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Haciendo las cosas bien

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1-Consejos para escribir crónicas cuando se estudia periodismo en Cuba:

-Lea hasta el delirio, en cualquier lugar. Poesía y crónicas. Cuentos y novelas también, pero en una ínfima menor medida. No lea mucha noticia, solo las necesarias.

-García Márquez, Gay Talese y Martí son imprescindibles. Usted los lee y, tal y como dijo Guillén de los clásicos del Siglo de Oro, después los olvida. Tampoco los venere. Eso no da nada. Y es demasiado parecido al snob.

-También lea a Carpentier y a Mañach. Sin mínima sombra de preocupación, pues ambos son inimitables. Solo un perfecto imbécil los imitaría. Copiaría el estilo a las primeras de cambio. Con largas introspecciones mentales y horas y horas en posición de yoga delante de la hoja o la pantalla. Lo cual ya no se parece… ¡ese es el maldito y difundido snob!

-Quizás, por lo que dicen los mayores, debería recomendar a Kapuscinsky. Pero no lo he leído. Y mi religión me prohíbe hablar sin conocimiento de causa.

-No lea al Vargas Llosa reportero. No es buen periodista. Tampoco le hace mucha falta. Lea Conversación en la Catedral. Y no sus reportajes sobre el Congo. Como periodista parece más un político que un escritor.

-Solo si ha leído lo suficiente, y ha leído a estos hombres, debería usted lanzarse a remedar sus primeras crónicas.

-Fue una broma. Eso nadie lo hace. De lo contrario no existirían los malos periodistas.

-Usted puede plagiar, pero nunca a los monstruos literarios. Si va a plagiar que sea a alguien bueno y sin demasiada fama. Obviamente, un tipo así nadie se lo va a sugerir. Usted tiene que buscarlo. ¿Cómo? Leyendo más. Después le pide a préstamo ciertas ideas y nadie lo notará.

-Entre los tipos que no se conocen demasiado y que usted pudiera leer están Juan Orlando Pérez y Michel Contreras. Ambos son cubanos y ambos están vivos. Los dos son medio poetas. Uno hace crónicas muy largas y el otro crónicas muy cortas. Uno vive en Londres y el otro en La Habana. Quizás ni se conozcan. Pero yo los leo con fervor. Es decir, me perfilo como un punto en común, lo que me arroga el derecho a decir que son, al sol de hoy, juntos con Yamil Díaz y Charly Morales, los mejores cronistas cubanos.

-No fuerce los temas. No intente parir crónicas como si fueran curieles. Como si fueran, digamos, coberturas de asambleas.

-Escriba del pueblo de su infancia. De otros recuerdos de la niñez. De sus fantasmas internos. En suma: de lo que tiene clavado en la memoria. Solo después podrá narrar en tercera persona, y utilizar el diálogo y el dato escondido. Pero solo después. Además, ninguna de esas cosas es demasiado importante.

-Los elogios nunca son buenos. Embriagan el alma y aturden. Lleva un esfuerzo doble percatarse de que son hojarasca. Por eso, si nadie lo elogia, alégrese.

-Si el elogio viene de un amigo muy cercano, o de un simple desconocido, alguien que lo leyó por azar, alégrese también. Las personas de mediana confianza casi nunca son de fiar. Los grandes maestros tampoco. Ya aseguraron la trascendencia.

-Preste atención a lo que dijo y a lo que hizo Hemingway. Salga a la calle. Intente pasar desapercibido. Si su apariencia física o sus compulsiones emocionales no se lo permiten, igual salga a la calle. Es vital. Ni Borges ni Lezama hubieran sido grandes periodistas. Lo íntimo ha de estallar a la luz del día, para beber de honda y bella pureza cotidiana. Eso no lo dijo Martí, pero bien pudo.

-En otras palabras: practique la sensibilidad. La sensibilidad es una masa amorfa, y así, en bruto, no conmueve a nadie.

