Malecón
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No sabe por qué, siempre, a esta misma hora, tiene que mirar el Sol, el infinito. No sabe por qué, siempre, a esta misma hora, se le escapan los suspiros como bandadas de golondrinas emigrando al verano. No sabe por qué y sin embargo no puede evitar sentir la conexión con el rojo y el naranja, que siempre, a esta misma hora, van dejándole dentro los mismos tonos que le dejan al cielo. Ya pensó que está loca, que le falta un tornillo o dos o tres, o que tal vez no tiene ninguno.
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Popularmente algunos le dicen el sofá de La Habana. Y quien le haya puesto así, ¡acertó! Todos de alguna forma terminamos en el Malecón, aún cuando no lo conozcamos. ¿Por qué puede ser este muro tan adorable, místico, añorable? No sé. Creo que cada cual tiene su pedacito de historia en algún espacio de ese lugar. Hoy llegué hasta el muro sobre las seis de la mañana. Poca luz en el ambiente y mucho sueño de mi parte.