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Hojas de hierba que se hunde(n)

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Ilustración: Randdy Fundora

Ilustración: Randdy Fundora

Great is death . . . . Sure as life holds all parts together, death holds all parts
together;
Sure as the stars return again after they merge in the light, death is great as life.

Leaves of Grass (1855)

Whitman y la notable necesidad del cuerpo perdonado. Whitman y el azogue debajo de los pies que se hunden en el fango, un fango pordiosero al que escupir o clavarle los dientes para que se vuelva árido; un pantano que levanta a Nueva York tras la sed de traición a lo anticuado, al movimiento estéril de lo rígido. Había que asesinar a la rigidez en Nueva York, y Whitman seguía hundiéndose en el fango. Solo sobrevivían las hojas. Read these leaves in the open air. “Leaves”, una palabra que olía a estrangulación, sin que nadie se enterara. Leaves: salir, dejar, hojas. Disfrazar una plegaria es, a veces, una manera demasiado sutil de buscar la asfixia.

Y Whitman se encoge, aunque puede que se deslice a causa del musgo y le cueste entonces, salvar el cuello y utilizarlo para intentar la ventilación:

Esta hierba es demasiado oscura para provenir de las blancas
cabezas de las ancianas madres;
Más oscura que las descoloridas barbas de los ancianos;
Oscura para provenir del borde tiernamente rojo de los
labios.

La descripción es la única suerte común a todos los entornos; entornos que “hablan de” o “hablan a”, que comparten el derecho a la voz. Whitman los mastica, aunque masticar lo sacuda cada vez más hacia el interior del estero:

Yo aguardaba, invisible, sin cesar, dormía envuelto por la
letárgica niebla,
Y esperaba mi momento, el fétido carbono no me ocasionaba daño alguno.
Largo tiempo permanecí enclaustrado, oprimido, mucho,
mucho tiempo.

Circuncida lo que le place, de forma gradual. Movimientos poco esbeltos, pero bastardamente asimilados por nadie que no entienda a las hojas como alegorías de la plegaria. Debe moverse poco y reeditar. Atreverse a sobrescribir de manera militante. Llamémosla orgánica, mejor.

Probablemente feroz pero sin intención gutural. Quiere que se le vea venir despacio pero sin antelaciones. Quiere mostrar el rostro pero escondiendo la barba para que no se le reconozca instantáneamente. Como las bestias que piensan y han aprendido a hostigar con un ojo abierto y otro cerrado.

Éste es el reflejo de las profundidades insondables y el de
las alturas reflejadas en mi rostro;
Éste es el preconcebido anhelo de mezclarme con todos
para huir después.
Antes había escrito:
Yo canto para mí, una simple y aislada persona,
Sin embargo pronuncio la palabra democracia, la palabra
Masa.

El poeta, acude a la opción de la repesca, o la reitera luego, o se sabe con el esqueleto totalmente repescado; persigue escribir para sí/todos; y ese individualismo/ecumenismo del poeta es una posibilidad que se traslada a la ciudad moderna, y es, a su vez, un artefacto que luego mutará de “lo norteamericano” a “lo norteamericanizable”.

Tiempo después (1929), Lorca, en nuestra lengua antaño “anexable” se encargaba de entrometerse en el insomnio de Brooklyn:

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

Asistimos con ello a la “neomuerte” del poeta/ciudad que luego se convertirá en el poeta/sospecha:

Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abran los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Walt, por su parte, no se propuso repasar sucedáneamente la ciudad. En los versos donde la menciona de manera furtiva, solo lo movía la causa de la ciudad, sin darse cuenta. El porqué de la urbe. Los pasodobles. La palabra democracia, la palabra/Masa, es decir, la forma en que los cuerpos materiales se agrupan para vascular lo que será prevaleciente o no. Sin embargo, a Whitman no le interesa lo que prevalece, sino lo que convalece, y es en un sitio intermedio entre estos “padecimientos”, donde ve un postigo y corre a buscar la respiración artificial.

En ocasiones, la mirada se le encoge de brazos y luego busca los bolsillos, mitiga. Hay demasiado para mitigar tan poco, por eso el poeta se reedita continuamente. Implosiona o, al menos, asume que implosiona de tiempo en tiempo. Cuando siente que puede morir de hambre piensa en las hojas que menciona de manera exigua y llega a detestar durante soplos:

emblemáticas y caprichosas hojas, las abandono, que ahora
ustedes no me sirven.

Y todo porque quiere afirmarse entre la multitud, como un igual, pero un igual que sabe será falso. “Humanóptero”, podría ser.

Existe un pathos modernista entre los “iguales”, quizás psicodelia citadina. Los espacios como estupefacientes, la poesía como un pequeño fragmento en la envoltura de estos espacios. La interpretación del arte desmemoriado produce obscenidad. Lo academicista debe relanzarse pero alguien que nadie ha visto se ha robado todas las catapultas del mundo. Hay quien intenta combatir en los dos frentes y no lo sabe: Gustave Courbet pinta “El origen del mundo” en 1866. Nadie muere por ello, pero comienza a sentirse la pre-sobredosis. A Whitman muchos lo advierten obsceno. Antes, en Francia, Baudelaire había tenido que quitar, obligatoriamente, seis de los poemas de “Las flores del mal” después de una acusación por ultraje a la moral pública y las buenas costumbres. La censura en la nación francesa, guillotinas aparte, tiene una largo romance de amor/odio con la sociedad civil.