-No de lecciones de moralismo. Usted no es cura. Es cronista. No imponga. Sugiera. Y ni eso. Solo cuente sin esperar nada a cambio. Como si en ello le fuera la vida.

2-Consejos para publicar crónicas cuando se estudia periodismo en Cuba:

-No escriba, en primera instancia, para publicar. Todo el mundo reniega de sus primeras publicaciones. Y a menor edad mayor desprecio. Mayores torpezas. Entre los poetas, Rimbaud es la excepción. Y murió en el siglo XIX. O sea, aún no existía ni la UPEC.

-En primer año, publicar es sagrado para casi todo el mundo. Algunos lo expresan con más euforia y otros -los astutos- con menos. Esto, aunque parece ingenuo e incluso algo detestable, resulta normal. A la altura del tercer o cuarto año ya usted debe haberse enterado de que el crédito periodístico es minucia. Solo el desvariado incontinente, el ególatra aerostático supone un triunfo en una pompa de esa índole.

-Si usted es lo suficientemente talentoso, y es, digamos, una buena persona, tendrá un amigo con un blog. Publique ahí. Al inicio le parecerá poca cosa. Después se dará cuenta de que no hay mejor lugar para publicar que el blog de un amigo.

-Si no tiene amigos, entonces funde su bitácora personal. Aunque esto lleva promoción. Tendrá que crear su página en Facebook, y hacerse de otros importantes e intangibles ecobios.

-Eso no es malo. Es en verdad algo maravilloso, el estandarte de nuestra época. Pero tenga presente siempre las palabras de Jonathan Franzen (el gran novelista norteamericano que probablemente trascienda nuestras finitas y ordinarias décadas): “no hay que perder de vista que Internet siempre está atrasada respecto de la realidad; la televisión también. Es uno de los malentendidos de esta época. Lo que realmente se adelanta a su tiempo es siempre la literatura, precisamente porque no está pendiente de la basura televisiva.”

-No se desespere, si usted es lo suficientemente dichoso, algún medio decente le propondrá que colabore. No piense en el dinero. O no piense demasiado. Acepte la propuesta. Se sentirá feliz.

-Ya en el medio le parecerá que algunos de los periodistas graduados no son muy competentes. No digo ni que sí ni que no. Solo digo que esas percepciones no son declarables. Porque pudiera confundirse con la arrogancia. Y peor solo la incoherencia. O la pérdida del honor.

-Si la mayoría de los periodistas lo tratan a usted con mucho cariño, como a un pobre benjamín, preocúpese. No representa ningún peligro. Si dejan de saludarlo, o lo miran con indiferencia, sus líneas están surtiendo efecto.

-No se amilane si el medio no entendió o tergiversó lo que usted quiso decir.  Eso sucede en todos los lugares y en muchos momentos. Usted tampoco es muy comprensible con el medio. Y ahí radica el gran problema de nuestra prensa. Que los periodistas y los medios casi nunca se ponen de acuerdo, y tergiversan con denuedo las intenciones del contrario. Parece un callejón sin salida. Y lo es. Aunque posiblemente, a la larga, ni los medios ni los periodistas tengan la culpa.

-Publicar de vez en cuando está muy bien. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta es mendigar espacios. Como si te hicieran un favor.

-No intente colarse a diario. A usted no le pagan. No está presionado. Escriba a sus anchas, cuando le plazca, de lo que verdaderamente vale la pena escribir, y aproveche y saque a la luz los trabajos engavetados del inicio, aquellos que solo ha leído su familia.

-Sea autosuficiente, pero no altanero. Esta retórica aparente supone prudencia. Y sensatez.

-No haga concesiones de ninguna índole.

-No confunda no hacer concesiones con no aceptar consejos.

-Si va a aceptar consejos que sean de José Alejandro Rodríguez. Es un personaje de caballería, un guerrero solitario, y sabe casi todo del periodismo cubano. Es bueno oírlo hablar. Nunca miente.

