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Goles son amores: Finalidad retorcida

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El Madrid tras el empate a dos goles en Vigo. Foto: Getty Images.

Hace unos meses, el comediante norteamericano Judah Friedlander preguntó a varias personas en Nueva York: si estuvieran en el corredor de la muerte, ¿qué pedirían para su última cena? Alguien responde: Taco Bell. Friedlander suelta: pediría el dedo del tipo que accionará el interruptor eléctrico (…) Hay que mirar todo el panorama y no la satisfacción inmediata.

Este Madrid –el de los contragolpes- busca casi siempre lo contrario a esa finalidad retorcida. El Madrid se ha vuelto tan instantáneo que le cuesta asimilarse en diacronía y apela, por esto, a pretensiones transitorias, despropósitos circunstanciales. Cuando este equipo de Zidane va hacia el ataque, en realidad lo que está persiguiendo son parajes donde sacudirse por un momento y regresar a lo suyo: establecer un instinto de conservación basado en la reducción de la temporalidad y la intrascendencia de los espacios. El Madrid de la temporada anterior jugaba a pensar que el fútbol era una cuestión de controlar zonas para, a partir de ello, controlar tiempos; ahora intenta volverse fluido sin reconocer el terreno, volverse volátil sin asentarse en las áreas desde donde comienza a todo.

Pese a lo anterior, Gareth Bale logra hacerle dos goles al Celta. Toni Kroos diseña un pase estricto. Isco reproduce otro. El Madrid remonta un 1-0 y existe un augurio extraño porque las cosas ocurren demasiado rápido, porque van según el guion y la maquinaria simula eficiencia y abrevia los tiempos. Entre un gol y otro pasan menos de dos minutos. Debería parecer lógico: los equipos desconcertados dependen de breves arrebatos específicos, de fragmentos lúcidos. Los equipos serenos, por otro lado, se sostienen a partir del sometimiento posicional o el sacrificio pertinaz.

El Madrid trastornado por tanta fugacidad se autoflagela mientras se limita [1] a una verticalidad falsa basada en la desaprobación de la horizontalidad; [2] a avances largos –de hombres sin balón- que vuelven enormes los regresos; [3] a un esquema táctico que acumula muchos hombres por el centro (Isco y Modric, con el tiempo, han dejado de ser jugadores de banda y en un 4-4-2, con o sin rombo, tienden a recrearse en el medio).

Desde un punto de vista volitivo, parece que existe cierta resistencia al cambio, al menos, a corto plazo. Con el paso de las fechas, el Madrid vaga en una esquizofrenia que le impide acostumbrarse a hábitos del pasado, entre ellos, la extraña capacidad de alargar el campo y regresar en bloque. El Madrid termina tan desequilibrado que pierde la percepción sobre la ubicación en el entorno y todavía no acaba arrepintiéndose de nada, como el último retrato que dejó Friedlander en 2017:

Estás en el piso alto de un edificio y bajas al lobby, pero el ascensor está atascado y alguien más presionó para ir al tercer piso y tú no estabas atendiendo. Cuando el elevador para en el tercer piso, te bajas porque crees que es el lobby, pero no te das cuenta, ni te das vuelta hacia el elevador (…) Te quedas en el tercer piso, finges que es el lobby y asesinas a todo el mundo.

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