Más allá de la oscuridad emergen oponiéndose los iguales
– siempre sustancia acrecentándose, siempre sexo;
Siempre una fusión de identidad, siempre una distinción-
siempre engendrando la vida.
Elaborar no tiene importancia- sabios o necios lo realizan
por igual.

Intencionadamente o no, W.W. se escuda tras los “iguales”, tras el sexo como atomizador y no como parte de un vicio “agitprop(ista)”, el acto carnal con un forraje que huele a oposición/fusión. Nadie escapa de ello. No obstante, en aquella psicodelia citadina, el pathos “avanzaba” y el logos sufría rezagos.

Una mujer me espera, ella todo lo contiene, nada le falta,
Pero todo le faltaría si el sexo le faltara, o si le faltase el
semen del hombre verdadero que ella necesita.

Quizás el poeta aludía a la doctrina emersoniana de los “primordial wholes” (los todos primordiales). Hay un par de versos que apenas se distinguen en el poema de Ralph Waldo Emerson titulado “The Sphinx” (La esfinge).

los átomos peregrinantes
los todos primordiales,

Probablemente se refiera a los “microsistemas” que rodean los entornos responsables de varios sistemas: algo que podría explicar la relación semen/sexo. Una mujer entonces tendría nada sin el “todo” semen; este sería lo primordial para que ella funcionara como un “macrotodo” perfecto. El logos, dejando al totémico Emerson fuera, se regodeaba al situar a Whitman en lo que Ortega y Gasset referiría luego como alma vulgar. “El alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone donde quiera”. El denuedo o valor de W.W. radica en los espasmos que provienen del lugar donde se lee; el arrojo del poeta se mueve geográficamente, a suerte de nómada, en los espacios que circundan al papel y a la mirada del lector. En este caso, lo intrépido le es, en gran parte, ajeno al autor. Lo vulgar es siempre un adjetivo eventual al que se le cansa la lengua hablando solo del Tiempo.

El Whitman de los “todos” y de todos, ecuménico, los remata:

Sin vergüenza, el hombre que me agrada conoce y confiesa
las delicias de su sexo.
Sin vergüenza, la mujer que me agrada conoce y confiesa
las delicias del suyo.

Le basta con intimidar, sofocar. Trata como delicias lo que puede haberle sucedido a cualquiera una vez tomado el forbidden fruit, y antes también. Nadie queda exento: el árbol es tanto mujer como hombre, la serpiente es solo un recodo culpable y necesario después de todo. W.W. lo conoce y lo escribe sin sobresaltos. Nota que lo más mordaz de estos versos es la palabra “vergüenza” y la repite tantas veces como “sexo”. Frecuenta “hombre” en dos oportunidades, solo que en una de las dos ocasiones escribe “mujer”, que a los efectos del deleite y la desdicha, es lo mismo.

Nadie es capaz de coagular el fango donde se hunde Whitman, y menos Nueva York, una ciudad que realmente nunca logra coincidir con él. “Canto a mí mismo” es una suerte de localizador, de radar que le encuentra el anima tardía, sujeta al lodo, sin opción de rescate. Los “iguales” pasan por su lado y casi nadie tiene la habilidad de distinguir el areté whitmaniano. Y todo porque no pueden notarle el cuerpo entero. La excelencia y la desnudez. La virtud y lo límpido.

Y en cuanto a ti, Cadáver, creo que eres buen abono, pero
eso a mí no me ofende.

Se sabe con una mitad bajo la tierra. La otra, en cambio, también.
Debajo de sus costillas puede haber lumbre pero nadie se atreve a buscarla. El mismo alguien que antes había desaparecido las catapultas se ha robado también los candelabros. Alguien está en todas partes. Y lo peor es que alguien tiene la capacidad de que miles voceen por él mismo. Nada se reducirá al polvo sin antes haber sido denostado. Y el poeta que se hunde es una escultura hecha con sal. Depende del interés que tenga el viento en desaparecerla.

Este paisaje es en extremo desorbitante:

Pedazo a pedazo, el cuerpo escapará de las manos de los
limpiadores de cadáveres y pasará a las esferas que le
conciernen;
Por consiguiente, lo que se ha agregado a él desde el momento de nacer hasta el instante de la muerte.

Se trata de que el cuerpo sufra una revolución falsa, un cambio enmascarado: salir del impedimento para volver al impedimento. ¿Dónde está, entonces, el cambio que afectará al cuerpo?