-Si va a escribir de su persona trate que sea de lo más desgarrante, de lo más sincero. Algo que no solo le interese a su abuela o a su tía o a la madrina de la infancia. Algo que epate a otras personas. O sea, cosas bien puntuales, porque, contrario a lo que enseñan los primeros días del primer año de la universidad, usted por ser periodista no es el ombligo del mundo. Usted no es nada. Y ni sus entrevistados ni los personajes de sus crónicas deben agradecerle. Más bien todo lo contrario.

-No utilice viejos y deplorables trucos. Cuando un periodista se quiere inventar una situación determinada la coloca en una guagua. Si quiere criticar la telenovela, casi siempre la espectadora furibunda es la vecina. Todo esto es absolutamente inverosímil y falso. No trate de salir ileso. Usted es uno más y también está inmerso en la banalidad cotidiana, en la insignificancia constante que puebla la vida del hombre desde que Edipo se bailó a Layo. Es más, si usted de verdad no es presa de lo rutinario, debería ponerse en situación. Si no ve la película de los sábados, pues entonces escriba que la vio.

-El lector inteligente nota enseguida las costuras, las poses ridículas y edulcoradas. Y rechaza cualquier artificio. El lector bruto no. El lector bruto le dirá que su artículo es muy educativo, que enseña valores y ayuda a formar las nuevas generaciones. Como puede ver, un lector bruto no sirve de mucho. No sabe nada de la realidad. Y casi siempre cita a Góngora y a Martí sin haberlos leído.

-No piense en el lector. Los estudiantes de periodismo no tienen lectores. Solo los clásicos cuentan con fieles y austeros discípulos. Veinte o treinta, diseminados por el tiempo y por los continentes.

-Ese no fue un buen argumento. Usted no debe pensar en los lectores por lo siguiente: los lectores no existen. Son como el sueño americano. Y solo sirven para traicionarse. O para enajenarnos. La crónica es la crónica. Y nunca debe perder el rumbo.

-Olvide esto. Es el primer paso para escribir bien. Pero no haga concesiones. Nunca.

Se han publicado 7 comentarios



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  • Ramon Fonseca dijo:

    muy sabroso , pero no cuenten conmigo pra escribir cronicas

  • maria dijo:

    La foto me encantó y por ella llegue a este articulo, yo no sé lo que leí, algo que por ratos me pareció descabellado o arrogante, pero si puedo decir que me gustó.

  • Doris dijo:

    Gracias, no soy estudiante de periodismo pero me gusta escribir crónicas en mis blogs…y trataré de seguir algunos de tus consejos, pues tampoco creo que seas el Dios de los cronistas, pero creo la mayoría son buenos.

  • Enmanuel Castells (Cuba) dijo:

    Hay quien precisa una canción de amor, dice Silvio Rodríguez. Tal vez Carlos Manuel Alvarez, a quien admiro desde la primera vez que lo leí aquí, precise de remezclar ideas felices con desaciertos innecesarios en un espacio digital de cobertura internacional. Gusto más de sus textos cuando es profundamente objetivo y menos divagador. Vale que la ambiguedad sea la cara de las dos aceras, pero estamos citiados de citas recurrentes, de páginas llenas de vacíos y carencia de textos movilizadores de un pensamiento más crítico y hasta racional. Estoy harto convencido de su profunda intelectualidad y su probado vuelo poético, tal vez por eso, hoy no me hace feliz tan largo juego de verdades y errores, de propuestas antipropuestas. Para mí ( y para él también) creo que hay que tratar de no estar inmerso en la banalidad cotidiana y en la insignificancia constante que puebla la vida del hombre. Todo ser puede estar salvo de ello. A tiempo y sin demoras…

  • Agustín Dimas López Guevara dijo:

    A propósito de esta insinuación a la crónica acá les dejo esta sobre Manuel González Bello.

