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¡Salvas para Pedro!

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Allá en la Sierra Maestra un guajiro entrado en años haló el rústico taburete y lo recostó lentamente a uno de los horcones que sostienen el portalón de la llamada Casa de los Medina. Se sentó, abotonó la sudada camisa verde olivo, puso su sombrero sobre una de las rodillas y empezó a acariciarlo con los dedos de la mano libre. En la otra sostenía un jarro metálico de humeante café.

Rato después llegaron al lugar varios campesinos a quienes les sorprendió la ingrata noticia. Entre sorbos de café y el humo de tabacos recordaron en voz baja al fallecido.

No podía ser de otra manera, Pedro Álvarez-Tabío Longa había sido una persona muy cercana a ellos, a todos los que residían allí.

Durante los últimos lustros se había dedicado en cuerpo y alma a la investigación histórica de una importante etapa de la guerra revolucionaria en esa zona intramontana.

También a la salvaguarda y conservación de los valores patrimoniales del Ejército Rebelde en la actual provincia de Granma, pero fundamentalmente en el área del Primer Frente guerrillero, donde radicaba la Comandancia General en La Plata, municipio granmense de Santo Domingo.

Y a decir del compañero Fidel, como guardián intachable de documentos históricos.

Los humildes y celosos custodios reunidos constituían algunos de sus más estrechos colaboradores en la zona.

Hacían mención a lo muy afectado que quedó tras recorrer la región hace pocos años y ver la devastación ocasionada en el sagrado lugar por un huracán.

Aquel meteoro había arruinado toda la flora y fauna, muchas de las históricas instalaciones rebeldes y caminos, demoraría muchos  decenios la recuperación, habían sido testigos de aquella opinión de Pedro, expresada con el rostro deshecho por la aflicción y con lágrimas en los ojos.

Pensaba en el momento de dar esa noticia personalmente al Comandante en Jefe, de cómo seguramente se afligiría el líder, recordaban.

En La Habana el ardiente sol sabatino desapareció y se perdió entre conjuntos de encubridoras nubes oscuras, que hicieron más suave el adiós hacia cualquier lugar de ese amigo.

No hubo lluvia, a este tipo de hombre no se le despide con lágrimas, determinó sabiamente en la fecha la madre natura.

Supe la noticia por un despacho de prensa con crédito de un colega a quien he acompañado y me ha acompañado desde los años rosas de inicios de los ochenta, en incontables e inenarrables avatares de la agridulce labor periodística.

Por Amado de la Rosa Labrada conocí a Pedro. Sucedió una noche frente al malecón de nuestro natal Manzanillo, mientras él acompañaba y servía de guía al legendario arqueólogo noruego Thor Heyerdahl, el de la expedición de la Kon-Tiki, en 1947. Me había invitado a entrevistar al mismísimo émulo de Leif Eriksson.

Fue el primero de muchos encuentros, algunos en plena montaña, otros en disímiles e insospechados lugares donde coincidíamos, en cada ocasión lograba el momento para saludarnos, nosotros para expresarle nuestro respeto.

Desde hace algún tiempo nos dejamos de ver personalmente, sabía de su enfermedad, desde la lejanía siempre trataba de estar al tanto de su suerte pero su desaparición física me sorprendió y conmovió.

Recordaré su amplia y bonachona sonrisa que ampliaba hasta la desmesura su vigote, sus estudiosos grandes ojos detrás de modestas gafas, su sabio e inteligente verbo, su humildad y modestia asumida de cuna por Rita y en el diario quehacer por las enseñanzas de Celia.

La montaña está de luto. También sus amigos y los celosos guardianes del otro Primer Frente rebelde allá en la Sierra Maestra: La Comandancia, Altos Naranjo, Santo Domingo.

¡Salvas para Pedro!

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Benito Joaquín Milanés

Benito Joaquín Milanés

Periodista de la radio cubana y colaborador de Cubadebate.

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