucionario cubano, escribió en diciembre de 1876 con respecto a su estancia de cerca de dos años en México: “allá como aquí, donde yo vaya como donde estoy, en tanto dure mi peregrinación por la ancha tierra,—para la lisonja, siempre extranjero; para el peligro, siempre ciudadano”. El autor del presente artículo recordó ese hecho en “José Martí, revolucionario en todas partes”, a propósito de la inauguración oficial en La Habana, el 28 de enero de este año, de una réplica de la estatua ecuestre erigida en el Parque Central de Nueva York a la memoria del héroe de Dos Ríos.

A la emblemática ciudad estadounidense —que él vio como una “copa de veneno”, como una “metrópoli ahíta y gozadora”— se sentía Martí atado por los requerimientos del destierro y las posibilidades de organizar, empleando procedimientos que en gran medida tendrían que ser clandestinos, la guerra necesaria para alcanzar la independencia de su patria. Pero no ignoraba los peligros que para Cuba significaba la hostilidad de los Estados Unidos contra esa causa, hostilidad que se mostró de modo rotundo en la intervención que en 1898 torció el rumbo y los resultados de la gesta que el país antillano libraba contra el colonialismo español.

Ya de antes venían fuertes señales que delataban la actitud de la emergente potencia imperialista. Una de ellas fue la confabulación de agencias de detectives de aquella con las autoridades españolas para espiar a Martí, y que él detectó. Otra fue la acción que en enero de 1895, en el puerto floridano de Fernandina, echó por tierra el factor sorpresa que el cuidadoso conspirador había procurado asegurar para que la contienda independentista se desarrollara con eficacia desde su estallido.

La guerra por la liberación de Cuba la asumió Martí como vía ineludible para tratar de impedir que se hicieran realidad los planes estadounidenses de extenderse por nuestra América, y romper para beneficio propio el equilibrio del mundo. De paso, impedirlo ayudaría —lo advirtió el propio Martí— a salvar el honor de los Estados Unidos, que se deshonrarían cada vez más si lograban dar riendas sueltas a su voracidad, a sus afanes de conquista. En tales circunstancias, y con su pensamiento de alcance planetario, Martí se ratificó —reitérese que sin jamás dejar de ser el revolucionario cubano que fue— como un revolucionario universal y, en esa medida, también estadounidense, algo que suele decirse menos, pero fue fruto de su temprano, sembrador y consecuente antimperialismo.

Si con esa perspectiva y respetando esa realidad se ha concebido la presencia simbólica de Martí en el Salón de la Fama de los Escritores de Nueva York, ha de reconocerse el acierto, la justicia de tal decisión. Pero, incluso si se trata de reconocer su grandeza de escritor, no basta considerar —como se ha hecho por estos días— la importancia indudable de La Edad de Oro y del periódico Patria. Debe apreciarse igualmente, entre sus creaciones hechas en Nueva York, junto a discursos y cartas, el poemario Versos sencillos —que él mismo presentó como nacido del peligro que las ambiciones de los Estados Unidos representaban para nuestra América toda— y virtualmente la totalidad de Versos libres, que no llegó a terminar para su publicación pero también es cimero en su obra poética, así como la mayor parte de la portentosa producción periodística que mereció reconocimientos de la altura de esta exclamación de Rubén Darío: “¡Si yo pudiera poner en verso las grandezas luminosas de José Martí!”.

Debe incluso agregarse que su ingreso al mencionado salón de famosos ha sido tardío. Si las incorporaciones comenzaron en 2010, no debió haberse esperado ni un año más para reconocerle su sitio. Hasta ahora, del mundo hispano solamente se le había dado cabida a Julia de Burgos, y constituye una expresión de respeto hacia la gran poeta puertorriqueña suponer que, de haber estado viva, difícilmente habría entendido justo anteceder ella a Martí. Solo pudo haberlo aceptado tranquilamente porque pensara —y razones tenía para hacerlo— que él, además de estar muy por encima de ciertas contingencias, para no hablar del banal exitismo farolero con el que nada tuvo que ver, fue un extraordinario escritor, y merece valorarse plenamente como tal, pero fue mucho más que eso, y no cabe en un salón, por muy conspicuo que este sea.

En El presidio político en Cuba, uno de los textos con que en su juventud, casi en su adolescencia, mostró el inicio de lo que sería un escritor colosal, Martí se revela consciente de que salía a lidiar a la vez en la arena política y en la literaria, inspirado en los mayores ejemplos que podía tener en mente. De ahí su certidumbre —plasmada en el inicio de ese testimonio— de que “Dante no estuvo en presidio”, porque, “si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su Infierno. Las hubiera copiado, y lo hubiera pintado mejor”.

