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El color de mi dicha, a ritmo de Baraguá

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Todo sucedió el día de ayer,  128 Aniversario de la Protesta de Baraguá. A pesar de la confianza que trataban de suministrarnos los narradores y especialistas de béisbol  de La Habana y de San Juan,  la voz era tan quebradiza que si su misión era tranquilizar a la afición, más bien nos suministraban dosis extra terror. Era que todos estábamos en sintonía. Con las mismas dudas, con las mismas ansias.

Los comentarios sopesados de que ya habíamos hecho nuestro papel, que la medalla de la dignidad, etc., no funcionan a nivel del hipotálamo, que es donde el pueblo cubano tiene guardado entre otras contadas cosas su amor irreversible por el béisbol. Allí donde guardamos esas razones que no se pueden explicar todas a nivel de la corteza cerebral. Allí donde llenamos las plazas sin que nadie nos obligue, aunque durante ellas no dejemos de hablar de los precios de la carne de cerdo.

Puerto Rico nos había barrido en el I Clásico Mundial de béisbol; un par de bateadores no estaban respondiendo; nuestros lanzadores estrellas no podían auxiliarnos…entonces, ¿no iríamos a San Diego en California? ¿No haríamos lo que tantos amantes del béisbol hemos esperado que es enfrentar a la pelota en terreno norteamericano a sus Grandes y lujosas Ligas?

No creo que haya cubano que  en esta noche de marzo haya hecho otra cosa que no fuese paralizarse frente a un aparatito que nos devolvía las imágenes del acontecimiento más importante  que estaba ocurriendo en el mundo conocido.

Por unas horas dejé de atormentarme por la injusticia epidémica en qué vivimos: La impertinencia de los sionistas y las presiones absurdas del mundo para que los palestinos no sólo “den la otra mejilla”, sino….todas las partes del cuerpo, sobre todas las cubiertas; en las amenazas imbéciles a Irán, dónde parece ser que hasta el núcleo atómico tienen dueño; ni  de la victoria muy posible del FMLN en San Salvador, ni pensar en mis inéditos del Che de manera tranquila… Había algo trascendente, innombrable que llenaba todas mi vida emocional y no dejaba espacio para otra cosa que no fuese lo que sucedía en San Juan , Puerto Rico entre 18 hombres lanzándose una pelotita, otros con un tronco de madera tratando de darle y el resto  de agarrarla. ¿Ya era una estúpida total?  En todo caso había unos cuantos millones de estúpidos en esta isla recostada en el ecuador del Planeta…

15 de marzo, 128 aniversario  de que frente a la lógica imperial y la astucia de Martínez Campos, uno de los políticos más “modernos” y capaces de España se atravesara la tozudez mambisa del recién estrenado pueblo de Cuba. El enviado español  mostraba las evidentes razones “lógicas” por las cuales los cubanos deberían deponer el machete de combate….Razones de mucho valer…pero el mulato más hermoso de nuestra historia le respondió sin alterarse al ver que no proponía solución para que Cuba, con todo y sus esclavos, fuese libre: “No, no nos entendemos”  dijo el General Antonio Maceo al atónito europeo que debió permanecer paralizado por la sorpresa ¡Ah! Imperialistas eso es lo que no van a entender…que no que no; que no nos vamos a entender nunca.

Pues bien, este 15 de marzo quiso el azar que otros bellísimos mulatos, de esos que le hacen sudar la piel a las mujeres en el más intenso invierno, también le dijeran a las lógicas razones del desarrollo capitalista, al consumismo, al deporte rentado, a las drogas, “no queridos míos…no nos entendemos”.

Y así, en una noche de marzo mis nueve hermosos hombres alzaron de nuevo el machete de madera. Había que verles: Los hermanos portorriqueños eran más  fuertes, más grandotes, con una mirada más seria. Los cubanos, mas delgaditos, con 20 000 frenéticos aficionados en contra, y parecían que estaban jugando en casa.

No sé en toda la isla cuánta palabra mal dada se haya dicho (puede ser record), cuánta uña de mujer bien pintada fue destruida por nerviosos dientes, cuántos niños llegaron tarde a la escuela, y habrán dormido con el corazón en los labios y con una risa de triunfo en la almohada.