    MANUEL

    Por Agustín D. López Guevara
    A quien luego sería el destacado periodista Manuel González Bello lo conocí por los sesenta allá en la primaria de Las Margaritas, escuela y casa a la vez del maestro Amado del Pino. Había llegado de vacaciones desde La Habana a visitar a los tíos, primos y a su hermana Aida (esposa del maestro) y traía ese aire de joven de La Capital (que le había lavado su origen campesino), con los cabellos largos, la camisa ancha y los pantalones de campana. Parecía un cantante extranjero, con su rostro de Jean-Paul Belmondo tropical salpicado por el brillo azul de su chispeante mirada.
    No pude sospechar entonces, que me uniría a él una honda amistad de tantos años que lograría saltar las barreras de la distancia, cuando La Habana para mí, era un sueño lejano en el horizonte.
    La primera vez que visité su casa de la calle D, frente al Hospital Manuel Piti Fajardo, lo hice en compañía del maestro allá por el sesenta y nueve, en unas vacaciones de verano. Cuatro años después me habanicé. Seguí visitando su casa como un familiar más, porque me atrapó además el afecto de Fortuna (la buena de su madre), de la cual nunca se separó y hube de seguirla y visitarla a las casas de J y 23 y Santa Marta y Belascoaín, cuando la familia se fraccionaba en matrimonios y permutas.
    Ya para entonces, en J y 23, mientras terminaba la carrera de Periodismo, lo fui conociendo en la intimidad de los apuros del mediodía, a la hora del almuerzo, y no era extraño verlo acompañado de un amigo que le pegaba la gorra a la noble Fortuna. Allí lo encontré más de una vez con Noel Nicola, Ernán López Nussa, Omar González y otros que, a pesar de su trascendencia, no logré fijar los nombres. Para entonces solía prestarme libros y permitir que hurgara entre ellos. Descubrí sus primeros poemas —que fueron Mención en el concurso 13 de Marzo de la Universidad—, algunos de los que más de una vez recité como si fueran míos:

    Mañana, cuando ya no muestres tu rodilla y donde hoy florece una melena, solo me queden solitarios pelos, nos citaremos en una calle cualquiera, o tendremos un encuentro casual: entonces todo será recuerdo, que dos pájaros se propusieron volar juntos, pero cuando no un rayo, una nube se le interponía, que encerrados en un caracol viajamos haciendo el amor por mares confidentes que no exigían firmas, ni sellos oficiales, que una vez nos amamos