Ilustración: Randdy Fundora

Ilustración: Randdy Fundora

Hay un relato de Borges, “Funes el memorioso”, donde el protagonista sufre un accidente en el que pierde el conocimiento pero, al recobrarlo, es capaz de recordar todo lo que veía/leía/sentía con una exactitud afinadísima. Recordaba todo pero no podía pensar, a no ser para disponerse a catalogar los recuerdos. El personaje dice en algún momento: “Mi memoria es como vaciadero de basuras.”. Vivir de/por la memoria, como lo religioso que siempre recuerda esa naturaleza común a todo lo que funde deidad. Vivir anecdóticamente de lo anecdotario. Pues eso es lo que se le escapa al cuerpo. El cambio de la forma en que se vive. Muere uno, nace otro de ese uno mismo (diferente o no) que va camino del desguace. Cíclicamente.

Y el Whitman que está muriendo se contenta a ratos con lo alternativo. Un método infalible. Tranquilizante, tal vez. Así publica textos como “Drum-Taps”, “Memoranda During the War”, “Specimen Days”, “Democratic Vistas”, “November Boughs”. Sufre dos infartos: uno en 1871 y otro en 1888. Continúa trabajando en las ediciones de “Leaves of Grass” que, al parecer, podrían ser eternas. En cada una de ellas le van fragmentos de evaporación, trascendentalismos insubordinados, palmadas de Emerson, bulla aciaga. Intenta no acabar sus poemas nunca. Sabe que deberá inventarse alguna sinalefa que enlace al verso final con algo más. El Cadáver le pesa y el lodo lo oprime. Detrás el postigo por donde escapar, delante la respiración artificial. Lo que prevalece y convalece se confunde entre sí.

La gente parece bailar un twist, que no se ha inventado aún, encima de la cabeza de un Whitman que se asfixia. No un twist exactamente, sino el movimiento endémico de los pies cuando se aplasta a las hormigas. El poeta responde: Desconocido, si al pasar, quieres hablarme, ¿por qué no has de hacerlo? Silencio. Silencio tres veces. Muere de ver cómo le pasaban las hormigas moribundas por delante y se le reían en la cara. Viendo cómo todo se fugaba por conveniencia, en primera instancia; por necesidad, en última.

en cuanto a ti, Vida, reconozco que eres el residuo de
muchas muertes;
(Sin duda, yo mismo he muerto antes diez mil veces.)

Walt Whitman

Ilustración: Randdy Fundora

Se han publicado 10 comentarios



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  • May dijo:

    Definitivamente, me gusta la poesía. Y el autor del artículo también.

    • Aynel Martínez Hernández dijo:

      Gracias, May. Un saludo

  • Juno dijo:

    Vas bien bro, pero acuerdate a kien diriges tus ideas, no todos las cogen. Saludos

  • PatriaesHumanidad dijo:

    ¿Alma vulgar? Yo creo que la honestidad intelectual de Whitman partió siempre de su libertad, o de la manera de asumir la libertad que tuvo, un concepto clave, revolucionario incluso, en aquellos Estados Unidos del Siglo 19. El propio Martí, admirador declarado del poeta y el hombre que fue Walt Whitman, ve en él la pureza del idealismo natural que moldeó los orígenes de un pueblo, sin desconocer que la nación norteña ya entonces emitía síntomas de su propia decadencia.
    Pureza (la de Whitman, la que ve el Maestro) que comienza reconociendo su imperfección humana como grandeza de espiritu, por paradójico que sea o parezca, en armonía plena con la naturaleza y la creación.
    Creo además que la bisexualidad que asumió el Poeta en su vida personal, le permitió expresar una hombría sin precedentes, mostrando muchas veces un respeto que por momentos llega a ser casi idolatría, a la mujer y su individualidad física y espiritual.

  • May dijo:

    en mi oficina nos estamos preguntando qué edad tienes

  • Javier dijo:

    Ayniel escribeme a este correos javierdaz743@yahoo.com.br

  • Yadira dijo:

    Muy a pesar de la asfixia, del hundimiento permanente del sujeto poético y del menoscabo de la vergüenza, hay que recordar que W.W alguna vez también logró redimir sus culpas (de alguna forma perdonarse) y cobrar libertad (aún entre dientes) cuando dijo:

    “Desde ahora me declaro libre de todo límite
    Y toda línea imaginaria,
    Voy donde me plazca, soy mi señor total y absoluto (…)
    Dulcemente, pero con innegable voluntad,
    Me liberto de las trabas que quieren retenerme.
    Aspiro el aire a bocanadas (…)”

    Magnífico comentario, Aynel.

    • Aynel Martínez Hernández dijo:

      Muchas Gracias, Yadira. Seguiremos en contacto por acá. Abrazos

  • yasmany dijo:

    EXCELENTE TEXTO. MI ADMIRACIÓN. SALUDOS.

    • Aynel Martínez Hernández dijo:

      Gracias, hermano. Un abrazo grande desde Cubadebate

Se han publicado 10 comentarios



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Aynel Martínez Hernández

Aynel Martínez Hernández

La Habana, 1992. Periodista de Cubadebate. Graduado en 2016 en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. En twitter: @Aynel92

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