Pero fue, por encima o al menos a la vez que todo, un libertador, lo que se aprecia asimismo, y orgánicamente, en su producción literaria. Era un grandioso poeta en versos, pero quería ser, ante todo, poeta en actos, y también lo fue. Lo corrobora el sentido misional de su vida. No es propósito de estas líneas, aunque sería útil hacerlo, escudriñar la nómina —heterogénea necesariamente, o quizás por fortuna— de integrantes del salón neoyorquino de escritores famosos. De momento basta saber que en ella figura Walt Whitman, cuya altura como poeta alabó Martí, quien contribuyó grandemente a su conocimiento en el ámbito de la lengua española.

Así y todo, no errará quien sostenga que, por muy grandes que sean quienes acompañan ya o lleguen luego a acompañar a Martí en dicho salón, es difícil imaginar que alguno o alguna tenga una integralidad como la suya, el significado múltiple, y a la vez uno, que tuvo él para su pueblo y para la humanidad en su conjunto. Siempre que se hable de Martí y la fama, debe recordarse la carta del 15 de diciembre de 1893 en que le expresó al general Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz”. Esa es la declaración que —sustituyendo fama por gloria— Fidel Castro resumió aforísticamente y convirtió en lo que fue su programa de vida, basado en el ejemplo martiano.

Nueva York se ha honrado asignándole a Martí un lugar en el recinto dedicado allí a escritores célebres. Es cierto que, para seguir ocupando el sitio que él se ganó con su vida, con su obra y con su pensamiento en un espacio mucho mayor, el de la humanidad, no necesitaría un gesto como el mencionado. Pero ese gesto —reitérese— merece aprobación por lo que pudiera aportar para que el autor de “Nuestra América”, “La verdad sobre los Estados Unidos” y tantísimos textos más siga siendo conocido crecientemente en el mundo. Los propios Estados Unidos, en cuya historia y en cuya realidad tanto caló, pueden y deben aprender mucho de él.

Si no se ignoran ni se soslayan verdades tales, y la iniciativa neoyorquina se asume con perspectiva ni colonizante ni colonizada —polos que terminan emparentados de algún modo con la actitud del “aldeano vanidoso”—, salúdese la inclusión de Martí en el salón de la fama neoyorquino dedicado a escritores, salúdese a la ciudad de Nueva York misma y a toda la nación norteña, en especial a la que él —bien se sabe que sin idealizarla— llamó “la patria de Lincoln” y claramente distinguió de la voraz, agresiva y dominante, contra cuyas amenazas y pretensiones cayó en combate el 19 de mayo de 1895 el gran revolucionario cubano, latinoamericano y universal.

(Tomado de La Jiribilla)

Se han publicado 2 comentarios



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  • mercedes dijo:

    Estimado doctor Toledo Sande, también a mí me llamó la atención esta inclusión de nuestro José Martí en el Salón de la Fama de Escritores de Nueva York, y en lo primero que pensé fue en el criterio del Apóstol sobre la fama, aunque, como usted expresa, él decía que ¨Honrar honra,¨ pero No incluía a su persona en estos merecimientos. La información que publicó Cubadebate cita que la propuesta fue promovida por dos investigadoras, ¨Esther Allen, estudiosa y traductora de Martí, así como por la historiadora cubanoamericana Ada Ferrer, de New York University.¨ Según esta misma información, escritores de renombre integran este Salón, incluido el poeta afronorteamericano Langston Hughes, quien viajó varias veces a Cuba y se relacionó aquí con escritores como nuestro Poeta Nacional Nicolás Guillén. Creo que todo reconocimiento que se haga a Martí en cualquier faceta de su pensamiento y de su obra, las abarcará a todas, por la inseparable relación que existe entre esas facetas, conformadas por los valores que lo convirtieron en nuestro Héroe Nacional y en el más universal de todos los cubanos.

  • maria dijo:

    Nuestro querido José Martí debe ser honrrado en forma justa y soberana en cualquier lugar del mundo.Estamos muy orgullosos de ser cubanos y haber dado nuestra nación frutos tan extraordinarios fuera de las barreras del tiempo y el espacio como él.

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Luis Toledo Sande

Luis Toledo Sande

Escritor, poeta y ensayista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas y autor, entre otros, de “Cesto de llamas”, Premio Nacional de la Crítica. Mantiene el blog http://luistoledosande.wordpress.com/

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