La pelota fue el primer maestro de pertinencia que tuvo mi hijo. Apelo a ella como árbitro cuando algo no logro explicarle. Es aquello del deporte en equipo. Aquello que puede ser que un pitcher ande algo fuera de control, pero entonces salen a salvarla los bailarines del campo corto y segunda base, o los jardineros atrás, o el receptor. Eso digo: “no andamos bien aquí, pero acá sí”.

Y así le llegamos. Porque otra cosa de este juego “protesta” fue que no hubo un jugador evidentemente estrella, el triunfo se disolvía entre todos, los del terreno y los del banco que también hacían lo suyo.

Les confieso. Soy fan  del equipo de pelota de Industriales que representa a la capital cubana,  furibunda e intransigentemente industrialista, de las que consideran al Estadio Latinoamericano, el cabaret más lujoso de la Habana durante las finales de la temporada. Es más, disfruto la Serie Nacional, muchas veces más que muchos topes internacionales.

Pero ayer fue distinto. Se estaba discutiendo algo más poderoso que una confrontación internacional.

Era la guerra de las sonrisas contra el dinero.

Y  teníamos que ganar ayer 15 de marzo, porque si no, se abría en dos el Mar Caribe. Porque ayer en el banco de Cuba estaba Antonio Maceo más que Higinio Vélez  el director del equipo, el que por cierto nos regaló una escena de pasión (nunca vista), allá en una decisión controvertida de segunda base.

Allí sentado con su bigote, su traje blanco y el machete desenvainado estaba Maceo, aunque mis muchachos ligeros y espumosos no se dieran cuenta, quizás no  sepan nunca que era lo que ellos estaban defendiendo.

Porque topaban no tan sólo dos equipos deportivos; topaban un modo de hacer y de ser frente a otro, se defendía que no es necesariamente el almacén de objetos materiales lo que puede hacer feliz a nuestra especie. Qué los músculos se pueden formar por otros resortes, que para disfrutar de la pelota no es preciso ver a la África  morirse de hambre y de SIDA, no es necesario asesinar a Iraq por la desdicha de tener petróleo, no es necesario decir mentiras y hacer colapsar la sinapsis de las neuronas con anuncios comerciales en relación a una crema dental…para que nuestros niños tengan linda sonrisa.

Ya me dirían que muchos de nuestros mejores peloteros optaron por los objetos y no por las sonrisas. No los culpo, pues la culpa es de todos los revolucionarios que no logramos todavía barrer con la lacra del capitalismo. A ellos los que no hicieron  el equipo Cuba del 15 de marzo del 2006  por habernos abandonado como mucha otra gente, sólo desearles lo mejor y preguntarles cuántos millones de dólares no pagarían por escuchar las palabrotas de los cubanos por una mala jugada, o un grito de alegría en las buenas, o las manos de las mujeres,  tapándose el rostro cuando estamos “en dos y tres”.

Sí, podemos saber cuánto vale: Cuenten no más los granos de arena de las costas cubanas, una vez hecho le diré lo que vale: exactamente ese número.

Puede pasar que muchos de los que fueron guiados por Antonio Maceo este 15 de marzo nos abandonen. No importa.  Hay algo que nunca nos va a abandonar….y es el equipo Cuba de pelota. Ese será permanente…como tantas cosas

Ganó el socialismo frente al capitalismo en San Juan. Díganme doctrinaria si les parece, que ando demasiado feliz para las réplicas. Un socialismo bañado por el sudor de los peloteros cubanos, los cuales sin saber porqué declaran que el traje rojo es el que prefieren en competencias internacionales.

Ellos no lo saben, pero yo sí…. Busquen con cuidado los expertos. En las camisas cerca de mi bella bandera bordada, hay un holograma, de eso que se le pone a los billetes para saber si son verdaderos. …Busquen bien en esas camisetas rojas y verán, si es que miran con los ojos del corazón y el compromiso…. la imagen de una hoz y un martillo. Esa era la verdadera bandera que defendían. El único mundo mejor que merece la especie humana si  pretende seguir disfrutando de la pelota.

Mis peloteros  fueron ayer los mejores bolcheviques del mundo.

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Celia María Hart Santamaría

Celia María Hart Santamaría

Escritora y periodista cubana, licenciada en Física en la RDA. Hija de Haydée Santamaría y Armando Hart. Falleció en un accidente en el 2008, junto a su hermano Abel.

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