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Tocar un instrumento

Publicado en: Palabras
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Tata Güines, con aquel virtuosismo que le sacaba el alma a los cueros.

Tata Güines, con aquel virtuosismo que le sacaba el alma a los cueros.

A Silvio

Este domingo luminoso -el primero de agosto– he amanecido pensando en el milagro de las manos y su poder para arrancar sonidos; digamos –más bien– en la ciencia, el oficio y el arte de organizarlos, animarlos y pulirlos en lucha con elementos corpóreos aparentemente duros pero en realidad deseosos de atravesar el silencio con sus resonancias.

Me remonto a esos tiempos en que la fecha no se había inventado y algún alma buena tensó un bejuco atándolo por sus dos extremos a una rama curva; tensó y tensó queriendo ver si se quebraba; entonces sin querer -como dicen los niños- y a la vez queriendo, al agarrar firmemente la rama con la mano izquierda y halar hacia el vacío circundante lo que comenzaba a revelarse como una cuerda, pulsó aquel sonido que ya no era de follaje ni de animalitos sino que nacía de un apretado abrazo entre naturaleza y persona; sonido sin nombre que le abrió las ganas a quien lo estaba descubriendo (hombre o mujer) en la medida en que le iba poniendo al borde del susto en cada nuevo intento, ya para toda la vida.

Tenían tiempo aquellos seres, tenían por delante esa maravilla todavía también sin nombre –por aquel entonces– que es el tiempo, para sentarse a pensar allí donde el silencio coqueteaba con el bien-estar mientras alguien horadaba un leve pedazo de tronco, pulido y brilloso por fuera, hueco por dentro  y al soplar como de costumbre, con el dedo puesto sin querer (¿o queriendo?) en el orificio que se había entretenido en redondear, comprobaba que un sonido nuevo, totalmente suyo, fundaba una raza que ni las guerras más atroces podrían exterminar.

Leo Brouwer

Leo Brouwer

Entonces cantó victoria, literalmente lo hizo: la emoción había transformado su voz en un sonido inédito que repitió y buscó de nuevo y exploró hasta la saciedad ante la vista de los suyos que empezaron a cantar de alegría y a ponerle oído a todo aquello capaz de pedirle al silencio un sorbo de calma para sumarse al coro. Fue en su infancia cuando la humanidad descubrió la dicha de tocar un instrumento y el alivio de ponerse a cantar, que vienen siendo más o menos la misma cosa.

Fue en mi infancia, todavía en tiempos de alternar las tareas con algún juego de mesa pero siempre yendo a parar al rincón de la muñeca más reciente, cuando me vi comprometida a tomar en las manos una guitarra –pequeña pero hecha y derecha– comprada a plazos por mi madre ante el generoso ofrecimiento de la vecina más cercana, de tomarme como alumna a ver si algún día no muy lejano podía entrar a formar parte de su grupo de voces y guitarras, integrado fundamentalmente por niños y jóvenes.

La idea de tocar un instrumento no se me había ocurrido pero algo me decía que esa posibilidad debía servirles de mucho a las personas, a juzgar por la atmósfera que solía instalarse en casa cuando mi padre, de tarde en tarde, bajaba el violín que tenía encaramado sobre el escaparate, suspiraba, encendía un cigarro Partagás y se recostaba en la cama a  sacar pedazos de valses y canciones. El mundo de la cuerda, el traste, la clavija; la idea de que dos manos podían combinarse para hacer algo más retador que jugar a los yaquis o apretar los extremos de la suiza, me hicieron sentir todopoderosa en la medida en que fui comprobando que los dedos de cada mano estaban llamados a desempeñar funciones muy precisas, a los efectos de activarle a mi nuevo, último juguete, todos los resortes necesarios para hacerme yo misma, abrazada a él, entonación y compás.

Benditas las manos que siempre se las arreglan para acercarnos a la música desde una flauta o una trompeta, desde un piano, un violín, una guitarra o cualquier criatura capaz de hacerse percutir. Bendito el verbo tocar, que resume con semejante transparencia la superposición del sonido y el silencio en ese punto donde ambos se hacen tangibles. Bendita la sabiduría conquistada por el aprendiz que no tiene entre sus planes deslumbrar a nadie sino -sencilla y llanamente- tocar un instrumento.

Almendares, 1 de agosto de 2010

“Tata Güines: El grande los cueros”, documental del ICAIC

Se han publicado 2 comentarios



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  • Carlos Valdés Sarmiento dijo:

    Marta, es la primera vez que comento un artículo suyo, pues mi fuerte no es la música; o mejor mi defecto mayor es que no tengo oido ninguno, pero siempre me gusta leerlos, es un curso de cultura cubana por entregas, hoy quiero, en primer lugar, felicitarla por esta sección y llamar su atención sobre un aspecto que quizas usted no conozca, esta semana cumple 100 años uno de los músicos más destacados de la Sinfónica Nacional, lo demuestra el hecho de que posea el Premio Nacional de la Enseñanza Artistica, no sería un buen motivo para escribir su comentario próximo, perdone mi atrevimiento, pero se lo merece; y es tanta su modestia, que si nadie se acuerda no lo sabrá ni el vecino de al lado de su casa.

  • Raúl dijo:

    Marta mis saludos, como siempre, estimado Carlos, me imagino que a Marta le haria falta el nombre del centenario musico, Gracias……

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Marta Valdés

La Habana, 1934. Compositora, guitarrista e intérprete de sus obras. En 1955 se inició como compositora con su canción “Palabras”. La autora ha basado sus creaciones en géneros como el bolero y la canción dentro del estilo “feeling”. Entre los intérpretes de su obra se encuentran Elena Burke, Doris de la Torre, Bola de Nieve, Cheo Feliciano, Reneé Barrios y, más recientemente, prestigiosos artistas suramericanos y españoles que se han sumado a esta lista.

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