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La Bienal, de frente al muro

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El suceso artístico que implica la Bienal de La Habana, va más allá de la posibilidad de sorprendernos con obras de arte en diversos sitios de la capital de Cuba. Creo que una de las áreas más demostrativas es, sin dudas, la ubicada en el Malecón Habanero.

Claro, el escenario natural, el telón de fondo allí, es en sí una extraordinaria y permanente obra de arte donde mar, cielo y sol se unen especialmente a partir de las siete de la noche para brindar un espectáculo -para mí- renovado cada vez.

Pero ahora hay una mayor circulación y diferente a la de todos los días. Se nota cómo grupos de familias y amigos salieron de sus labores cotidianas y se lanzaron a las curiosidades que la prensa y sobre todo la televisión les prometía. Un público inusual transita por la ancha franja que bordea el mar desde La Habana Vieja hasta el final de El Vedado.

No había tumulto, ni siquiera en la fila para entrar a “El Cubo Azul”, un cubículo de cristal de un solo color donde se refleja, como en un espejo monocromático el mar iluminado por el sol y en su interior no sabes si estas en el muro o en el agua. Había comentado a la prensa al artista cubana Rachel Valdés que en el interior del cubo veríamos todo azul y así fue y que a la salida veríamos todo naranja, esto último no lo experimenté, no dudo de las palabras de la artista, sino de mis posibilidades visuales. De todas formas es una propuesta original y agradable llena de múltiples imágenes hermosas.

Resaca, de Arlés del Río, no es otra cosa que la playita artificial, ubicada un poco antes de llegar a Prado, esta propuesta hace a muchos soñar con la eventualidad de convertir el Malecón en una enorme playa para el disfrute de todos. Los comentarios eran coincidentes: “Qué bueno sería, podríamos bañarnos aquí todo el año sin la necesidad de recorrer tantos kilómetros hasta las playas”. Las explicaciones (salidas del mismo público) estaban todas alrededor de lo que costaría eso, de si se desborda el mar, de si no habría disciplina y se degradaría el lugar y en mi opinión, la más sensata: ¿qué sería La Habana sin su Malecón?.

Las once bienales anteriores han dejado sustanciales huellas en cubanos y foráneos. Muchas obras va descubriendo el transeúnte, unas comprensibles, otras inexplicables, pero es interesante observar cómo incluso los no conocedores del arte se sienten atraídos, se detienen y buscan ellos mismos la lectura de la obra, comentan y sin saberlo experimentan un ejercicio de interpretación extraordinario.

No son pocos los que delante de un amasijo de alambres de púas no encuentran la obra, o quienes deducen algo que no fue la intención del artista, pero todo ese conjunto ya ha ubicado al público cubano en qué es una bienal, qué es el arte moderno, se maneja el lenguaje de “instalación” para referirse a una muestra de arte, se desborda ese interés de los nacidos en esta isla por participar, ver y tocar, para que no nos hagan cuentos.

La playita y la pista de patinaje sobre hielo, parecen ser las dos instalaciones más visitadas y novedosas. Pero según opiniones que escuché allí y que suscribo, la pista de patinaje no fue bien ubicada y el buen gusto hasta allí no llegó. Suponemos esos sitios como espacios con cierta belleza, y lo que se ve ahí es una suerte de ring de boxeo con demasiadas personas alrededor, los carteles, y la decoración no son buenos. Así el público se preguntaba: “¿Por qué no la pusieron del lado del malecón?”; y se respondía: “porque necesita electricidad”.

Mal acostumbrados a mezclar la cultura con la gastronomía, salían los comentarios: “Aquí no venden ni una cervecita, con este calor”, o “Todo muy lindo pero nada para comer”. Como diría el inefable Taladrid: “saque usted sus propias conclusiones”.

No creo un buen propósito convertir eventos culturales de este tipo en ferias para comer y beber como otras que hemos visto en nuestro país, pero es que cuando no llegamos, nos pasamos. Esa tarde noche de lunes en ninguno de los centros que visitamos: el mercado del Cupet Tangana, los kioscos de Palmares, tenía bebidas frías y mucho menos cervezas. Seguimos caminando por Calzada y en el Carmelo había Mayabe fría, pero no la podían vender porque estaban cerrando el turno. Imaginamos que muchos de los visitantes de la bienal en el malecón podían haber pensado que uno de los performance era la sensación de atravesar el desierto.

El taxista que me llevó hasta allí, un joven grueso con una música bien alta, me decía: “Esto es muy bonito, pero todo ese dinero debieron haberlo usado para comprar comida”. A él y otros más sería bueno explicarles que los gastos de la Bienal no afectan la alimentación del cuerpo físico del pueblo, por el contrario alimentan el espíritu que está mucho más hambriento que las barrigas.

A mí, sinceramente, me gusto casi todo, y digo casi porque me molestó en cantidad el pedraplén en que se ha convertido la acera, el lugar de paseo, del malecón, es dificilísimo caminarlo, aún con zapatillas de suela gruesa la piedra puntiaguda se sentía en la planta del pie, había que ir a saltitos, o pensar que como faquir podías caminar sobre clavos, en fin muy incómodo.

Si sacamos el saldo de este paseo, siempre dará una cuenta muy favorable, porque es un espectáculo novedoso, interesante, participativo, educativo, y sobre todo: gratis. Pero no puedo cerrar estas notas sin tomar en cuenta la opinión de uno de los foristas de Cubadebate quien se quejaba con cierta tristeza por no poder disfrutar de esta fiesta del arte por su condición de villaclareño, y aquí sumamos a todo el resto de la isla.

Entiendo el tema económico, que es una bienal concebida para una ciudad, que no podemos multiplicarlo todo para repetirlo en cada rincón del país. Nací en la capital y he vivido siempre aquí, sin embargo, poniéndome en el lugar de los compatriotas que no viven en La Habana, sería bueno que de algunas de las instalaciones realizadas por cubanos, cuya transportación no sea tan costosa, transiten por las más importantes ciudades del país.

Mientras tanto, invitamos a los habaneros que no han ido y a los del resto de Cuba que tengan la posibilidad de venir, a deleitarse con esta enorme propuesta visual de artes plásticas a cielo abierto.

bienal  uno

El escenario -con perdón de los artistas- es insuperable. Foto: Susana Tesoro / Cubadebate. 

 

bienal 2

El color del cristal con que se mira. Foto: Susana Tesoro / Cubadebate.

 

bienal 3

“Resaca”, de Arlés del Río, la playa en medio de la ciudad. Foto: Susana Tesoro/ Cubadebate

Bienal siete

Al anochecer la visión de las obras junto al mar es muy hermosa.
Foto: Susana Tesoro/ Cubadebate.

bienal cuatro

Una enorme olla con muchísimos tenedores insertados es otra de las obras de mayor atracción. Foto: Susana Tesoro /Cubadebate

Bienal seis

La pista de patinaje un proyecto original para Cuba, pero en mi opinión, pudo estar mejor presentada. Foto: Susana Tesoro / Cubadebate.

bienal ocho

Una obra sencilla que despierta especial curiosidad en los transeúntes. Foto: Susana Tesoro / Cubadebate.

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Susana Tesoro

Susana Tesoro

Periodista cubana. Ha trabajado como reportera y columnista en la Revista Bohemia, como comentarista en Radio Rebelde, ha sido guionista y asistente de Dirección en la Televisión Cubana. Es editora y reportera de Cubadebate. En Twitter @esetesoro.

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