    De modo que la vida, desde el año setenta y tres me hacia coincidir con Manuel en su casa de J y 23, donde hablábamos de libros y escritores. Allí logré abrirle el hermetismo de su creación. Un buen día me confesó que quería escribir un libro sobre los mártires de Humbolt 7, como homenaje a la osadía y valentía de esos jóvenes. Desanduvo por los barrios y bibliotecas buscando información para su empeño latente, pero siempre aplazado por otras urgencias del oficio.
    Ya había sucumbido su amor de juventud a su primera novia y se recuperaba con la llegada de Mireya, los encuentros en Las Cañitas, como con su ubicación en Isla de Pinos en el periódico Victoria, donde volvimos a coincidir en el cumplimiento del Servicio Social. De la isla, me contó la buena impresión causada por Arturo Lince —entonces Primer Secretario del PCC, quien tuvo detractores y seguidores—, al que Manuel supo encontrarle la nobleza campesina, la gran responsabilidad de ese hombre y, aún más, descubrirle, en la intimidad de su despacho, en un burro de madera, la montura de arriero usada en los montes de Oriente, como la confesión de un sueño juvenil: ser piloto, que el traidor de Díaz Lang le quiso mutilar cuando era Capitán del Ejército Rebelde, sueño ya volando en un mayor sueño desde la oficina para la transformación de la Isla de Pinos en Isla de la Juventud.
    Nos seguimos viendo en La Habana, después del regreso definitivo, ya como periodista de Bohemia. Lo había invitado a mi boda y, aunque no asistió, me esperó junto a Mireya en el bar Las Cañitas, donde tanto brindamos por las alegrías de la vida, que esa noche de Luna de Miel, dormí en la bañadera de la habitación del piso diecinueve del Habana Libre, con «una nota de altura», según me dijo al despedirse en el elevador.
    Cuando nació mi hijo, me esperó en los bajos del Hospital Clodomira Acosta, a que yo mirara a Edgar a través del cristal, y me invitó para celebrar tal acontecimiento, en el bar de 12 y 23 con unos tragos de leyenda gracias al ron Legendario, con el compromiso de acompañarlo cuando naciera el suyo (que no sería varón), y a cuyo brindis no pude ir.
    Me contagió con su entusiasmo el día que fue al Habana Libre a entrevistar a García Márquez. Lo esperé ansioso en el bar de Siete Mares durante dos horas que me parecieron dos meses y, cuál no sería su expresión, cuando oprimió el play de la Sony y la dichosa grabadora no registró la voz pausada y sonora de El Gabo, que hube de escuchar muchos años después cuando conocí al gran narrador de Cien años de soledad, en compañía de Santiago Álvarez.
    No puedo describir su impotencia por estos sustos del oficio. Pero finalmente más pudo su obstinación tenaz y, con la grabadora de su memoria, fue capaz de reconstruirla y apareció publicada en Bohemia, sin sospechar los lectores el riesgo del suceso, ni mucho menos García Márquez.
    Por esa época había escrito la novela Más allá del polvo, donde la lucha generacional se debatía con la inclemencia del polvo en Moa (un personaje más en el entramado de la narración). Me pidió que se la diera a Onelio Jorge —con quien me unía una gran amistad— para escuchar el criterio del Viejo Maestro, pero con el estreno del filme Polvo rojo, desistió del empeño y rompió la novela. Manuel era así.
    Su hija Milena le ató su cariño paterno desde su nacimiento, y supo tenerla presente en todo momento, al punto que en su primer viaje a los países del sur —ya periodista de Juventud Rebelde—, le habla a la hija, en la hermosa crónica Carta a Milena, de la cruel realidad que viven los niños de la calle y la suerte de los que nacen en Cuba como ella, con su limpia prosa sin teque, con la que tocaba las más sensibles fibras humanas.
    Por esa época, junto a su colega Emilio Surí, recorre el Cono Sur y deja las impresiones del viaje en muy buenos reportajes, como el que escribiera sobre Los Marielitos que fueron a parar al Perú (donde estuvieron años viviendo en carpas en un parque de Lima, esperando las visas que nunca llegaron para entrar a los Estados Unidos), o el realizado sobre El Paso, en México, que con tanta veracidad revelaba las crueldades que aún soportan los inmigrantes, a riesgo de sus vidas, para cruzar la frontera.
