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Paseos habaneros

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Autor: Laz.

Cuando yo era joven, la gente de mi generación, antes de ir a cualquier parte, iba primero a Coppelia, y no era raro que al final de la jornada volviera sobre sus pasos para terminar la noche en la misma heladería. La vida nocturna continuaba siendo muy intensa en La Habana, y Coppelia, sin desdecir su oferta, permanecía abierta hasta las dos de la mañana.

Los pequeños clubes que poblaban el Vedado desaparecían poco a poco sin que lo advirtiéramos apenas, pero intérpretes como Bola de Nieve y Martha Strada llenaban las noches en restaurantes como Monseñor y La Roca, respectivamente, mientras que Miriam Acevedo recitaba los poemas de Virgilio Piñera en El Gato Tuerto y la gente del filin descargaba en El Pico Blanco. Elena Burke se adueñaba del Sherezada, como tiempo antes hizo La Lupe en La Red. Había recitales, en las noches de jueves, en la pequeña sala del Museo Nacional, con su acústica impresionante y los espectáculos de cabarés, con sus luces, lentejuelas y mulatas barrocas, se sucedían a todo tren. Muy concurridos eran los conciertos de media noche del auditórium Amadeo Roldán, sede entonces de la Orquesta Sinfónica Nacional, y, por otra parte, la Banda Municipal de Conciertos, todavía bajo la conducción del maestro Gonzalo Roig, deleitaba a los transeúntes en el Parque Central o en la Plaza de Armas. Nunca preferimos para merendar El Carmelo de 23, y sí el de Calzada, y la amable cafetería del sótano del Hotel Nacional tenía onda y era también de las preferidas. Restaurantes como El Conejito y El Polinesio, muy nombrados entonces, los conocimos ya de viejos,