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El chino lavandero

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En 1920 el Barrio Chino de La Habana se había convertido en el más grande de Latinoamérica. Foto: Archivo

Recuerda el cronista con claridad el tren de lavado establecido en la esquina de San Francisco y Lawton, en la barriada habanera de ese nombre.  Así era como se les llamaba a las lavanderías de chinos, tan numerosas en La Habana con anterioridad a 1959. Se hallaba emplazado en una casa vieja, sin portal y dotada de sala y saleta y de dos o tres habitaciones que corrían junto a un patio lateral que daba cabida a los lavaderos y al tambor donde se conservaban las piedras de carbón que mantenían a punto las planchas de hierro imprescindibles para el acabado de ciertos servicios (camisas, pantalones…) mientras que a otros, como la ropa de cama, se les daba el toque final pasándolas entre los dos rodillos de una máquina accionados por  una manivela. Una escalera de madera conducía del patio a la azotera, que era donde se tendía la ropa, muy unidas las piezas unas con otras para el mejor aprovechamiento el espacio.

Tenía aquel tren olores característicos, a jabón, a lejía, a carbón… Si la ropa almidonada puesta a secar se mojaba con la lluvia, el resultado era catastrófico pues la tela despedía un tufo insoportable que se mantenía hasta que volvía a lavarse. “Olor a limpio”, decía, resignado, al que le tocaba la desgracia.

Había cierto movimiento en aquella zona por los comercios que la animaban. Frente por frente al tren de lavado, abría sus puertas la bodega de Manolo, y si se cruzaba en diagonal la calle San Francisco, estaba la Casa Henry, de Henry, el polaco, quincalla con pretensiones de tienda. A la izquierda, si se atravesaba la calle Lawton, venían el cafecito de Manolo Pla y, enseguida el cine-teatro San Francisco, con sus más de mil lunetas y cafetería propia, y al final de la cuadra, frente al café de Generoso, la bodega de Andrés con su inevitable puesto de fritas y la vidrierita de ostiones.

Yo visitaba el lugar una vez a la semana, siempre en la mañana del domingo a fin de entregar y recoger la ropa de trabajo de mi padre. De manera invariable nos atendía un chino de edad indefinida que parecía ser el dueño del negocio o, al menos, su encargado.  Para recoger la ropa le entregábamos la papeleta que el mismo nos entregara la semana anterior, un pedazo de papel que lucía caracteres indescriptibles dibujados con un pincel mojado en tinta china.  Felipe, que así se hacía llamar aquel sujeto que siempre nos recibía y despedía con una sonrisa seguida de una leve reverencia, localizaba con aquella papeleta la ropa que reclamábamos y procedía a empaquetarla con un papel muy fio que desprendía de una bobina, paquete que aseguraba con el pedazo de cordel que cortaba de un rollo.  Felipe había repetido tantas veces aquel proceder que tenía las medidas en la mano.  Nunca se quedaba corto con la envoltura ni con el cordel.  Y jamás le sobraban.

Esos trenes de lavado eran espacio eminentemente masculino, aunque no era raro que en épocas señaladas contrataran como planchadoras a cubanas muy humildes, sin contar que había siempre en esas lavanderías, sentada en el fondo del salón, una mujer que repasaba la ropa para reparar descocidos y colocar botones faltantes, servicio que se ofrecía de manera gratuita.

Para los chinos, las lavanderías eran centro de trabajo y vivienda colectiva.  Uno de aquellos domingos, pegado ya a la hora del almuerzo, logré, por una puerta entreabierta, echar el ojo a la habitación vecina en la que siete u ocho chinos sentados en el suelo alrededor de un cubo, fumaban de una enorme (así me pareció) pipa de bambú que se pasaban entre ellos.

En cada uno de esos establecimientos, un número indeterminado de hombres encontraba sitio para trabajar y cobijarse. Hubo en La Habana una Asociación China de Lavanderías, con domicilio social en Dragones 354, altos, como las hubo de Puestos de Frutas, de Dependientes del Comercio y de Restaurantes y Fondas. En 1927 funcionaban en La Habana 358 lavanderías de chinos.  En 1954 eran 155. Lo curioso del caso es que en 1969, un año después de la llamada Ofensiva Revolucionaria que barrió con los negocios particulares, quedaran 116 en la capital.

Resultó imposible intervenirlas o nacionalizarlas.  Se intentó ciertamente, pero los interventores designados rara vez podían localizar a sus dueños o debían alternar con chinos que parecían no entender una sola palabra en español.  ¿Cómo darles vivienda a todos los que se hacinaban en una lavandería, qué salario asignarles?

Estatizar aquellas lavanderías resultó imposible e incosteable.  Lo mejor fue dejarlas al tiempo. Irían desapareciendo poco a poco. Todavía a comienzos de los años 80 un tren de chinos abría sus puertas en la Calzada del 10 de Octubre casi esquina a Lagueruela, en La Víbora.

Se han publicado 2 comentarios



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  • D'Oro dijo:

    Otro negocio chino de lavandería, el cual conocí;mi madre le enviaba las ropa de trabajo de mi padre estuvo ubicado en la calle Buenaventura entre San Mariano y Vista Alegre. Lawton. 10 de Octubre. Estuvo funcionando en la década de los 60, tuvo una clientela bastante grande y recuerdo los bolsos de ropa que se agrupaban en la misma acera. Realmente cumplieron una magnífica función social

  • Yoigo dijo:

    Hasta principios de los dos mil ,existió una en Calzada de Güines, casi esquína a calle Mayor

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Ciro Bianchi Ross

Ciro Bianchi Ross

Destacado intelectual cubano. Consagrado periodista, su ejecutoria profesional por más de cuarenta años le permite aparecer entre principales artífices del periodismo literario en el país. Cronista y sagaz entrevistador, ha investigado y escrito como pocos sobre la historia de Cuba republicana (1902-1958). Ha publicado, entre otros medios, en la revista Cuba Internacional y el diario Juventud Rebelde, de los cuales es columnista habitual.

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