    Con Ivett le habían nacido no sólo Odette y Osmel, pues otras nuevas ocupaciones y preocupaciones llegarían: su «Polaquito blanco», que lo dejaba botado en cualquier esquina de La Habana o Santiago de La Vegas, el compromiso semanal con sus Crónicas del Sábado en el periódico, la separación de Ivett y la última permuta para Centro Habana, la muerte y el entierro de Fortuna, su querida mamá, que lo dejó en el más completo desamparo. A pesar del apoyo de sus más cercanos del periódico y la esmerada atención de sus hermanas , la sobrina Hildita y Darío, que no pudieron suplantar la falta de su madre, la brújula de su vida. Al perderla, quedó desorientado, y no era extraño encontrarlo buscando una media perdida porque se había puesto dos en un pie, mientras velaba la olla para que no se le quemara el arroz, en su afán por concluir el calendario de entrevistas para terminar su libro El Canciller de la dignidad y la posibilidad de realizar juntos una visita a Tamarindo y desandar Las Margaritas y El Cafetal a resucitar muertos con los recuerdos y cuentos del olvido, que por fin quedaría postergada para «el próximo año». Mientras, me brindaba el café que debía hacer yo.
    Su libro y otros proyectos se detuvieron por la fractura de un pie causada por un torpe tropiezo con un hueco de la acera, cuando salía del periódico, bajo la lluvia, lo que describió en una Crónica del Sábado aún convaleciente, con un desgarramiento contra la indolencia y el abandono de las calles y aceras de la ciudad. No le faltó la ayuda de Adolfito, Pepe Alejandro, Mayito, Yoel y tan buenos amigos que nos turnamos para cuidarlo, llevarle de comer y fumar y aliviar a Hildita, Darío y a sus hermanas, mientras convalecía en el Hospital Fructuoso Rodríguez, donde fue operado, hasta que salió para casa de Hildita, a restablecerse y dejar las muletas que le prestó Moraima, mi mujer.
    Así, pudo seguir desandando las calles Zaldo y Manglar al salir de los cierres del periódico y llegar a mi casa con dos tragos de menos, evocando a Joaquín Sabina, siempre tarde en la noche, cuando nos reíamos de los mismos cuentos y de alguna Manolada que terminaba cuando le preguntaba qué estaba haciendo y me respondía: «El ridículo.» Nos reíamos y sin muchos ruegos comía, luego se tomaba el café con espuma y seguía hasta su casa, más allá del Pontón, dejando el cenicero repleto de colillas.
    En Juventud Rebelde se ganó el respeto y el afecto de los nuevos, admiradores del periodista de visión y agudeza que siempre fue, el merecedor del importante Premio Juan Gualberto Gómez,
    protagonista en la Higuera del desenterramiento del Ché y sus compañeros, cuyos hechos vi en las fotos que me mostró en primicia con el temblor del cigarro entres sus dedos. Cronista de su tiempo que recibía, en el más anónimo silencio, los elogios de los lectores, sin obviar, desde el desvelo y el sacrificio, la puntual atención a sus hijos, desafiando los fines de semana el safari nada hemingwayano de montar un camello hasta Santiago de las Vegas, para disfrutar la alegría de los hijos en los años crudos del Período Especial, cuando su aún más minúsculo y maltrecho Polaquito hecho pedazos, ya pura herrumbre, cabía en la mínima sala de su apartamento en Santa Marta, y la bicicleta sin gomas también se oxidaba en un rincón.
    Contra todas las adversidades, como las goteras en su casa, se sobreponía en la computadora regalada por Ernán hasta que terminó su libro El Canciller de la Dignidad. Así escribía sus programas para Radio Habana Cuba, las Crónicas del Sábado, el cuento El perro y una novela que dejara inconclusa en el disco duro, con el sugerente título del Swing y el libro de Crónica Los niños de la calle, aún sin publicar. Antes que la muerte lo venciera, pidió pase en el Hospital Hermanos Ameijeiras para asistir a la boda de Milena, justo el día que yo debía acompañarlo en su cama de enfermo, lo que me hizo sospechar que nunca se iba a morir.
    La dimensión humana de Manuel la vi multiplicada en las muestras de afecto y dedicación de toda su familia, su última pareja, María Lucía; Pepe Alejandro, Ernán, Noel, Adolfito, Heriberto, Arleen, Polanco y el resto de sus amigos y ex amantes que no logro mencionar, y que colmaron la funeraria y el cementerio. Las palabras escritas por Heriberto y Pepe Alejandro, leídas por Arleen aquella mañana primero de junio, nos hacían creer que era una broma su muerte, por reunir a tantos amigos que todavía lo añoramos, que siempre lo recordaremos diciéndonos, así como si nada, cuando le preguntábamos qué estás haciendo: «El ridículo»
    La Habana, Junio del 2004

  • Iramis dijo:

    Buenas recomendaciones. Una sola divergencia. El público para el periodista lo es todo. Si pensáramos más en él, nuestro periodismo sería mejor.

  • cinthya dijo:

    me parecen geniales estos consejos. Pero no creo que todo el mundo pueda escribir buenas crónicas. Hay que saber darle el punto para agradar y conmover sin caer en las cursilerías. Admiro y respeto mucho a maestros del género como Julio García Luis.

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Carlos Manuel Álvarez

Matanzas, 1989. Periodista y colaborador de Cubadebate.

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