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El gobierno de los Estados Unidos, bajo la presidencia de George W. Bush, constituye un serio peligro para la humanidad. Los ideólogos, los políticos y los intereses que dominan las decisiones de esta administración no descartan la hipotética opción de destruir a la revolución cubana. Se consideran dueños de un poderío aplastante y que cualquier rebeldía contra ellos es fútil. Pero resulta que ese poder no es autosuficiente y ni siquiera autónomo. Es estructuralmente débil y más dependiente del resto del mundo de lo que parece.