Artículos de Al Contragolpe
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Dios creó al ser humano para habitar el planeta y siglos después creó al fútbol para robarle horas de tiempo en algo apasionante. Ideó una cancha rectangular con 22 tozudos persiguiendo un balón y luego apoyó con una parafernalia a su alrededor increíblemente emotiva. Dio alas a la gente cuando vio su entusiasmo.Y agregó luego un mejunje de sensaciones: belleza, talento, desazón, ira, sutileza, vehemencia, tensión. El brebaje le supo a gloria y así lo ofreció a la gente.
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Si algo debemos agradecerles a los ingleses este día tardío de diciembre es su pasión irremediable por el fútbol, la única droga que les ata y les vuelve locos, aquello que aman con sentimiento paternal desde el instante en que lo parieron sobre algún pedazo de yerba británica hace más de un siglo. Benditos sean, entonces, los fríos y los puntuales, los que beben una taza de té a las tres de la tarde.
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El Cholo pega alaridos en la banda y el Atlético de Madridempuja, intensifica, chuta, avalancha su juego sobre el rival como una fiera iracunda. Con más denuedo que fútbol,yergue su barbilla e intenta con el escudo lo que no consigue con juego. Esta temporada, el Atlético casi siempre quiere, pero pocas veces puede.
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Ronda todavía por los pasillos del Giuzzeppe Meazza el tufo de las epopeyas, esa arenilla de grandeza que solo respiran los hinchas en aquellos templos sagrados del fútbol. Impostada está en sus columnas la nostalgia por tiempos pretéritos. Ya no es antes, dicen siempre los sensatos analistas. Y puede que tengan razón.
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Es evidente que Mourinho echaba de menos las luces y el sonido de los obturadores arañándole el rostro. Ha confesado alguna vez, cuando el discurso directo y huraño ha sido resquebrajado por algún sentimiento inquieto, que el fútbol es su vida. Y la gente también lo necesitaba. Viene bien un señor con la cordura agujereada.
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Picardía de niño y talante de hombre. Hizo cuanto le vino en gana y cuando le vino en gana. Es, de hecho, uno de esos prodigios cuyas piernas tienen la habilidad ingénita de domar la pelota como si fuera una marioneta. Tan significativa fue su huella que, entre miles de guajes nacidos allí, para el mundo entero El Guaje responde al nombre de David Villa.
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